Durante casi ochenta años, el dólar estadounidense ha desempeñado un papel singular en el sistema internacional. No solo ha sido una moneda dominante, sino la infraestructura financiera invisible sobre la que se ha construido la globalización. Es la unidad de cuenta del comercio mundial, el lubricante de los mercados de capitales y el refugio último en tiempos de crisis. Este estatus ha proporcionado a Estados Unidos un “privilegio exorbitante”: financiar déficits a bajo coste, proyectar poder sin desplegar tropas y convertir su sistema legal en un tribunal de alcance global.
Durante mucho tiempo, ese privilegio se confundió con permanencia. Hoy, esa certeza empieza a resquebrajarse por culpa de las políticas de Donald Trump.
Al inicio de 2026, el dólar se encuentra sometido a una presión persistente tras un 2025 sorprendentemente débil. Cotiza cerca de mínimos de varios meses, reflejando no solo la expectativa de recortes de tipos por parte de la Reserva Federal, sino algo más profundo: una revisión silenciosa del papel de Estados Unidos como ancla financiera del mundo. Los mercados ya no se limitan a calibrar inflación y empleo; están valorando riesgo político, coherencia estratégica y previsibilidad institucional.
Este cambio de percepción se ha visto acelerado por acontecimientos que poco tienen que ver con la política monetaria. La captura de Nicolás Maduro en Caracas y su traslado inmediato a Nueva York para afrontar cargos de narcotráfico fue una demostración quirúrgica del alcance del poder estadounidense. Los mercados reaccionaron con rapidez y ambigüedad: subieron las bolsas, repuntaron los bonos venezolanos ante la expectativa de un cambio de régimen, cayó el petróleo y el oro volvió a brillar como activo refugio. El mensaje implícito fue tan claro como inquietante: el poder de Estados Unidos funciona, pero no es neutral.
Para muchos gobiernos (especialmente en economías emergentes) el episodio venezolano no fue una lección sobre Venezuela, sino sobre vulnerabilidad. Cuando la fuerza militar, la jurisdicción judicial y el control financiero convergen, la frontera entre la aplicación de la ley y la coerción geopolítica se vuelve difusa. El acceso al sistema financiero internacional, quedó de nuevo en evidencia, sigue pasando por Washington.
Esta realidad no es nueva, pero sí cada vez más internalizada. Durante la última década, Estados Unidos ha recurrido con creciente frecuencia a sanciones financieras, congelaciones de activos y restricciones al acceso a pagos internacionales. Bancos centrales han visto inmovilizadas sus reservas. Empresas han quedado excluidas del comercio global de la noche a la mañana. A menudo, estas medidas han estado justificadas. Pero incluso cuando lo están, envían un recordatorio inequívoco: la dependencia del dólar es también una dependencia política.
Ese recordatorio está moldeando comportamientos. La llamada “desdolarización” no adopta la forma de un éxodo abrupto, sino de una estrategia gradual de reducción de riesgos. El dólar sigue siendo dominante, pero su cuota en las reservas oficiales globales ha disminuido de manera constante. China y Rusia han ampliado el comercio bilateral en monedas locales. Los países del grupo BRICS exploran mecanismos de liquidación alternativos. En el Golfo, algunas transacciones energéticas ya se realizan fuera del dólar. Incluso en Europa, empresas han ensayado estructuras ad hoc para eludir riesgos extraterritoriales.
Nada de esto anuncia un colapso inminente del sistema. Anuncia una pérdida de fe en su inevitabilidad.
El caso venezolano refuerza esta lógica. Una intervención directa seguida de un proceso judicial en un tribunal estadounidense consolidó la percepción de que el poder de Estados Unidos no solo es global, sino personalista. Para economías como India o Brasil, que no son adversarios estratégicos de Washington pero tampoco aliados subordinados, la señal es incómoda. En un mundo donde el acceso financiero puede convertirse en un instrumento de presión inmediata, la autonomía parece frágil.
Los defensores del statu quo tienen argumentos sólidos. Ninguna moneda rival ofrece la combinación de liquidez, profundidad de mercado, transparencia y respaldo institucional del dólar. El euro sigue limitado por la fragmentación política de la eurozona. El yuan, por los controles de capital y las dudas sobre el Estado de derecho en China. Estados Unidos continúa albergando los mercados financieros más profundos y el sistema legal más creíble del planeta. Un mundo sin el dólar sería más caro, más volátil y menos eficiente.
Pero la hegemonía monetaria no se sostiene solo con ventajas técnicas. Se sustenta en la confianza. El papel del dólar descansa en la creencia de que es un bien público global, razonablemente predecible y, en lo esencial, neutral. Cuando esa creencia se erosiona, incluso alternativas imperfectas empiezan a resultar atractivas.
El contexto interno de Estados Unidos no ayuda. Déficits fiscales persistentes, sin una senda clara de consolidación; una polarización política que se ha vuelto estructural; bloqueos presupuestarios recurrentes y episodios de riesgo institucional que, vistos desde fuera, parecen menos un debate democrático y más una fuente crónica de inestabilidad. Para el emisor de la moneda de reserva mundial, la previsibilidad es una forma de poder.
Aquí es donde entra la estrategia. Las sanciones funcionan precisamente porque el dólar es central. Pero su uso excesivo amenaza con debilitar esa centralidad. Cuando la presión financiera se convierte en la respuesta automática al desacuerdo geopolítico, se multiplican los incentivos para construir vías de escape. Los aliados pueden aceptarlo. Los países no alineados, no.
Washington aún dispone de margen de maniobra. Puede reservar sus herramientas financieras para circunstancias verdaderamente excepcionales. Puede privilegiar la acción multilateral frente a la presión unilateral. Puede reforzar sus propios fundamentos económicos: disciplina fiscal, inversión en productividad, innovación y capital humano. No son tecnicismos económicos, son pilares geopolíticos.
Estados Unidos no se convirtió en el ancla monetaria del mundo por accidente. Lo hizo porque ofrecía estabilidad, apertura y credibilidad. Esas cualidades no han desaparecido, pero ya no se dan por sentadas. Requieren mantenimiento activo.
Los acontecimientos de Caracas quedarán en la historia como un punto de inflexión para Venezuela. También pueden ser recordados como otro pequeño pero revelador episodio en la larga historia del dólar. El poder, cuando se ejerce sin moderación, genera resistencia. La influencia, cuando se estira demasiado, fomenta la evasión.
El dólar no será sustituido de la noche a la mañana. Sigue siendo indispensable. Pero ser indispensable no equivale a ser inmune. Si el liderazgo estadounidense se percibe menos como una fuerza estabilizadora y más como un instrumento discrecional, el desplazamiento silencioso ya en marcha continuará: más acuerdos bilaterales, más monedas locales, más oro en las bóvedas y menos dependencia automática del dólar.