La reacción antifeminista entre adolescentes no puede despacharse como una moda pasajera ni como una simple rebeldía juvenil. Sería un error. Lo que está ocurriendo tiene raíces culturales, políticas y digitales mucho más profundas. Una parte de los jóvenes, especialmente de los varones, ha empezado a percibir el feminismo no como una herramienta de igualdad, sino como una amenaza a su lugar en el mundo. Esa percepción no nace sola. Se fabrica, se alimenta y se distribuye con enorme eficacia.
Los datos llevan tiempo señalando esa grieta. Diversos estudios muestran que la identificación con el feminismo entre la población joven ha descendido respecto a los años de mayor movilización social iniciados en torno a 2018. Al mismo tiempo, aumenta el número de jóvenes que consideran que las políticas de igualdad discriminan a los hombres o que la violencia de género recibe una atención desproporcionada. La igualdad avanza en derechos, pero pierde legitimidad entre quienes han sido convencidos de que esos avances se han producido a costa de ellos.
Ese es el gran éxito político de la reacción conservadora. Ha logrado transformar una demanda de justicia en una supuesta guerra contra los hombres. Ha convertido la educación afectivo-sexual, la prevención de la violencia machista o la corresponsabilidad en caricaturas útiles para el combate cultural. Y ha hecho algo todavía más eficaz. Ha ofrecido a muchos jóvenes desorientados una explicación sencilla para malestares reales.
Muchos jóvenes crecen en un contexto marcado por la precariedad, la ansiedad, las dificultades para emanciparse, la frustración laboral y la pérdida de expectativas. En lugar de señalar las causas materiales de esa inseguridad, la derecha y la ultraderecha les ofrecen un culpable cercano. El feminismo. Las mujeres. Las políticas de igualdad. La corrección política. Se desvía la frustración social hacia quienes también padecen las desigualdades.
Las redes sociales han acelerado ese proceso. TikTok, YouTube, Instagram o X ya no son simples plataformas de entretenimiento. Son espacios donde se construyen identidades, referentes y formas de entender el mundo. Los adolescentes no reciben únicamente mensajes antifeministas. Reciben modelos de masculinidad, discursos de pertenencia y una estética de la provocación que recompensa al mensaje más extremo. El algoritmo no educa. Amplifica aquello que genera más interacción.
En ese entorno prosperan discursos que presentan a los hombres como víctimas de una supuesta conspiración igualitaria. La ultraderecha ha entendido muy bien la rentabilidad política de ese marco. Vox lo utiliza de manera constante al cuestionar la violencia de género, desacreditar las políticas públicas de igualdad y reducir el feminismo a una ideología de confrontación. El Partido Popular, lejos de levantar una barrera nítida frente a esa deriva, ha terminado asumiendo parte de ese lenguaje para no distanciarse de un espacio político con el que comparte cada vez más acuerdos institucionales.
La consecuencia es grave porque afecta a una etapa en la que muchas personas jóvenes están construyendo su identidad, sus vínculos afectivos y su forma de entender las relaciones. Si un joven aprende que la igualdad representa una amenaza, que el consentimiento es una exageración o que la violencia machista responde a una construcción ideológica, el problema deja de ser exclusivamente discursivo. Se traslada a las aulas, a las conversaciones cotidianas, a las relaciones de pareja y a la forma de mirar a las compañeras.
La respuesta progresista no puede limitarse a señalar con superioridad moral a esa parte de la juventud. Hace falta escuchar sus incertidumbres sin aceptar los relatos que las manipulan. Comprender el malestar no significa validar el discurso reaccionario que lo instrumentaliza. Significa disputar ese terreno con mejores argumentos, más pedagogía y políticas públicas capaces de ofrecer horizontes compartidos.
El feminismo necesita recuperar capacidad para interpelar a la gente joven, especialmente a los varones, sin renunciar a su raíz transformadora. No para rebajar sus objetivos, sino para explicar con mayor claridad que la igualdad no empobrece la vida de los hombres. La amplía. Les libera de mandatos de dureza, éxito permanente, dominio y silencio emocional que también limitan su libertad.
Un joven que aprende a relacionarse desde la igualdad no pierde nada. Gana libertad, vínculos más sanos y una identidad menos condicionada por estereotipos que durante décadas se presentaron como inevitables.
La derecha y la ultraderecha han convertido a la juventud en uno de los principales escenarios de su batalla cultural porque saben que allí se construyen las ideas del futuro. La igualdad necesita volver a ser una conversación cercana, comprensible y firme. Porque cuando el antifeminismo gana espacio entre los adolescentes, no solo retrocede una causa política. También se debilita la posibilidad de construir una sociedad más libre, más justa y más respetuosa para todos.