Los políticos y los incendios: mejor comprar un camión para la foto que cuadrillas para trabajar todo el año

Tras el humo de las tragedias forestales se esconde un ritual de promesas vacías y fotos institucionales, un laberinto burocrático que ignora las advertencias crónicas del sector y condena a los bomberos forestales a la precariedad invernal

12 de Julio de 2026
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Incendios Camion políticos
Miembros de la Unidad Militar de Emergencias durante un gran incendio | Foto: UME

Cuando un gran incendio forestal desgarra la geografía del país, el guion político se activa con una precisión matemática. Aparecen los despliegues de cámaras de televisión, las declaraciones institucionales cargadas de gravedad a pie de asfalto, los rostros compungidos de los gobernantes y la letanía ininterrumpida de los agradecimientos solemnes. Es el gran teatro del lamento estival, una escenografía repetida de forma cíclica donde la indignación oficial y la compasión cotizan al alza en los informativos.

Sin embargo, la verdadera tragedia de la gestión forestal no se escribe bajo el sol abrasador de los meses de peligro, sino en el silencio gélido de los despachos durante el invierno. Es en esos meses olvidados cuando se gestan de manera silenciosa los desastres del próximo verano, en un entorno de amnesia colectiva y cinismo estructural que une a las administraciones en un patrón de abandono sistemático. Se trata de bucle intolerable, un bucle en el que la desconexión entre la retórica de la emergencia y la cruda realidad presupuestaria condena a los montes al desastre y a los profesionales a una injusta temporalidad.

La hemeroteca reciente desmonta cualquier intento oficial de fingir sorpresa ante las crisis que asuelan el entorno rural. Tras los grandes incendios del verano de 2025, distintos expertos, asociaciones, sindicatos y profesionales presentaron en el Congreso de los Diputados un diagnóstico milimétrico de las deficiencias estructurales que padece el sistema. Su advertencia fue clara y contundente, señalando problemas endémicos como la acumulación de combustible en los bosques, la inversión insuficiente en la prevención de incendios, el exceso de jornada laboral, los bajos salarios y el preocupante envejecimiento de unas plantillas que carecen de formación continuada y operan bajo sistemas de mando descoordinados.

El verdadero cálculo político prefiere invertir en el camión de bomberos que se fotografía junto al líder gubernamental, autonómico o local antes que en la cuadrilla forestal que limpia la maleza y controla el estado del monte bajo la lluvia de enero, invisible para el votante urbano.

Las propuestas técnicas entregadas en el Congreso sirvieron de base para impulsar una Proposición no de Ley, marcando el inicio de una ofensiva política y sindical que se ha mantenido viva a lo largo de todo el presente año. A pesar de esta insistencia, la respuesta institucional ha seguido el camino de la parálisis y la inacción. Las administraciones públicas gobernadas por todos los partidos, tanto de izquierda como de derecha, continúan demostrando una preocupante falta de voluntad política para actuar antes de que el monte arda, prefiriendo gestionar las consecuencias irreparables de la catástrofe en lugar de consolidar operativos públicos estables durante los doce meses del año.

La realidad a la que se enfrentan los profesionales del sector resulta desgarradora. Son ensalzados como auténticos héroes nacionales cuando las cámaras de televisión retransmiten sus esfuerzos entre frentes de fuego de veinte metros de altura, pero se les devuelve a la condición de trabajadores precarios en cuanto el humo se disipa. En numerosos territorios, los bomberos forestales se ven obligados a soportar campañas recortadas, contratos temporales y equipos envejecidos, operando con una protección sanitaria que se sitúa muy por debajo de los riesgos reales que asumen en su actividad diaria.

Frente a este escenario de fragmentación y desatención, los expertos y los profesionales insisten en la necesidad urgente de suscribir un auténtico Pacto de Estado que dignifique al colectivo y garantice la estabilidad de las plantillas. La campaña institucional desplegada durante la primavera y reactivada a principios de este verano exige el desarrollo normativo urgente de la legislación vigente, la homogeneización de los sistemas de comunicación compatibles y el reconocimiento explícito de las enfermedades profesionales vinculadas a la inhalación de humo y al esfuerzo físico extremo.

La prevención eficaz no admite atajos estacionales ni se puede improvisar cuando el monte ya está ardiendo. Reducir la carga de combustible, gestionar de forma sostenible el territorio, cubrir las vacantes estructurales y realizar simulacros complejos son tareas que exigen continuidad anual. No todos los incendios se pueden evitar en un contexto climático adverso, pero la magnitud de sus consecuencias sobre las zonas habitadas y los ecosistemas se reduce de forma drástica si el sistema de defensa está cohesionado y bien financiado.

La exigencia actual de responsabilidades políticas y la apertura de investigaciones exhaustivas sobre la suficiencia de los medios disponibles no constituyen una falta de respeto hacia los afectados, sino un ejercicio de responsabilidad democrática. Guardar silencio ante los fallos de coordinación, las deficiencias en los protocolos de evacuación y la preocupante escasez de personal en los momentos críticos equivaldría a normalizar la negligencia. El futuro del patrimonio natural y la seguridad de las poblaciones rurales dependen de que se rompa definitivamente el ciclo de la hipocresía institucional y se pase de la foto de verano a la inversión real en invierno.

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