Las mujeres que hoy cumplen sesenta años nacieron en una España donde una mujer casada todavía podía necesitar el permiso de su marido para trabajar, abrir una cuenta bancaria o firmar determinados contratos. Cuando eran niñas, el divorcio no existía, la universidad seguía siendo mayoritariamente masculina y la vida adulta de muchas de sus madres transcurría dentro de un itinerario bastante previsible, marcado por el matrimonio, los hijos, la casa y unos cuidados que se entendían casi exclusivamente como una responsabilidad femenina.
Medio siglo después, aquellas niñas llegan a una edad que durante generaciones estuvo asociada al comienzo de la retirada social con una biografía completamente distinta. Han trabajado y cotizado, han entrado en espacios profesionales antes ocupados casi exclusivamente por hombres y han tomado decisiones sobre su vida familiar y personal con una autonomía que sus madres tuvieron mucho más difícil. No recibieron hecha la libertad de la que hoy disfrutan, sino que pertenecen a la generación que tuvo que conquistar buena parte de ella.
Ahora están protagonizando una transformación menos ruidosa, pero igualmente interesante. La de la propia idea de hacerse mayor. Una mujer que alcanzó los 65 años en España en 2024 tenía por delante una esperanza media de vida de otros 23,6 años, casi cuatro más que un hombre de la misma edad. Cumplir 65 ya no significa, por tanto, encontrarse ante un último tramo breve de la vida, sino entrar en una etapa que para muchas mujeres puede prolongarse durante más de dos décadas.
Una generación que creció al mismo tiempo que sus derechos
Resulta difícil separar la historia de estas mujeres de la transformación democrática del país. La Constitución reconoció la igualdad ante la ley, el divorcio regresó en 1981 y durante las décadas siguientes avanzó la incorporación femenina a la universidad y al mercado laboral. La universalización de la sanidad y la educación públicas, la ampliación de los derechos sexuales y reproductivos y las posteriores leyes de igualdad y contra la violencia machista fueron construyendo un marco en el que la autonomía de una mujer dependía cada vez menos de su situación familiar.
Nada de aquello eliminó las desigualdades, pero sí ensanchó extraordinariamente las posibilidades de una generación que había visto vivir a sus madres bajo reglas muy diferentes, y la transformación resulta especialmente visible entre quienes ahora se acercan a la jubilación. En 2024, la tasa de empleo de las españolas entre 55 y 64 años alcanzaba el 54,5 %. La distancia respecto a los hombres de la misma edad continuaba existiendo, pero la fotografía se parece muy poco a la de las generaciones anteriores, cuando llegar a los sesenta después de una larga carrera laboral era mucho menos habitual entre las mujeres.
El trabajo remunerado cambió sobre todo algo muy concreto, la capacidad de decidir. La independencia económica ha sido probablemente una de las revoluciones feministas menos vistosas y más decisivas, porque disponer de ingresos propios proporciona una libertad cotidiana que para muchas de sus madres resultaba extraordinariamente difícil de alcanzar.
Una mujer con recursos propios puede terminar una relación si deja de querer permanecer en ella, mantener su vivienda o ayudar a sus hijos sin depender económicamente de su marido. No significa que todas hayan podido hacerlo ni que las diferencias sociales hayan desaparecido. Significa que las posibilidades se parecen muy poco a las que tuvieron las mujeres de generaciones anteriores.
Ese avance tuvo también un coste que aparece ahora con especial claridad. Las mujeres que entraron masivamente en el mercado laboral lo hicieron cuando el reparto de los cuidados avanzaba bastante más despacio que su incorporación al empleo. Muchas trabajaron fuera de casa sin dejar de asumir la mayor parte del trabajo dentro de ella, criaron hijos, atendieron a padres mayores y sostuvieron hogares en los que la igualdad legal llegó bastante antes que la igualdad cotidiana.
Las consecuencias acompañan a algunas hasta la jubilación. Interrupciones de las carreras profesionales, reducciones de jornada, renuncias a promociones y menos años de cotización ayudan a explicar que las pensiones femeninas continúen siendo inferiores a las masculinas. El complemento para reducir la brecha de género en las pensiones intenta corregir precisamente una parte del impacto que la maternidad y los cuidados tuvieron sobre esas trayectorias laborales. La incorporación de millones de mujeres al empleo avanzó mucho más deprisa que el reparto de aquello que seguía esperando cuando regresaban a casa.
Después de una vida cuidando
La otra parte de esta transformación puede observarse cualquier día en una estación, una universidad, un gimnasio o una terraza. Mujeres de sesenta y setenta años viajan con amigas, hacen deporte, comienzan estudios, participan en asociaciones, mantienen una intensa vida cultural, inician nuevas relaciones o descubren que también pueden estar perfectamente sin ninguna.
Durante demasiado tiempo, una de las formas más habituales de elogiar a una mujer que envejecía consistía en asegurarle que no parecía tener la edad que tenía, como si cumplir años fuese una circunstancia que debiera disimularse. Esta generación empieza a desmontar esa idea de una manera bastante menos solemne que cualquier proclama, haciendo cosas que durante mucho tiempo dejaron de esperarse de una mujer a partir de determinada edad.
Tampoco necesitan que nadie les explique que los sesenta son los nuevos cuarenta. Tienen sesenta, con todo lo que significa haber acumulado seis décadas de vida, experiencia, trabajo y relaciones. Lo novedoso está en la cantidad de posibilidades que caben ahora dentro de una edad que socialmente había sido definida de una manera mucho más estrecha.
Existe, sin embargo, una contradicción que acompaña a muchas de ellas. Son también las mujeres de la llamada generación sándwich, atrapadas entre padres muy mayores que necesitan atención e hijos adultos que todavía requieren ayuda. A esa doble responsabilidad se añade con frecuencia el cuidado de los nietos, imprescindible para que sus hijas e hijos puedan conciliar horarios laborales que siguen sin adaptarse suficientemente a la vida familiar.
El afecto explica buena parte de esos cuidados y sería injusto presentarlos únicamente como una carga. Muchas abuelas quieren estar con sus nietos y muchas hijas desean acompañar a sus padres cuando empiezan a perder autonomía. El problema surge cuando el cariño se convierte en disponibilidad obligatoria y vuelve a darse por supuesto que será una mujer quien reorganice su tiempo.
Ahí aparece una cuestión que el feminismo de los próximos años tendrá que mirar con especial atención. La conciliación de las mujeres jóvenes no puede descansar indefinidamente sobre el tiempo de las mujeres mayores, porque trasladar los cuidados de una generación femenina a la siguiente alivia un problema familiar sin resolver el problema social que existe debajo.
Una mujer que pasó décadas trabajando, criando hijos y atendiendo a sus mayores puede querer cuidar de sus nietos y reservarse al mismo tiempo una tarde para quedar con unas amigas, asistir a una clase, marcharse de viaje o sencillamente quedarse en casa haciendo lo que le apetezca.
Poder decidir sobre esas horas forma parte de la misma autonomía por la que esta generación lleva décadas avanzando. Después de conquistar el derecho a trabajar, administrar su dinero, divorciarse o elegir cómo quería vivir, resulta difícil sostener que su tiempo vuelva a estar a disposición de los demás precisamente cuando alcanza la jubilación. Y todavía existe una diferencia evidente en la manera de juzgar esa libertad cuando quien la ejerce es una abuela y no un abuelo.
Conviene evitar, en cualquier caso, una fotografía demasiado complaciente. No todas llegan a los sesenta con una pensión suficiente, buena salud y recursos para viajar. Existen mujeres con carreras laborales interrumpidas, desempleo tardío, dependencia económica, pensiones bajas o responsabilidades familiares que siguen limitando enormemente su autonomía. También existe la soledad no deseada, particularmente relevante a edades avanzadas en una sociedad donde las mujeres viven más años. Las diferencias de clase siguen ahí y las desigualdades acumuladas durante toda una vida no desaparecen al llegar a la jubilación. Lo que sí ha cambiado es la cantidad de biografías posibles.
Por eso empieza a resultar menos excepcional que una mujer de setenta años inicie una relación después de un divorcio, viaje sola, vuelva a estudiar o adore a sus nietos sin considerar que deba organizar alrededor de ellos todos los días de su semana.
Sus madres abrieron muchas puertas con bastantes menos derechos y reconocimiento de los que tuvieron después sus hijas. Las mujeres que ahora alcanzan los sesenta y los setenta atravesaron aquellas puertas y empujaron otras durante medio siglo de profundos cambios sociales. Quizá por eso tampoco parecen dispuestas a aceptar que exista una edad a partir de la cual su vida deba volver a escribirse según las expectativas de los demás.
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