La victimización política en España ha dejado de ser una reacción defensiva para convertirse en una forma de gobierno, y Pedro Sánchez es su gran arquitecto contemporáneo. Su liderazgo no se entiende ya solo por la capacidad para resistir crisis, sino por su habilidad para transformar cada desgaste en una prueba de persecución y cada crítica en un argumento de supervivencia.
Sánchez ha construido una narrativa en la que él nunca aparece como un dirigente en apuros, sino como el centro de un cerco permanente. Cuando su Gobierno tropieza, cuando su partido se agita o cuando la presión judicial y mediática se intensifica, la respuesta no suele ser la autocrítica, sino el desplazamiento del foco hacia enemigos externos. La derecha, los jueces, los medios, la “máquina del fango” o los intereses ocultos pasan a ocupar el lugar de los responsables.
Ese mecanismo es especialmente eficaz porque no solo protege al líder, también disciplina a su entorno. Si todo se presenta como un ataque contra el proyecto progresista, entonces la lealtad deja de ser una opción política y se convierte en una obligación moral. Sánchez ha entendido antes que nadie que, en una política polarizada, la condición de víctima moviliza más que la de gestor.
La victimización como estrategia
El sanchismo ha refinado la victimización hasta convertirla en un lenguaje de poder. El presidente rara vez responde en términos puramente técnicos; suele hacerlo en clave moral, casi existencial. No se trata de “me critican”, sino de “me atacan porque represento un cambio”. No es “hay problemas”, sino “hay una ofensiva contra la democracia”. Esa gramática convierte cualquier conflicto en una batalla entre legitimidad y bloqueo.
La fuerza de este método está en su sencillez. Un problema complejo se simplifica en un relato reconocible: hay un líder que resiste, un sistema que lo hostiga y una mayoría que debe decidir si se alinea con la defensa del progreso o con la reacción. El precio es alto: el debate público se empobrece y la rendición de cuentas queda reducida a una disputa de emociones.
Sánchez también ha convertido la victimización en un arma para neutralizar a la oposición. Si el PP lo critica, él no solo responde a las críticas; las reinterpreta como parte de una estrategia de derribo. Si Vox lo ataca, lo usa para reforzar su imagen de dique democrático. Incluso cuando la crítica es legítima, el presidente intenta reubicarla dentro de un marco donde él aparece como el blanco de una ofensiva desmedida.
Eso le permite una ventaja política importante: evita discutir en detalle sobre errores concretos y desplaza la conversación hacia la intención del adversario. Ya no se pregunta si una medida es buena o mala, sino si la derecha la utiliza para debilitar al Gobierno. La política deja de ser evaluación y se convierte en sospecha.
Contraste con otros líderes
La diferencia con otros dirigentes españoles es notable. Muchos han utilizado el agravio como recurso ocasional, pero Sánchez lo ha convertido en una técnica de permanencia. No improvisa la victimización; la integra en su estilo de liderazgo, en su relación con el partido y en su proyección pública. Por eso su figura resulta tan difícil de erosionar: siempre hay una nueva amenaza sobre la que construir resistencia.
En ese sentido, Sánchez no solo responde a la polarización; la administra. Necesita un clima tenso para consolidar su papel como líder imprescindible. Cuanto más hostil es el entorno, más útil resulta su relato. Cuanto más se debilita la normalidad institucional, más fuerza cobra su imagen de superviviente.
Coste democrático
La gran limitación de esta estrategia es que desplaza el centro de gravedad de la política desde la gestión hacia la dramaturgia. Cuando la víctima se convierte en el personaje principal, el gobierno queda subordinado a la necesidad de sostener esa identidad narrativa. Y eso tiene consecuencias: se justifica la opacidad, se minimizan errores y se convierte el conflicto en un recurso permanente.
La victimización funciona porque conecta con emociones reales de una parte del electorado, pero también porque ofrece una explicación simple a problemas muy complejos. El riesgo es que, una vez instalada, cualquier matiz queda absorbido por el relato. Ya no importa tanto lo que ocurre como quién logra presentar mejor su versión de lo ocurrido.
Cultura política degradada
El éxito de Pedro Sánchez en este terreno dice mucho sobre la cultura política española actual. La confrontación produce más rédito que la cooperación, el agravio moviliza más que la gestión y la moralización del conflicto sustituye a menudo al debate racional. En ese ecosistema, la victimización no es un accidente: es una tecnología de poder.
Sánchez la domina con una precisión que sus adversarios no siempre saben contrarrestar. Su fortaleza no está solo en resistir, sino en hacer que la resistencia parezca virtud política. Y mientras eso siga funcionando, la política española seguirá girando alrededor de una misma pregunta: quién consigue convencer mejor a los ciudadanos de que está siendo atacado.
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