El poder de Trump descansa sobre una alianza entre el antiintelectualismo y el tecnofascismo de Silicon Valley

La cohesión de sectores que van desde el ultranacionalismo cristiano hasta el militarismo de alta tecnología depende en gran medida de la figura unificadora de su líder

03 de Junio de 2026
Actualizado a las 11:56h
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Donald Trump en una reunión de su Gabinete | Foto: The White House

La arquitectura de poder que sostiene el movimiento de Donald Trump no responde a una ideología homogénea, sino a una confluencia de fuerzas de naturaleza dispar que, a primera vista, parecerían repelerse. Por un lado, se sitúa una base social caracterizada por un marcado escepticismo hacia la ciencia y las instituciones académicas tradicionales; por el otro, emerge una élite de inversores y empresarios tecnológicos que se perciben a sí mismos como los gestores legítimos del futuro global.

Esta amalgama política plantea interrogantes esenciales sobre la estabilidad del conservadurismo estadounidense a largo plazo. La cohesión de sectores que van desde el nacionalismo cristiano hasta el militarismo de alta tecnología depende en gran medida de la figura unificadora de su líder. Sin embargo, las tensiones internas y los efectos de decisiones de gran alcance, como las tensiones internacionales con Irán o las reestructuraciones legislativas que debilitan la red de seguridad social, comienzan a poner a prueba los límites de esta coalición defensora del proyecto MAGA (Make America Great Again).

El pilar más numeroso de esta estructura evoca, por su retórica, al movimiento político del siglo XIX conocido como los Know Nothings. No se trata de un colectivo carente de habilidades o formación específica, sino de una corriente definida por su rechazo a los consensos científicos y a las corrientes intelectuales de las costas del país. Figuras de gran relevancia pública, como el neurocirujano y exsecretario Ben Carson, demuestran que la aversión al conocimiento no se dirige hacia la capacidad de asimilar datos, sino hacia el cuestionamiento de las narrativas oficiales y el auge de teorías conspirativas en ámbitos tan sensibles como la salud pública y el cambio climático.

Esta corriente ha ganado un peso institucional sin precedentes en Washington. El nombramiento de Robert F. Kennedy Jr. como secretario de Salud simboliza la transición de los discursos escépticos sobre las vacunas desde la periferia de Internet hasta los despachos del poder federal, provocando el rechazo explícito de organismos como la Asociación Estadounidense de Salud Pública. Paralelamente, el marco mental de una parte considerable del electorado se apoya en visiones escatológicas de carácter religioso; encuestas recientes reflejan que cerca del 40% de la población comparte la creencia de estar viviendo los últimos tiempos, un factor que condiciona la urgencia y el enfoque destinados a resolver los problemas estructurales del planeta.

En el plano cultural, este sector libra una batalla frontal contra las políticas de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI), heredada de las tesis neoconservadoras de los años setenta sobre la existencia de una "nueva clase" de profesionales del lenguaje. Lo que desde la oposición se describe como una legítima defensa de los valores tradicionales frente a la corrección política, los analistas críticos lo interpretan como un esfuerzo por normalizar dinámicas de discriminación previas a las conquistas de los movimientos por los derechos civiles.

En el extremo opuesto del espectro sociológico de esta alianza se sitúan los multimillonarios de Silicon Valley y el capital riesgo. Empresarios como Peter Thiel, Elon Musk, Alex Karp y Palmer Luckey ya no limitan su actividad a la innovación empresarial; operan bajo la premisa de que la eficiencia tecnológica y los sistemas de inteligencia artificial los facultan para asumir funciones de gobernanza global y redefinir la política exterior del país.

La influencia de esta facción no es abstracta, sino plenamente operativa dentro de la estructura gubernamental. La elección de JD Vance como vicepresidente representa el mayor triunfo político de este sector, tras haber sido formado y financiado directamente por el entorno de Palantir, firma proveedora de software de vigilancia fronteriza e inteligencia militar. A esto se suma la inyección de capital en las campañas presidenciales, con aportaciones estimadas en 250 millones de dólares procedentes de fondos opacos de Elon Musk, y el desembarco de antiguos cuadros de SpaceX y Anduril en agencias clave del Gobierno federal, bajo la gestión de un secretario de Guerra, Pete Hegseth, volcado en la automatización del ejército.

La justificación ideológica de este corporativismo tecnológico quedó de manifiesto en foros como el American Enterprise Institute, donde portavoces del sector argumentaron que solo los "fundadores" de empresas poseen la capacidad y la persistencia necesarias para revertir el declive imperial de Estados Unidos, equiparando gran parte de la regulación estatal con dinámicas de control centralizado.

La viabilidad de un proyecto político que coordina los intereses de grandes corporaciones tecnológicas con las demandas de una base social de rentas medias y bajas es uno de los debates más complejos de la ciencia política actual. El descontento económico generado por la desregulación y las reformas fiscales lesivas para las clases trabajadoras abre espacios de contestación. Voces del ala progresista, como el senador Bernie Sanders, insisten en que un programa económico populista enfocado en salarios dignos y sanidad pública universal es capaz de apelar de forma directa a sectores del electorado que hoy apoyan el movimiento MAGA.

Frente a este modelo de tecnofascismo e impugnación científica, la respuesta social empieza a articularse desde el ámbito estrictamente local. Movimientos comunitarios organizados en torno a la gestión de las escuelas públicas, el acceso a la vivienda y campañas de educación al votante buscan construir redes de resistencia civil. Este enfoque colectivista, inspirado en las premisas de la organización sindical histórica de principios del siglo XX, sostiene que la creación de fuentes alternativas de poder ciudadano y la promoción de una cultura basada en la tolerancia y el respeto mutuo son las únicas herramientas viables para ofrecer un proyecto de nación integrador y gobernanza democrática frente a las dinámicas de división.

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