Como cada 24 de diciembre, el mensaje de Navidad del Rey Felipe VI volvió a ocupar el centro del ritual político español. Y como cada año, las reacciones fueron previsibles, automáticas y, en gran medida, irrelevantes. El PSOE y el PP aplaudieron el discurso casi al unísono; los socios parlamentarios del Gobierno lo criticaron; la izquierda alternativa lo consideró decepcionante; y la extrema derecha optó por el silencio. Todo parecía encajar en el guion habitual. Y, sin embargo, algo esencial se perdió por el camino.
Porque el discurso del Rey no fue un simple recordatorio de los valores constitucionales, ni una advertencia genérica contra los extremismos y populismos. Fue, más bien, un diagnóstico incómodo sobre el deterioro del sistema político, dirigido precisamente a quienes dicen defenderlo. En ese sentido, ni el Partido Popular ni el Partido Socialista entendieron nada, o prefirieron no entenderlo.
Aplauso como forma de incomprensión
La reacción del PSOE fue ejemplar en su previsibilidad. Cristina Narbona, presidenta del partido, aseguró que los socialistas compartían la visión del Rey sobre la amenaza que se cierne sobre los logros de la Transición democrática, atribuyéndola a extremismos, populismos y doctrinas con “nefastas consecuencias” ya conocidas en España. La lectura era cómoda: el peligro viene de fuera, de los márgenes, de los otros.
Sin embargo, el discurso de Felipe VI apuntaba a algo más profundo. Cuando el Rey hablaba de una crisis de confianza en la democracia, no se refería solo a fuerzas antisistema, sino al desgaste provocado por quienes gobiernan y legislan sin medir el impacto institucional de sus decisiones. La alusión a la ejemplaridad en la vida pública, que Narbona recogió de forma casi ritual, era menos un gesto de cortesía que una advertencia directa.
El problema para el PSOE es evidente: resulta difícil invocar la ejemplaridad como principio abstracto cuando los casos de corrupción, el deterioro del debate público y la polarización estratégica forman parte del paisaje cotidiano. El discurso real no pedía declaraciones bienintencionadas; pedía autocorrección. Y esa parte fue ignorada.
El PP y la interpretación selectiva
El Partido Popular, por su parte, leyó el discurso como una confirmación de su relato. Alberto Núñez Feijóo secundó la alerta del monarca sobre la “inquietante crisis de confianza” en la democracia y llamó a cuidar la convivencia entre españoles, reivindicando la Constitución y la Unión Europea como garantes de libertad y prosperidad. El mensaje encajaba bien con la imagen que el PP desea proyectar: la de partido institucional frente a un Gobierno frágil y dependiente.
Pero, de nuevo, la lectura fue interesadamente parcial. Cuando Felipe VI habló de convivencia, lo hizo subrayando que no es un legado imperecedero, una frase que Isabel Díaz Ayuso rescató con entusiasmo retórico. Sin embargo, el Rey no se refería solo a amenazas externas o a pactos parlamentarios incómodos. Se refería también al uso sistemático de la confrontación como herramienta política, una práctica en la que el PP ha sido protagonista destacado.
Los barones populares, desde Juanma Moreno hasta María Guardiola o Fernando López Miras, alabaron la “voz serena” del Rey. Pero la serenidad, como advertía implícitamente el discurso, no es un atributo decorativo, sino una exigencia política. Aplaudirla sin practicarla es otra forma de no entender el mensaje.
Un discurso no contra los adversarios
El error común de PP y PSOE fue interpretar el mensaje del Rey como una pieza más del combate partidista, en lugar de leerlo como lo que realmente fue: una impugnación de la inercia política. Felipe VI no señaló culpables concretos porque su función no es hacerlo. Pero sí describió un clima: desigualdad creciente, desinformación, incertidumbre tecnológica, emergencia climática, crisis de vivienda y coste de la vida.
Estos no son problemas abstractos ni ajenos a la acción de gobierno. Son el resultado de decisiones políticas acumuladas, de prioridades mal calibradas y de un sistema que ha sustituido la gestión por el relato. Cuando el Rey habla de amenazas a la democracia, no está pensando solo en quienes la cuestionan abiertamente, sino en quienes la erosionan por desgaste.
Malentendido inverso
En el otro extremo, Sumar, Podemos, ERC, PNV, EH Bildu y Junts calificaron el discurso de decepcionante. Su crítica partía de la idea de que el Rey no fue lo suficientemente explícito en la denuncia de determinados problemas estructurales. Pero también aquí hubo una lectura simplificada.
Felipe VI no puede ni debe hacer política partidista. Su mensaje opera en otro registro: el de los límites del sistema. En ese sentido, el discurso fue menos conservador de lo que algunos quisieron ver y más incómodo de lo que otros supieron reconocer.
El silencio de Vox y lo que revela
Que Vox y Santiago Abascal optaran por no hacer ninguna valoración es, en sí mismo, revelador.
El discurso no encajaba fácilmente en su marco de confrontación directa con la monarquía parlamentaria ni en su retórica de ruptura. El silencio fue una forma de evitar un terreno que no ofrecía rédito inmediato.
El discurso de Navidad de Felipe VI no pretendía cerrar debates, sino medir la temperatura del país. Y el resultado no fue halagador. La crisis de confianza democrática, la erosión de la convivencia y la fatiga institucional no son fenómenos externos al sistema político, sino productos de su funcionamiento cotidiano.
El problema no es que PP y PSOE aplaudieran al Rey. El problema es que lo hicieron como si el mensaje no fuera con ellos. Como si la advertencia sobre la ejemplaridad, la polarización y la fragilidad democrática estuviera dirigida siempre a terceros.
Mensaje mal leído
En última instancia, el discurso de Felipe VI fue un llamamiento a la responsabilidad sistémica, no un respaldo a ninguna estrategia concreta. Que los dos grandes partidos lo hayan convertido en munición retórica (uno para reafirmarse, otro para justificarse) demuestra hasta qué punto la política española escucha para responder, no para entender.
Quizá ahí resida la ironía final: el Rey habló de convivencia, confianza y responsabilidad, y la clase política respondió con aplausos automáticos y lecturas interesadas. En 2024, el mensaje de Navidad volvió a cumplirse. Pero no como sus destinatarios creyeron.
