Naciones Unidas lleva más de ochenta años explicando al mundo que la igualdad entre mujeres y hombres constituye una condición imprescindible para sociedades democráticas, pacíficas y prósperas. Ha creado organismos específicos, aprobado resoluciones, financiado programas, elaborado estadísticas y reclamado a gobiernos y empresas que incorporen mujeres a sus espacios de decisión.
Nunca ha tenido una secretaria general. Los nueve responsables que han ocupado el principal despacho de Naciones Unidas desde 1945 han sido hombres y la elección del sucesor de António Guterres, cuyo segundo mandato termina el próximo 31 de diciembre, vuelve a colocar esa anomalía delante de una organización que ha convertido la igualdad de género en uno de sus grandes compromisos institucionales.
Esta vez la posibilidad de romper la secuencia masculina es real. Cuatro mujeres y tres hombres continúan en la carrera y el cuarto sondeo informal celebrado por los quince miembros del Consejo de Seguridad ha situado a la costarricense Rebeca Grynspan con diez votos de aliento, tres de desaliento y dos sin opinión, por delante del resto de candidaturas en esta ronda.
Que una mujer encabece un sondeo no determina el resultado. El procedimiento para elegir al secretario general conserva una particularidad que explica buena parte del verdadero reparto de poder dentro de Naciones Unidas, el Consejo de Seguridad recomienda un candidato a la Asamblea General y cualquiera de sus cinco miembros permanentes puede bloquearlo.
Una organización igualitaria con nueve hombres en su fotografía principal
La contradicción resulta difícil de separar de la historia de la propia institución. Naciones Unidas nació en 1945 en un mundo en el que prácticamente todos los grandes centros de poder estaban ocupados por hombres, pero ha atravesado ocho décadas de transformaciones sociales sin trasladarlas todavía a su máximo cargo.
Trygve Lie, Dag Hammarskjöld, U Thant, Kurt Waldheim, Javier Pérez de Cuéllar, Boutros Boutros-Ghali, Kofi Annan, Ban Ki-moon y António Guterres forman una sucesión que abarca continentes, culturas y momentos históricos diferentes, pero comparte una característica.
La cuestión no consiste en nombrar a una mujer simplemente porque nunca la haya habido, sino en preguntarse por qué una organización que lleva décadas reclamando diversidad ha necesitado más de ochenta años para encontrarse ante una posibilidad seria de aplicarla en su propia cúspide.
El proceso actual ofrece varias candidatas con largas trayectorias internacionales. Junto a Grynspan figuran Carolyn Rodrigues-Birkett, María Fernanda Espinosa e Ivonne A-Baki, además de candidatos masculinos con amplia experiencia diplomática.
Las credenciales, capacidad política y experiencia deberán determinar la elección, pero resulta difícil sostener que durante ocho décadas la ausencia de una mujer haya respondido simplemente a una sucesión casual de méritos individuales.
El problema está también en quién decide
La elección del secretario general nunca ha sido un proceso electoral convencional. Los candidatos presentan sus programas y participan en diálogos públicos, pero la decisión fundamental se cocina en el Consejo de Seguridad y, particularmente, entre Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido y, los cinco conservan un poder de veto que permite bloquear una candidatura aunque reúna amplios apoyos entre el resto de los Estados.
Ese mecanismo recuerda que Naciones Unidas continúa funcionando en numerosos aspectos sobre la arquitectura de poder surgida después de la Segunda Guerra Mundial, aunque el planeta que pretende representar sea profundamente distinto del de 1945.
La próxima persona que dirija la organización tendrá que enfrentarse a guerras abiertas, debilitamiento del multilateralismo, crisis climática, inteligencia artificial, desigualdad y una creciente dificultad de Naciones Unidas para imponer su autoridad en un escenario internacional dominado nuevamente por la política de bloques.
Elegir a una mujer no resolvería ninguno de esos problemas y tampoco convertiría automáticamente a Naciones Unidas en una organización más eficaz. Su significado sería otro, demostrar que la institución encargada de pedir al mundo que derribe barreras ha conseguido finalmente superar una de las que permanecían intactas dentro de su propia casa.
El resultado todavía depende de negociaciones, nuevos sondeos y, sobre todo, del consenso entre las grandes potencias. La carrera permanece abierta y ninguna candidatura puede considerarse decidida. Pero después de nueve hombres y más de ochenta años, Naciones Unidas afronta una elección en la que la igualdad ya no puede aparecer únicamente en los discursos de quien termine ocupando el cargo. También formará parte inevitable de la fotografía que deje el proceso.
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