La nueva derecha ya no promete prosperidad, promete enemigos

La inseguridad social y el desgaste económico empujan a una parte de la derecha occidental hacia una política basada menos en ofrecer futuro que en fabricar amenazas

23 de Mayo de 2026
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La nueva derecha ya no promete prosperidad, promete enemigos

Hubo un tiempo en que la derecha ganaba elecciones prometiendo estabilidad, crecimiento económico o ascenso social. Era una derecha reconocible incluso para sus adversarios. Defendía menos impuestos, más mercado, menos intervención pública y una cierta idea de orden institucional. Podía gustar más o menos, pero discutía sobre modelos económicos, eso está cambiando.

La nueva derecha occidental parece haber entendido algo profundamente inquietante. Que en sociedades atravesadas por la incertidumbre, el miedo moviliza más que la esperanza. Y que resulta más rentable políticamente fabricar enemigos que construir horizontes colectivos. Por eso el debate público se ha desplazado lentamente desde la economía hacia la identidad. Ya no se habla tanto de salarios como de fronteras. Menos de vivienda y más de inmigración. Menos de desigualdad y más de guerras culturales. 

Trump no ganó prometiendo un sistema sanitario mejor. Ganó señalando culpables. Orbán no se mantuvo 16 años únicamente por su gestión económica. Se sostuvo sobre la construcción constante de amenazas culturales y nacionales. Lo mismo ocurre con Meloni, Milei o buena parte de la extrema derecha europea.

En España el fenómeno adopta formas propias, aunque responde a la misma lógica. La política deja de organizarse alrededor de proyectos de país y empieza a girar alrededor de agravios emocionales permanentes. Feministas, migrantes, periodistas, sindicatos, funcionarios, ecologistas o universidades pasan a convertirse en objetivos simbólicos de una maquinaria política que necesita enemigos visibles para mantener activada la indignación. Porque la indignación genera identidad.

Y una parte importante de la nueva derecha ha descubierto que resulta más sencillo cohesionar electoralmente a una sociedad enfadada que a una sociedad esperanzada.

Cuando la política deja de intentar mejorar materialmente la vida de la mayoría y pasa a centrarse casi exclusivamente en señalar amenazas internas, la democracia empieza lentamente a deteriorarse. El adversario deja de ser alguien con quien se discrepa para convertirse en alguien sospechoso, ilegítimo o peligroso. Ahí aparece una diferencia fundamental entre conservadores y reaccionarios.

El primero intenta conservar un modelo social. El segundo necesita permanentemente enemigos para sobrevivir políticamente.

Y quizá por eso la nueva derecha habla tanto de decadencia, invasiones culturales o conspiraciones ideológicas. Porque necesita convencer a sus votantes de que viven bajo amenaza constante. El miedo se ha convertido en una forma de gobierno o de alcanzarlo.

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