No es un fenómeno nuevo, pero sí más visible y más corrosivo: la política española ha entrado en una fase en la que el ruido pesa más que la verdad. Importa menos sostener un argumento que lograr que ese argumento —por débil o inexacto que sea— colonice titulares, tertulias y redes sociales. La lógica no es convencer, sino saturar. Y en ese desplazamiento del fondo a la forma, del dato al grito, se está erosionando algo más profundo que la calidad del debate: se está alterando el propio funcionamiento democrático.
Durante años, la confrontación política se organizó alrededor de proyectos, prioridades y diagnósticos distintos. Hoy, una parte relevante de la derecha ha optado por romper ese marco. La estrategia ya no consiste en disputar políticas públicas, sino en deslegitimar al adversario mediante una acumulación constante de mensajes alarmistas, descontextualizados o directamente falsos. No se trata de ganar una discusión, sino de impedir que exista.
Del desacuerdo al estruendo
El cambio no es solo retórico. Tiene consecuencias prácticas. Cuando el debate se llena de advertencias apocalípticas, denuncias sin recorrido y escándalos prefabricados, el espacio para la deliberación se estrecha. La política deja de ser un ejercicio de contraste y se convierte en una competición de decibelios.
En ese contexto, la derecha española ha encontrado un terreno fértil. La reiteración constante de que todo está roto —las instituciones, la economía, la convivencia— no busca describir la realidad, sino fabricar una percepción de colapso permanente. La veracidad pasa a un segundo plano porque lo relevante es instalar la sensación de crisis continua. Una sensación que, además, no exige ser demostrada: basta con repetirla.
Este método tiene una ventaja evidente para quien lo practica. Obliga al resto a defenderse, a desmentir, a aclarar, a explicar. El ruido marca el tempo, y quien responde siempre llega tarde. La discusión se desplaza así del terreno de las políticas públicas al de la supervivencia discursiva.
La desinformación como herramienta política
No estamos ante errores aislados ni exageraciones puntuales. Lo que se ha normalizado es el uso sistemático de la desinformación como herramienta política. No hace falta que un mensaje sea cierto; basta con que sea útil. Útil para generar sospecha, para sembrar desconfianza o para erosionar la credibilidad de cualquier actor institucional que no esté alineado con ese relato.
La consecuencia es doble. Por un lado, se degrada la conversación pública. Por otro, se introduce una asimetría peligrosa: quien no se somete a las reglas básicas del debate democrático obtiene ventaja. Mientras unos se sienten obligados a contrastar datos y a matizar, otros avanzan a golpe de consignas simples, diseñadas para viralizarse, no para sostenerse.
Esta dinámica no es inocua. Cuando se instala la idea de que todo es opinable, incluso los hechos, el terreno queda abonado para el cinismo. Si nada es verificable, todo vale. Y cuando todo vale, la política deja de ser un espacio de responsabilidad para convertirse en un escenario de impunidad discursiva.
El impacto de esta deriva no se limita a los partidos. Afecta a la ciudadanía, que asiste a un debate cada vez más crispado y menos comprensible. La saturación informativa, lejos de empoderar, genera agotamiento. Y ese cansancio es terreno fértil para la desafección.
La derecha juega con ese desgaste. El objetivo no es ofrecer una alternativa clara, sino deslegitimar cualquier acción de gobierno, incluso aquellas que cuentan con respaldo social amplio. La política se reduce así a una lógica binaria: ruido o silencio, escándalo o invisibilidad. En ese marco, la razón no desaparece por falta de argumentos, sino por exceso de interferencias.
Lo más preocupante es que esta estrategia no necesita ganar elecciones para ser eficaz. Le basta con debilitar los consensos básicos, erosionar la confianza en las instituciones y convertir el espacio público en un campo de batalla permanente. Cuando eso ocurre, gobernar —con aciertos y errores— se vuelve secundario frente a la tarea constante de desmentir.
La política española atraviesa un momento en el que el ruido se ha convertido en un fin en sí mismo. Y mientras esa lógica se imponga, la pregunta ya no será quién tiene razón, sino quién consigue gritar más fuerte.