La muerte debilita a Donald Trump

La muerte de un congresista republicano y el ingreso por un accidente de otro representante ultraconservador deja al partido de Trump al borde de la minoría en un año electoral complicado porque los ciudadanos pasarán factura

08 de Enero de 2026
Actualizado a las 12:14h
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Trump muerte debilidad
Donald Trump quiere que el tío Sam se convierta en el Tío Trump | Foto: The White House / Daniel Torok

El año político de 2026 debía comenzar para los republicanos de la Cámara de Representantes como un ejercicio de disciplina estratégica: un retiro de políticas, un presidente dispuesto a marcar el rumbo y una mayoría estrecha pero aún funcional con la que llegar competitivos a las elecciones de mitad de mandato. En cambio, arrancó con duelo, desconcierto y una sensación de precariedad que va mucho más allá de lo emocional.

La muerte repentina del congresista Doug LaMalfa, veterano representante rural de California y figura apreciada dentro del caucus, transformó un evento de planificación en una vigilia improvisada. El impacto humano fue inmediato; el político, más duradero. En una Cámara donde cada voto cuenta, la desaparición de un legislador y la hospitalización de otro no son solo tragedias personales, sino golpes aritméticos. La mayoría republicana, ya exigua, quedó reducida a su expresión mínima: 218 escaños, y eso solo en teoría.

La escena, con legisladores enterándose de la noticia mientras cogían autobuses frente al Capitolio, simbolizó una verdad incómoda: el Partido Republicano gobierna la Cámara en un estado permanente de contingencia. Los republicanos ya son conscientes de que nunca había sido tan literal la idea de estar “a un paso de la minoría”.

Trump, el orador y el problema

El discurso de Donald Trump, de 84 minutos, no logró revertir el ánimo. Pronunciado en un centro cultural recientemente rebautizado en su honor por una junta afín, el mensaje osciló entre la conmemoración, la digresión personal y la intervención política abrupta. Trump evocó a LaMalfa como aliado leal y justificó su presencia como un homenaje. Pero, como suele ocurrir, el presidente terminó hablando tanto de sí mismo como del partido.

Sus reflexiones sobre la mortalidad, los rumores sobre su salud y la obsesión republicana por no perder el Congreso revelaron a un líder consciente de su vulnerabilidad política, pero no necesariamente dispuesto a adaptarse a ella. Trump entiende que la historia castiga a los partidos en el poder durante las elecciones intermedias. Lo que no parece tener claro es cómo reconciliar esa realidad con una agenda que sigue siendo ideológica, personalista y, en ocasiones, contradictoria.

La aritmética del caos

Más allá del tono, el problema central es matemático. Con la renuncia reciente de Marjorie Taylor Greene, la ausencia indefinida de Jim Baird y el respaldo errático de figuras como Thomas Massie, el presidente de la Cámara, Mike Johnson, se enfrenta a un ejercicio diario de supervivencia legislativa. Cada votación de procedimiento se convierte en una prueba de resistencia; cada ausencia, en una amenaza existencial.

Esta fragilidad limita no solo lo que el partido puede aprobar, sino cómo puede negociar. La tentación de recurrir a proyectos de ley estrictamente partidarios —amparados en la reconciliación presupuestaria para evitar el filibusterismo— choca con la realidad de un partido internamente dividido y externamente expuesto.

La atención médica como albatros

Es en este contexto que la atención médica reaparece como el mayor lastre político republicano. La expiración de los créditos fiscales de Obamacare, tras una amarga disputa interna en diciembre, ha elevado las primas para millones de estadounidenses y ha devuelto al partido a un terreno donde históricamente se ha sentido incómodo: proponer alternativas claras y populares.

Fue aquí donde Trump lanzó su comentario más explosivo. Al pedir “flexibilidad” en materia de aborto dentro de las negociaciones sobre atención médica, sugirió la posibilidad de erosionar la Enmienda Hyde, una línea roja moral para los conservadores. La reacción fue inmediata: sorpresa, alarma y resistencia.

Para los republicanos más ortodoxos, Hyde no es una ficha negociable sino un principio fundacional. La sola insinuación de cederla revela la tensión entre un Trump pragmático en lo electoral y un partido aún anclado en dogmas que movilizan a su base, pero complican cualquier intento de acuerdo amplio.

Muchas ideas, poca dirección

Las discusiones posteriores al discurso confirmaron la desorientación. Se repasaron propuestas conocidas: expansión de cuentas de ahorro para la salud, reformas al mercado de medicamentos, eliminación de intermediarios farmacéuticos. Trump insistió, como en otras ocasiones, en su idea de precios de medicamentos basados en la “nación más favorecida”, una política popular en abstracto pero profundamente divisiva entre los republicanos del Capitolio.

El resultado es una división tácita del trabajo: el Congreso intenta avanzar en reformas incrementales y ortodoxas; la Casa Blanca se reserva las propuestas más intervencionistas. La coherencia del mensaje, sin embargo, se resiente. La promesa de “apropiarse” del tema de la atención médica suena más a consigna que a plan.

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