La Copa del Mundo nunca ha sido solo fútbol, pero en 2026 esa evidencia amenaza con alcanzar un nuevo umbral. El torneo que históricamente ha servido como escaparate global para naciones y regímenes se enfrenta ahora a un contexto singular: la convergencia entre el espectáculo deportivo, la lógica del poder político y la hiperexposición mediática de la era digital.
Según el libro El poder y la gloria, de Jonathan Wilson que revisita la historia de los Mundiales, la Copa del Mundo ha sido siempre un instrumento político. Desde el uso propagandístico del torneo por Benito Mussolini en 1934 hasta la Argentina de 1978, donde la dictadura militar lo convirtió en un escaparate mientras hacía desaparecer a miles de personas, el fútbol ha funcionado como un espejo, y a menudo como un maquillaje, del poder. Más recientemente, la Rusia de Vladimir Putin en 2018 utilizó el evento para proyectar normalidad internacional en plena intervención militar en Siria.
Sin embargo, el desafío que plantea el Mundial de 2026 introduce una variación relevante en esta tradición. A diferencia de los líderes autoritarios del pasado, Donald Trump no comparte una relación orgánica con el fútbol. Su vínculo con el torneo no se basa en la comprensión del juego ni en su simbolismo cultural, sino en su capacidad de generar atención. Esta diferencia no es menor: transforma el uso político del deporte en una forma de apropiación mediática más cercana al espectáculo que a la propaganda clásica.
El precedente más ilustrativo de esta lógica no proviene de la política, sino de la cultura viral. La comparación con el episodio de Salt Bae en la final de Qatar 2022 resulta reveladora: una figura ajena al mérito deportivo que irrumpe en el momento de gloria para apropiarse de él. La escena, incómoda y ampliamente criticada, simboliza una tendencia contemporánea donde la visibilidad sustituye a la legitimidad. Trasladada al plano institucional, esta dinámica adquiere una dimensión mucho más problemática.
En este contexto, el papel de la FIFA y su presidente Gianni Infantino emerge como un elemento central del análisis. Lejos de actuar como contrapeso institucional, la organización parece haber profundizado su histórica inclinación al oportunismo. El gesto de otorgar a Trump un premio inexistente hasta ese momento, el llamado “Premio de la Paz de la FIFA”, acompañado de elogios a su “compromiso inquebrantable con el avance de la paz y la unidad”, evidencia un nivel de alineamiento político que tensiona los límites de la credibilidad institucional.
Esta relación plantea interrogantes de fondo sobre la gobernanza del fútbol global. Si durante las eras de João Havelange y Sepp Blatter la crítica se centraba en la corrupción económica, el ciclo actual introduce un componente adicional: la destrucción de la dignidad institucional en favor del acceso al poder político. La FIFA ya no solo negocia con gobiernos; parece integrarse en sus lógicas de comunicación y legitimación.
El escenario estadounidense añade capas de complejidad. El Mundial de 2026 se está celebrando en un contexto marcado por tensiones migratorias, restricciones de visado y un clima político polarizado. La posibilidad de que aficionados de determinados países afronten barreras para asistir convierte al torneo en un espacio donde la geopolítica condiciona directamente la experiencia deportiva. A ello se suma el impacto del cambio climático, con temperaturas extremas que ya generan preocupación sobre las condiciones de juego.
En paralelo, la instrumentalización política del evento amenaza con desplazar el foco del terreno de juego al escenario mediático. Cada partido corre el riesgo de convertirse en un acto de reafirmación personal del liderazgo político, diluyendo la esencia colectiva que históricamente ha definido al fútbol. La pregunta ya no es solo quién gana el Mundial, sino quién capitaliza su narrativa.
Y, sin embargo, la historia ofrece un contrapunto. A lo largo de las décadas, han sido los jugadores quienes han rescatado el sentido del torneo frente a los excesos del poder. La victoria de Alemania Occidental en 1954 contribuyó a su reintegración internacional tras la Segunda Guerra Mundial. La irrupción de Croacia en 1998 reforzó la identidad de una nación emergente. Más recientemente, la Argentina de Lionel Messi en 2022 logró imponer la belleza del juego sobre las sombras políticas del momento.
Esa tensión entre la pureza del fútbol y la instrumentalización del poder constituye el hilo conductor que define la Copa del Mundo. Es también la clave de su resistencia. Como sugiere Wilson, el torneo ha sobrevivido a dictaduras, escándalos y crisis institucionales porque, en última instancia, su legitimidad emana del juego y de quienes lo practican.
En 2026, esa resiliencia será puesta a prueba una vez más. Los futbolistas no solo competirán entre sí, sino también contra un entorno saturado de intereses políticos y mediáticos. Su desafío será recordar al mundo que, más allá de los focos, el fútbol sigue siendo un lenguaje universal capaz de trascender fronteras, ideologías y ambiciones personales.
La incógnita es si esa fuerza será suficiente para imponerse en un contexto donde el espectáculo amenaza con devorar al propio deporte. Porque si algo demuestra la historia del Mundial es que el poder siempre intenta apropiarse de él. La cuestión, ahora, es si el fútbol seguirá siendo capaz de resistirse.