Fort Knox tiene oro. Lo dicen los documentos, los inventarios, las auditorías y esa especie de fe litúrgica con la que Occidente suele tratar determinadas instituciones norteamericanas. Y seguramente lo tenga. Ahora bien, una cosa es tener oro y otra bastante distinta es tener oro utilizable mañana por la mañana. Según la United States Mint, Fort Knox guarda unos 147 millones de onzas troy, una cantidad suficiente como para que durante décadas su nombre se convirtiera en sinónimo universal de seguridad absoluta. Algo “guardado como en Fort Knox” era algo que nadie podía tocar. Tal vez porque tampoco hay demasiadas ganas de removerlo.
En 2011, el propio Tesoro estadounidense explicó ante el Congreso que los 699.515 lingotes almacenados entre Fort Knox, Denver y West Point tenían purezas que iban desde el 47,01 % hasta el 99,99 %, con una media del 90,06 %. No está mal, sobre todo si uno no tiene intención de venderlos mañana. Porque el mercado internacional utiliza como referencia el estándar London Good Delivery, que exige, entre otras condiciones, una pureza mínima del 99,5 %. Es decir, una parte considerable del oro norteamericano no puede entrar en el circuito internacional moderno. No porque sea falso, ni porque esté hecho de latón, sino porque es oro de otra época, de cuando los lingotes tenían menos requisitos que una hipoteca en los años de bonanza y nadie imaginaba que algún día también necesitarían certificado de pedigrí.
La solución existe y es bastante vulgar: analizar, refinar, refundir y certificar. El oro sigue ahí y sigue valiendo. Es como tener una fortuna en monedas antiguas: uno continúa siendo rico, solo que quizá no pueda pagar el café porque la banda magnética de la tarjeta es ilegible. El problema empieza cuando ese oro no se guarda para decorar una cámara acorazada, sino para servir como reserva estratégica ante una crisis financiera, monetaria o geopolítica. En esos momentos, que el activo pueda movilizarse inmediatamente deja de ser una extravagancia de los contables y empieza a ser bastante importante.
Francia se encontró recientemente con una situación parecida. La Banque de France tenía 129 toneladas de oro depositadas en Nueva York que no alcanzaban el estándar de calidad que quería para sus reservas. Los franceses, que tienen muchas virtudes y entre ellas una cierta afición a que lo suyo esté bajo control francés cuando los tiempos andan revueltos, hicieron algo sorprendentemente sencillo: resolvieron el problema. Vendieron aquel oro y compraron oro estandarizado en Europa. Siguieron teniendo exactamente 2.437 toneladas, pero ahora tenían 2.437 toneladas algo menos metafísicas y bastante más utilizables. París, al parecer, considera que la soberanía queda muy elegante en los discursos, pero todavía mejor cuando puede pesarse y venderse sin pedir cita previa al refinador. Y el oro, en casa.
Washington parece preferir una relación más sentimental con sus lingotes. Y aquí llegamos al segundo asunto: las auditorías. Se ha repetido muchas veces que Fort Knox no se audita desde los años setenta, y eso no es correcto. Ha habido inventarios, controles, precintos, comprobaciones y auditorías contables. En 1974, es decir hace más de 50 años, incluso se abrieron compartimentos, se contaron decenas de miles de lingotes y se analizaron muestras. Todo muy tranquilizador. Pero tampoco conviene hacerse trampas al solitario: comprobar que una puerta sigue cerrada no es exactamente lo mismo que comprobar qué hay detrás de la puerta, y verificar que los números de una contabilidad cuadran tampoco transforma automáticamente cada anotación en un lingote perfectamente identificable, pesado y analizado.
Una auditoría integral hoy significaría algo bastante más prosaico y bastante menos cómodo: abrir todas las cámaras, identificar cada pieza, pesarla, analizar su composición, comprobar su pureza, verificar su propiedad y asegurarse de que no existe ninguna carga o compromiso sobre ella.
Curiosamente, en 2025 se presentó en el Congreso estadounidense una iniciativa para exigir precisamente una auditoría independiente e integral de las reservas de oro. Seguramente será por exceso de celo administrativo. Cuando una institución lleva décadas explicando que todo está perfectamente controlado y alguien propone comprobarlo entero otra vez, siempre podemos atribuirlo a la manía de los parlamentarios por entretenerse. La Administración Trump fue absolutamente diligente en que muriera esa iniciativa a las pocas semanas de haberse presentado.
¿Y España qué pinta en todo esto? Más de lo que parece. España posee alrededor de 281 toneladas de oro, pero además forma parte de un sistema financiero profundamente dependiente del dólar. La moneda estadounidense representa todavía alrededor del 57 % de las reservas oficiales mundiales de divisas y los bancos europeos continúan utilizando financiación denominada en dólares hasta el punto de que el BCE mantiene una línea permanente de intercambio de liquidez con la Reserva Federal. Traducido del lenguaje de los bancos centrales al castellano corriente: Europa dispone de un sofisticado sistema financiero para poder llamar a Washington cuando las cosas se tuercen.
Por eso Fort Knox no es simplemente una curiosidad para aficionados a las teorías del tesoro escondido. Si una auditoría completa demostrase simplemente que una parte importante de los lingotes necesita refino, el planeta seguiría girando. Habría gastos, titulares, comparecencias solemnes y algún congresista preguntando quién fue el responsable de fabricar en 1935 unos lingotes que no cumplían las normas de 2026. Wall Street probablemente sobreviviría. El problema de verdad aparecería si se detectasen diferencias relevantes entre las reservas declaradas y las físicamente existentes, problemas de titularidad, cargas, desapariciones, errores de ensayo o dificultades reales para movilizarlas. Entonces dejaríamos de hablar de metalurgia y empezaríamos a hablar de confianza.
Y la confianza tiene una característica preciosa: sostiene el sistema financiero siempre que nadie sienta demasiada curiosidad por levantar la alfombra. El dólar, la deuda estadounidense y buena parte de la arquitectura monetaria internacional funcionan porque el mercado cree que Estados Unidos puede responder por sus compromisos. Un problema material en sus reservas de oro no hundiría por sí solo el dólar, pero sí podría alimentar algo que los bancos centrales temen bastante más que una mala estadística: la sospecha. Y las sospechas financieras, cuando empiezan a circular, tienen la mala costumbre de correr bastante más que los inspectores.
España debería mirar con atención el ejemplo francés. No basta con repetir que tenemos aproximadamente 281 toneladas de oro y apuntarlas cuidadosamente en una memoria anual. Sería interesante saber, con el mismo detalle, dónde se encuentran exactamente, en qué formato están depositadas, qué pureza tienen, bajo qué régimen de custodia, qué parte cumple los estándares internacionales y cuánto tardaríamos en convertirlas en liquidez efectiva en una situación de emergencia. Quizá todo esté perfectamente ordenado, identificado y disponible. Estupendo. Precisamente por eso no debería haber ningún problema en explicarlo.
Porque las reservas estratégicas tienen una curiosa particularidad: durante décadas pueden parecer una cuestión aburridísima reservada a funcionarios, auditores y señores que disfrutan leyendo balances de bancos centrales. Hasta que llega una crisis. Entonces descubrimos que la pregunta verdaderamente importante nunca fue cuánto oro decía la contabilidad que teníamos, sino cuánto oro podíamos utilizar de verdad.
Y ése quizá sea el auténtico misterio de Fort Knox. No saber si allí hay oro. Todo indica que lo hay.
La pregunta es por qué, teniendo tanto y estando todo tan perfectamente en orden, resulta tan difícil encontrar a alguien verdaderamente entusiasmado con la idea de abrirlo todo, pesarlo otra vez y comprobarlo con calma.
Debe de ser que da pereza.
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