La idea de que la Tercera Guerra Mundial comenzará con un intercambio nuclear entre superpotencias forma parte del imaginario estratégico del siglo XX. Sin embargo, la realidad geopolítica del siglo XXI sugiere algo diferente: el conflicto global podría no comenzar con una explosión espectacular, sino con la lenta agonía del orden internacional construido tras 1945.
Desde esta perspectiva, algunos analistas sostienen que la Tercera Guerra Mundial ya ha empezado, aunque no en la forma convencional de un enfrentamiento directo entre bloques militares. Más bien se trataría de una serie de guerras regionales, crisis energéticas y rupturas jurídicas que, combinadas, están socavando el sistema internacional basado en reglas.
El punto de inflexión más evidente fue la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia en 2022, ordenada por Vladimir Putin. Aquella operación no fue solo un intento de rediseñar el mapa de Europa oriental. También representó un desafío frontal al orden jurídico internacional, al cuestionar principios fundamentales como la integridad territorial y la prohibición del uso de la fuerza.
La guerra iniciada contra Ucrania marcó un momento simbólico porque, a diferencia de otras intervenciones militares posteriores a la Guerra Fría, Moscú no intentó buscar legitimidad internacional. En conflictos anteriores, desde la invasión de Irak por George W. Bush hasta la intervención en Libia bajo Barack Obama, las potencias occidentales al menos procuraron justificar sus acciones dentro del marco institucional de las Naciones Unidas, aun cuando esas justificaciones fueran discutidas o falsas.
Putin, en cambio, prescindió de ese proceso. La guerra se planteó explícitamente como un intento de cambiar el régimen político de Kiev y redefinir la arquitectura de seguridad europea. En términos jurídicos y estratégicos, fue una ruptura con el consenso internacional surgido tras el final de la Segunda Guerra Mundial.
Esa ruptura ha tenido consecuencias más amplias. La credibilidad del derecho internacional se ha debilitado a medida que otros actores han adoptado comportamientos similares o han ignorado sus limitaciones.
La guerra iniciada por Donald Trump contra Irán, junto a Israel, se interpreta por algunos analistas como la expansión de ese patrón de confrontación global. Aunque Washington sostiene que su objetivo es neutralizar amenazas estratégicas iraníes, la operación también refleja una tendencia más amplia: la creciente disposición de las potencias a actuar unilateralmente.
Al igual que Moscú en Ucrania, la Casa Blanca no buscó una legitimidad sustantiva en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Tampoco organizó una coalición internacional comparable a las que caracterizaron operaciones militares anteriores. Ni siquiera pidió autorización al Congreso. El resultado es un escenario en el que las instituciones multilaterales parecen cada vez menos capaces de limitar el uso de la fuerza.
La crisis se ha intensificado especialmente en el Estrecho de Ormuz, un corredor marítimo por el que circula cerca de una quinta parte del petróleo mundial. Las tensiones militares en esa zona han demostrado hasta qué punto la seguridad energética global sigue vinculada a la estabilidad de Oriente Medio.
El debilitamiento del sistema internacional no se limita al uso de la fuerza. También se refleja en la retirada progresiva de las grandes potencias de las instituciones multilaterales. Rusia abandonó los mecanismos internacionales de derechos humanos. Estados Unidos, durante la administración Trump, se retiró de organismos clave como la Organización Mundial de la Salud y redujo su compromiso con acuerdos climáticos globales.
Este fenómeno sugiere un cambio estructural: las potencias que ayudaron a construir el orden internacional ahora participan activamente en su destrucción.
En términos estratégicos, la situación actual recuerda a los conflictos prolongados del siglo XX, aunque con características distintas. La guerra en Ucrania continúa desgastando la capacidad militar y económica de Rusia, mientras el frente iraní amenaza con extenderse por Oriente Medio.
El conflicto ya involucra indirectamente a múltiples actores regionales: milicias en Irak, tensiones en Líbano y la posibilidad de implicación de los estados del Golfo. Aunque potencias como China y Rusia han pedido negociaciones, el riesgo de escalada regional permanece.
Sin embargo, la característica más inquietante de esta nueva era de conflictos no es la posibilidad de una guerra total inmediata. Es la acumulación gradual de crisis que hacen agonizar a las normas internacionales sin reemplazarlas por un nuevo sistema estable.
La Tercera Guerra Mundial, si se acepta esta interpretación, no sería un conflicto único con un inicio y un final claramente definidos como sucedió en 1918 y 1945. Sería una serie de enfrentamientos interconectados que reflejan la transición hacia un orden internacional más fragmentado.
Los combates en Ucrania, las guerras en Oriente Medio y las crisis en regiones como Sudán o Myanmar forman parte de ese panorama más amplio de inestabilidad. Paradójicamente, el sistema creado tras la Segunda Guerra Mundial fue diseñado precisamente para evitar ese escenario.
Hoy, esas estructuras continúan existiendo, pero su capacidad para imponer normas comunes se ha reducido considerablemente.
A corto plazo, un alto el fuego en Irán es posible. Las presiones de los países del Golfo, el desgaste político interno en Estados Unidos y la resistencia del régimen de Teherán podrían empujar a las partes hacia una negociación. Pero resolver un conflicto concreto no significa restaurar el sistema internacional.
Reconstruir el orden global requerirá algo más complejo: redefinir el equilibrio entre poder, legitimidad y cooperación internacional en un mundo donde las potencias ya no aceptan fácilmente las reglas establecidas. La historia ofrece un precedente. Tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial, el sistema internacional se reinventó. Ahora hay que ver si el mundo será capaz de hacerlo de nuevo antes de que la acumulación de conflictos termine por convertir la metáfora de una tercera guerra mundial en una realidad literal.