La nostalgia como estrategia para conquistar el poder

La apelación constante a un tiempo supuestamente mejor se ha consolidado como una de las herramientas más eficaces del populismo conservador

28 de Junio de 2026
Guardar
La nostalgia como estrategia para conquistar el poder

La nostalgia siempre ha formado parte de la condición humana. Idealizamos la infancia, recordamos con afecto determinadas etapas de nuestra vida e incluso tendemos a suavizar los aspectos más difíciles del pasado. La política conoce muy bien ese mecanismo emocional y, desde hace años, ha aprendido a convertirlo en una poderosa herramienta electoral.

Cada vez resulta más frecuente encontrar discursos que prometen "recuperar" un país que, en realidad, nunca existió tal y como se describe. Se habla de volver a una supuesta edad dorada caracterizada por la seguridad, la prosperidad, el orden o la unidad nacional. Es una imagen cuidadosamente construida, donde desaparecen las desigualdades, las discriminaciones y los conflictos que también formaban parte de aquel tiempo.

La extrema derecha ha convertido esa estrategia en una de sus principales señas de identidad. El "Make America Great Again" de Donald Trump constituye probablemente el ejemplo más conocido, pero no es el único. En distintos países europeos aparecen mensajes similares que prometen recuperar fronteras, identidades nacionales, modelos familiares o valores tradicionales como si el simple paso del tiempo hubiera sido el responsable de todos los problemas actuales.

La nostalgia tiene una enorme ventaja política. No necesita demostrar que el pasado fue realmente mejor. Basta con convencer de que el presente ha empeorado.

Ese relato encuentra terreno fértil en sociedades que viven procesos de transformación acelerada. La globalización, la revolución tecnológica, las migraciones, el cambio climático o las nuevas formas de empleo generan incertidumbre. Muchas personas experimentan la sensación de haber perdido referencias conocidas. En ese contexto, mirar hacia atrás resulta emocionalmente más sencillo que afrontar la complejidad del futuro.

Pero existe un riesgo evidente. Cuando la nostalgia sustituye al análisis, la política deja de proponer soluciones y comienza a fabricar mitos. El pasado deja de estudiarse para convertirse en una herramienta de movilización emocional.

España tampoco permanece al margen de esa tendencia. Algunas fuerzas políticas apelan de forma recurrente a una visión idealizada de determinadas etapas históricas, omitiendo deliberadamente aquello que resulta incómodo. Se reivindican símbolos, se reinterpretan episodios históricos y se alimenta la idea de que cualquier avance social habría supuesto una pérdida de identidad nacional.

La memoria democrática cumple precisamente la función contraria. No pretende imponer un relato único, sino impedir que la historia sea utilizada como instrumento de manipulación. Recordar con rigor no significa vivir anclados en el pasado, sino comprenderlo para no repetir sus errores.

Las democracias sólidas necesitan ciudadanos capaces de distinguir entre memoria y nostalgia. La primera busca conocimiento. La segunda selecciona únicamente aquellos recuerdos que resultan útiles para reforzar una determinada emoción política.

Resulta significativo que los proyectos políticos más transformadores acostumbren a hablar del futuro, aunque ese futuro genere incertidumbres. La ampliación de derechos civiles, la igualdad entre hombres y mujeres, la construcción del Estado del bienestar o la transición ecológica exigen imaginación política. La nostalgia, por el contrario, invita a caminar mirando constantemente hacia atrás.

Eso explica que quienes ofrecen respuestas simples a problemas complejos recurran con tanta frecuencia a un pasado idealizado. Es una narrativa cómoda porque elimina matices y convierte cualquier cambio en una amenaza.

Las sociedades avanzan cuando son capaces de aprender de su historia, no cuando intentan reconstruir un tiempo que nunca fue tan perfecto como algunos pretenden recordar. Gobernar consiste en preparar el país para los desafíos que vienen, no en prometer un regreso imposible a un ayer cuidadosamente embellecido.

La nostalgia seguirá siendo una emoción legítima en el ámbito personal. Convertida en programa político, exige una mirada mucho más crítica. Porque las democracias no progresan reconstruyendo recuerdos selectivos, sino afrontando con honestidad los retos de su tiempo.

Lo + leído