Ni el delfín se libra de Trump

El Pentágono planea enviar cetáceos al Estrecho de Ormuz para limpiar las minas colocadas por el régimen de Irán

11 de Marzo de 2026
Actualizado a las 18:24h
Guardar
Un militar americano entrena a un delfín para la guerra
Un militar americano entrena a un delfín para la guerra

Donald Trump prepara una nueva monstruosidad que añadir a su larga lista (que ya es difícil): delfines, leones marinos y mamíferos acuáticos para limpiar el Estrecho de Ormuz, convertido en un peligroso campo de minas por los iraníes. En las últimas horas se ha sabido que el régimen de los ayatolás está plantando todo tipo de artefactos explosivos en esa arteria del comercio mundial. El objetivo: convertir Ormuz en un cuello de botella para terminar de estrangular la economía global y de paso arrastrar a China (auténtica obsesión del magnate neoyorquino), a la Tercera Guerra Mundial.

Aunque los generales del Pentágono presumen de haber abatido 16 embarcaciones iraníes mientras colocaban las minas, lo cierto es que un buen puñado de explosivos (entre quinientos y un millar) han podido ser colocados en las aguas del Estrecho. Y ahí es donde entran los pobres mamíferos acuáticos. Trump ha dado orden de movilizar la unidad de delfines y leones marinos para detectar la munición y desactivarla. Hay que denunciarlo alto y fuerte. Durante la primera Guerra del Golfo, y después con la invasión de Irak, Estados Unidos utilizó a estos hermosos animales como parte de su Programa de Mamíferos Marinos para la detección de minas. Nos dijeron que no entraban en contacto con las cargas explosivas, ya que su labor se limitaba a marcar la posición de la bomba con flotadores de colores, avisando así a su entrenador. Sin embargo, ¿cuántos de estos nobles seres acuáticos estallaron por los aires? ¿Cuántos pacíficos cetáceos reprogramados como arma de guerra fueron sacrificados? Jamás se dieron cifras concretas de semejante crueldad. Nos contaron que los habían bautizado con nombres de dibujos animados como Makai, Tacoma, Katrina y Ten, pero sobre sus misiones secretas y su trabajo letal nada más se supo. Las denuncias de los ecologistas y defensores de los derechos de los animales fueron, una vez más, ninguneadas.

Cuenta la mitología griega que en un tiempo remoto los misteriosos delfines fueron piratas castigados y convertidos en cetáceos por tratar de vender al dios Dioniso como esclavo. Desde Homero, el delfín ha sido compañero inseparable del marinero solitario, terapeuta de niños autistas, atracción de feria e inspiración de poetas. Hoy a los delfines (muy apreciados por la Marina norteamericana por su sofisticado sistema de sonar natural) los amaestran durante décadas, seguramente mediante métodos y prácticas moralmente reprobables. Filosóficamente, entrenar a seres humanos para que se maten entre sí en el campo de batalla es algo nauseabundo. Decía Paul Valéry que la guerra es una masacre entre gentes que no se conocen para provecho de gentes que sí se conocen pero que no se masacran. O sea, una orgía de atrocidades alimentadas por charlatanes y embaucadores como Aznar. Pero el ser humano es libre de elegir su propio destino, su propio infierno, su propia autodestrucción, mientras que al inteligente delfín, un ser superior, lo sacan del mar –donde nada en libertad y en armonía con el planeta y con el cosmos–, lo alistan contra su voluntad, lo enfundan en una bandera absurda que no es la suya y lo recluyen en un cuartel de agua, donde se le agota con ejercicios extenuantes y estúpidas acrobacias antes de enviarlo a primera línea de batalla. Pocas aberraciones humanas cometidas por el llamado sapiens tan execrables como esta.

En la guerra de Irán hay demasiados intereses en juego: el precio del barril de petróleo, la estabilidad de las Bolsas y los mercados internacionales, las elecciones de medio mandato de noviembre que Trump podría perder si el conflicto bélico se prolonga demasiado y el ciudadano medio americano, harto de no poder llenar el depósito de combustible de su Cadillac, rompe con el trumpismo. Todo eso y la destrucción del mundo de ayer con su Derecho internacional basado en reglas, enterrado para siempre por doña Ursula Von der Leyen. El delfín vive en orden y paz con la naturaleza; el ser humano en el caos, la ley de la jungla y la nueva edad de oro del trumpismo fascista. ¿Quién es el ser más racional?

Hoy, el mataniñas Trump y su lacayo Netanyahu vuelven a la carga con los horrores de la guerra. Mientras explotan las escuelas repletas de colegiales, mientras cada día mueren cientos de civiles inocentes en los bombardeos sobre Irán, Líbano, Cisjordania y Palestina, podría parecer una frivolidad preocuparse por unos cuantos animales utilizados para la maquinaria del crimen y el genocidio. Se está librando una batalla por una montaña de dólares y unos océanos de petróleo y sangre, así que el lector de esta columna se preguntará qué demonios puede importar que empleen a unos cuantos cetáceos para que podamos llenar los depósitos de nuestros coches una semana más. Importa. Importa porque la explotación del delfín como carnaza, como carne de cañón para la guerra, es el símbolo perfecto de hasta qué nivel de degradación, depravación e inmoralidad ha llegado el mono desnudo mal evolucionado hacia la locura y la barbarie.

No se trata de caer en la retórica naíf o buenista, ni de recuperar argumentos de aquellas películas lacrimógenas de nuestra infancia como ¡Liberad a Willy! Se trata de denunciar una injusticia más, quizá minúscula al lado de la masacre de esa escuela femenina que el criminal de guerra Trump ha volado por los aires con sus infames Tomahawks, pero injusticia, al fin y al cabo. Trump, destructor de mundos, va a explotar para la guerra al bello, amigable, sonriente y atlético delfín. Va ponerle el uniforme de los marines y una gorra de MAGA. Va a sacrificarlo por la patria y por sus petroleros cargados de codicia y negras mentiras. Ya lo dijo Anguita: malditas las guerras y los canallas que las hacen. Y que dejen en paz a los delfines.

Lo + leído