La política española lleva tiempo mudándose del boletín oficial a la pantalla del móvil. No es un simple cambio de formato: es un cambio de fondo. Donde antes se discutían presupuestos, leyes o modelos de país, ahora se compite por un vídeo de veinte segundos, una frase pensada para circular o un gesto diseñado para sobrevivir sin contexto. En ese desplazamiento, la derecha ha encontrado su espacio natural. No porque tenga mejores ideas, sino porque ha decidido que ya no hacen falta.
El espectáculo no reemplaza a la política: la vacía. Y el problema no es de estilo, sino de salud democrática.
La sustitución del contenido
El fenómeno es evidente. Comparecencias pensadas para el titular, debates montados para el choque y no para la explicación, ruedas de prensa convertidas en provocaciones. El objetivo no es convencer, sino ocupar espacio. No es aclarar, sino interrumpir. En este terreno, la derecha ha perfeccionado una habilidad: hablar mucho sin decir nada, pero hacerlo lo bastante alto como para que nadie escuche otra cosa.
La lógica es clara. Si la política se convierte en una sucesión de estímulos, gana quien mejor maneja el ruido. Y ahí la derecha, especialmente la más radicalizada, juega con ventaja: no necesita responder por resultados porque ha renunciado a gobernar la realidad. Le basta con gobernar el relato.
Los ejemplos se repiten. Crisis transformadas en memes. Tragedias reducidas a consignas. Informes técnicos contestados con sarcasmo. La política convertida en performance.
El modelo del conflicto permanente
Este giro no es improvisado. Tiene método. El conflicto ya no es una consecuencia de la política: es su materia prima. La derecha ha asumido que no necesita ganar debates si logra degradarlos. De ahí la insistencia en instalar marcos falsos, comparaciones obscenas o equivalencias imposibles. No se trata de tener razón, sino de generar suficiente indignación como para que nadie pregunte por los datos.
En este esquema, el adversario no es otro partido, sino el propio sistema democrático, presentado como ineficaz, lento, corrupto o ilegítimo. La desconfianza se convierte en herramienta. El descrédito, en programa. La política-espectáculo no busca soluciones: busca desgaste.
La derecha y el desprecio por la gestión
Mientras tanto, la gestión —ese trabajo silencioso, técnico, poco vistoso— queda fuera de plano. Las decisiones complejas no caben en un titular agresivo. Las reformas estructurales no generan aplausos inmediatos. Por eso la derecha las esquiva: porque obligan a explicar, a matizar, a asumir costes.
Sale más rentable una bronca que un informe de ejecución presupuestaria. Más eficaz un tuit que una memoria de impacto. El espectáculo, además, tiene una ventaja clave: no deja huella. No se le pueden exigir resultados a un gesto ni coherencia a un insulto. La política entendida como show es una forma de impunidad.
El coste democrático
El daño no es menor. Cuando todo se convierte en representación, el ciudadano deja de ser sujeto político y pasa a ser público. La participación se reduce a reacción. La deliberación, a trinchera. La complejidad, a sospecha. En ese clima, las propuestas desaparecen porque estorban.
La derecha ha comprendido antes que nadie que una democracia cansada es más fácil de manejar. Por eso insiste en el ruido: porque el ruido agota, confunde y desmoviliza. No busca mayorías sólidas, sino minorías enfurecidas y silencios resignados.
La pregunta, entonces, no es si el viral importa más que la propuesta. Eso ya está respondido. La pregunta real es cuánto tiempo puede resistir una democracia en la que el espectáculo ha sustituido a la responsabilidad. Y quién paga el precio mientras otros se llevan el aplauso.