La memoria selectiva de la política española

Resulta difícil comprender el asombro que provoca la actitud de las derechas frente a la vivienda cuando basta repasar los últimos años para comprobar que su posición ha sido extraordinariamente consistente cada vez que se ha debatido sobre redistribución

06 de Octubre de 2026
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La memoria selectiva de la política española

Hay algo profundamente llamativo en la forma en la que una parte del debate público español reacciona cada vez que la derecha vota contra una medida de carácter social. Se producen declaraciones de sorpresa, análisis apresurados y una cierta sensación de desconcierto que transmite la idea de que ha ocurrido algo inesperado. Sin embargo, cuando se observa la trayectoria política de las últimas décadas con algo de perspectiva, la conclusión parece bastante menos misteriosa. Lo verdaderamente sorprendente no es que las derechas se opongan a determinadas medidas. Lo verdaderamente sorprendente es que todavía haya quien espere que actúen de otra manera.

La vivienda no ha cambiado nada

La crisis de acceso a la vivienda ha adquirido una dimensión tan profunda que ha terminado ocupando el centro del debate político. Los precios del alquiler continúan subiendo en numerosas ciudades, la compra resulta inalcanzable para amplias capas de la población y una generación entera contempla cómo la emancipación se retrasa hasta límites que hace apenas dos décadas parecían impensables.

Ante una realidad de semejante magnitud, algunos han mostrado perplejidad al comprobar que las derechas vuelven a alinearse con posiciones que rechazan una mayor intervención pública o que cuestionan determinadas medidas destinadas a corregir los desequilibrios del mercado inmobiliario. Sin embargo, la vivienda no ha introducido ninguna novedad ideológica. Lo único que ha hecho ha sido trasladar a un ámbito especialmente sensible una discusión que lleva décadas produciéndose alrededor de numerosos asuntos económicos y sociales. Por esa razón, contemplar lo ocurrido como una excepción supone ignorar una secuencia política que resulta difícilmente discutible.

Una cadena de decisiones que cuenta una historia

Las posiciones políticas no se explican únicamente a través de los discursos. También se explican mediante los votos. Cuando se impulsaron sucesivas subidas del Salario Mínimo Interprofesional, la oposición de las derechas fue manifiesta. Cuando se plantearon medidas destinadas a reforzar el poder adquisitivo de las pensiones, surgieron objeciones similares. Cuando se discutieron impuestos extraordinarios para sectores que acumulaban beneficios récord o para grandes patrimonios, la reacción volvió a producirse en la misma dirección.

Naturalmente, cada una de esas decisiones tenía sus matices y sus argumentos específicos. Pero observadas en conjunto permiten identificar una constante bastante clara. 

Existe una determinada manera de entender la economía según la cual la redistribución debe ser mínima, la intervención pública debe mantenerse bajo control y el mercado debe actuar con el menor número posible de condicionantes. Desde esa lógica, resulta perfectamente coherente cuestionar medidas relacionadas con los salarios, las pensiones, la fiscalidad o la vivienda. Por eso el elemento más difícil de explicar no es el comportamiento político de las derechas. Lo que cuesta explicar es la sorpresa recurrente de quienes parecen descubrirlo una y otra vez.

El verdadero debate nunca fue el ladrillo

Reducir la discusión actual a una cuestión inmobiliaria supone quedarse en la superficie del problema. Lo que está realmente en juego es algo mucho más profundo. Se trata de decidir qué papel debe desempeñar el Estado cuando determinadas necesidades básicas dejan de estar al alcance de una parte importante de la ciudadanía.

La izquierda responde históricamente que las instituciones tienen la obligación de intervenir cuando la desigualdad amenaza derechos esenciales y cuando los mecanismos de mercado resultan insuficientes para garantizar unas mínimas condiciones de acceso. No porque considere que el mercado carezca de utilidad, sino porque entiende que existen ámbitos donde la lógica puramente económica produce efectos difícilmente compatibles con la cohesión social.

Las derechas, por el contrario, suelen desconfiar de ese planteamiento y consideran que una mayor intervención pública genera más problemas que soluciones. Estamos, por tanto, ante una diferencia ideológica profunda, legítima y perfectamente reconocible y precisamente por eso resulta tan llamativo contemplar cada nuevo episodio como si fuera un acontecimiento insólito.

La distancia entre quienes sufren el problema y quienes lo observan

Existe además una dimensión social que rara vez se analiza con suficiente profundidad. Las políticas públicas nunca son abstractas. Detrás de cada decisión hay personas concretas que se benefician o se ven perjudicadas por ellas. Cuando una pareja joven dedica más de la mitad de sus ingresos al alquiler, cuando una familia debe abandonar el barrio en el que ha vivido durante décadas porque ya no puede asumir los precios o cuando miles de trabajadores descubren que una nómina digna sigue siendo insuficiente para acceder a una vivienda, el debate deja de pertenecer al terreno de la teoría. En ese momento aparecen con nitidez las diferencias sobre cómo abordar el problema.

Porque mientras unos consideran que esas situaciones exigen mecanismos de protección y corrección, otros continúan priorizando soluciones basadas en la desregulación y en la confianza exclusiva en las dinámicas del mercado. No se trata de una discusión nueva, es una discusión tan antigua como la propia política moderna.

La amnesia como fenómeno político

Tal vez una de las características más curiosas de la política española sea precisamente esa tendencia a olvidar lo ocurrido hace apenas unos años. Cada nueva votación parece producirse en un vacío histórico. Cada posicionamiento aparece desconectado de todo lo anterior. Y cada controversia se presenta como si los actores implicados acabaran de aterrizar en el escenario político y todavía no conociéramos cuáles son sus prioridades ni cuál es su visión de la sociedad.

Sin embargo, las trayectorias existen. Los antecedentes cuentan. Y las decisiones acumuladas terminan dibujando perfiles políticos mucho más precisos que cualquier eslogan electoral. Por eso, cuando se observa la discusión actual sobre la vivienda, quizá la pregunta más interesante no sea por qué las derechas han actuado como lo han hecho. La verdadera pregunta es por qué seguimos reaccionando como si fuera la primera vez.

Porque la crisis habitacional podrá haber transformado muchas cosas en España. Podrá incluso acabar modificando el panorama político de los próximos años. Lo que no parece haber cambiado demasiado es la posición de quienes llevan décadas respondiendo de manera muy similar cada vez que se plantea una medida destinada a redistribuir poder, riqueza u oportunidades.

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