Nos gusta pensar que nos acercamos a la política con la gravedad de quien examina el rumbo de un país. Sin embargo, basta observar cómo se comenta la actualidad, en la sobremesa, en el café o en el teléfono, para detectar otra cosa: una forma de consumo que se parece sospechosamente al ocio. No sustituye a la preocupación cívica, pero la acompaña.
Hay ciudadanos que no se pierden una sesión parlamentaria con la misma disciplina con la que antes no se perdían un capítulo semanal. No lo reconocerán en voz alta, queda frívolo, pero manejan perfectamente la trama, anticipan alianzas, celebran golpes de efecto y se decepcionan cuando un dirigente no interpreta el papel que se esperaba de él.
La política, sin dejar de ser decisiva, también se ha vuelto narrativa. No es un fenómeno exclusivamente español. Las democracias occidentales llevan años desplazándose hacia un modelo de comunicación donde la política se cuenta más que se explica. El relato no es un adorno: es el formato dominante.
El ciudadano espectador
Durante décadas se habló del votante informado; hoy convive con otra figura menos solemne: el ciudadano espectador. No necesariamente menos preocupado, pero sí acostumbrado a consumir la actualidad en dosis breves, con códigos emocionales y una clara estructura dramática.
Hay temporadas políticas, las campañas, las crisis institucionales, los escándalos, que generan una expectación casi episódica. El lunes trae declaraciones; el martes, rectificaciones; el miércoles, filtraciones; el jueves, una encuesta que reorganiza el tablero. El viernes ya se especula con la semana siguiente.
La pregunta no es por qué ocurre. La pregunta es cómo no iba a ocurrir en sociedades acostumbradas a interpretar el mundo a través de pantallas.
Cuando el análisis se parece a una retransmisión
No hace falta escuchar mucho una conversación pública para advertir el cambio de tono. El comentario político adopta con frecuencia el lenguaje de la competición: quién gana el debate, quién sale reforzado, quién ha cometido un error no forzado.
No es banalidad; es una forma de simplificación necesaria para orientarse en una realidad compleja. Pero esa simplificación tiene efectos: desplaza el interés desde las políticas hacia las performances.
La consecuencia es sutil. Importa tanto lo que se hace como cómo se representa.
También se ha vuelto reconocible la frustración cuando “tu” dirigente no actúa conforme al guion imaginado. Se espera firmeza, ingenio, contundencia —rasgos casi literarios—, como si la política fuese un género con convenciones propias.
La decepción, entonces, no siempre es ideológica; a veces es estética.
No sorprende que los perfiles más templados encuentren dificultades para abrirse paso en este ecosistema. La moderación no produce escenas memorables. La gestión rara vez genera titulares vibrantes.
La conversación ligera
La política ha conquistado territorios que antes le eran más ajenos: la charla informal, el comentario rápido, el intercambio irónico. Se habla de decisiones trascendentes con la misma cadencia con la que se habla del tiempo, y quizá esa naturalidad sea también un signo de madurez democrática.
No todo entretenimiento implica frivolidad. A menudo es simplemente la manera en que una sociedad metaboliza asuntos que la afectan. Pero el riesgo aparece cuando la lógica del espectáculo se impone sobre la lógica institucional. Gobernar exige tiempos largos; el entretenimiento, estímulos constantes.Y am bas velocidades no siempre son compatibles.
Muchos ciudadanos sostienen que observan la política con escepticismo, incluso con cierta superioridad crítica. Como si estuvieran fuera del escenario. Sin embargo, participan en la conversación, reaccionan a cada giro, incorporan expresiones del debate público.
La distancia es relativa. La política sigue importando, probablemente más de lo que se reconoce, pero se ha integrado en la vida cotidiana con una familiaridad que la vuelve menos solemne.
Tal vez el cambio no consista en que la política se haya convertido en espectáculo. Quizá la novedad sea que el público ya no necesita fingir que solo la observa por deber.
Porque preocuparse por el país y encontrar interés en su relato no son impulsos incompatibles. Son, más bien, dos formas contemporáneas de estar dentro de él.