La Iglesia siempre tuvo un talento extraordinario para administrar el pecado ajeno mientras rentabilizaba discretamente el propio. Ahora ya no necesita siquiera disimular demasiado.
Mientras miles de familias buscan desesperadamente una vivienda en Madrid, una orden religiosa franciscana acumula decenas de inmuebles en algunos de los barrios más caros de la capital y aplica prácticas inmobiliarias que cualquier fondo buitre firmaría encantado sin cambiar una coma.
La diferencia es que Blackstone no lleva hábito. La Orden Tercera de San Francisco sí. Y quizá por eso resulta todavía más obsceno.
Porque detrás de nombres solemnes, referencias a la caridad cristiana y siglos de espiritualidad aparece algo mucho más terrenal, con pisos, rentas, desahucios y especulación inmobiliaria en pleno corazón de Madrid.
Para la Iglesia, la caridad empieza siempre por el patrimonio propio. Las cifras impresionan. 47 propiedades registradas oficialmente, aunque el Sindicato de Inquilinas asegura que podrían superar las 200 viviendas. Locales, edificios completos, garajes y pisos en La Latina, Sol, Justicia o Malasaña. Patrimonio inmobiliario construido durante décadas gracias a donaciones de fieles y gestionado hoy con una lógica bastante parecida a la del mercado más agresivo.
Alquileres inicialmente asequibles a cambio de que el inquilino reforme el inmueble. Después llegan las subidas. Las presiones, los burofaxes y finalmente el desahucio.
Todo muy cristiano.
Porque hay algo especialmente indecente en que una organización nacida oficialmente para la beneficencia termine convirtiendo la vivienda en un negocio de extracción económica sobre pensionistas, trabajadores precarios o vecinos envejecidos de barrios populares.
El Evangelio según el mercado
Lo verdaderamente inquietante no es solo el patrimonio acumulado. Es la absoluta naturalidad con la que determinadas estructuras religiosas se han integrado en el capitalismo inmobiliario más feroz sin experimentar el menor conflicto moral aparente.
Mientras el Papa habla de pobreza evangélica, algunos gestores religiosos funcionan en Madrid como cualquier propietario especulativo profesional. Y después emiten comunicados jurídicamente impecables explicando que todo se ha hecho conforme a derecho. Naturalmente.
También muchos desahucios durante la burbuja inmobiliaria eran perfectamente legales. La legalidad nunca ha garantizado automáticamente la decencia.Los pobres sirven mucho más cuando aparecen en los sermones.
La Iglesia española lleva décadas extremadamente preocupada por la familia, la moral sexual, la educación o las tradiciones religiosas.
Curiosamente muestra bastante menos angustia pública cuando algunas instituciones vinculadas al mundo eclesial participan de dinámicas que expulsan vecinos de sus barrios o convierten la vivienda en mercancía especulativa. Y eso explica parte del creciente divorcio entre la retórica moral de la Iglesia y la percepción social real que existe sobre ella.
Porque cuesta escuchar sermones sobre solidaridad mientras una orden religiosa desahucia pensionistas en La Latina. Cuesta hablar de dignidad humana cuando los inquilinos denuncian humedades, abandono y amenazas de subida de renta.
Y cuesta muchísimo seguir hablando de caridad cristiana cuando el negocio inmobiliario parece haberse convertido en otra forma bastante rentable de administrar la fe ajena.