Marruecos es culpable y tiene que pagar por ello

El ataque híbrido contra la ciudad autónoma expone las grietas de la externalización del control fronterizo en un régimen como el de Marruecos y la urgente necesidad de una respuesta firme por parte de la Unión Europea y de España

12 de Septiembre de 2026
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Marruecos Mohamed VI

Si uno mira un mapa colgado en cualquier despacho de Bruselas, Ceuta y Melilla parecen apenas dos motas de polvo en el margen inferior del plano. Sin embargo, sobre el terreno, son la primera línea de fuego. El punto exacto donde el estado de bienestar europeo choca de frente con la cruda realidad del continente africano.

La última avalancha humana no ha sido un accidente de la naturaleza ni un golpe de mala suerte. Nada de eso. Es la prueba evidente de que el sistema de contención se ha roto y de que Marruecos utiliza la migración, sin demasiados remilgos, como un arma de presión política. Cuando decenas de miles de personas cruzan una frontera fuertemente custodiada en cuestión de horas, mirar hacia otro lado o refugiarse en la ingenuidad diplomática roza directamente la imprudencia.

Seamos claros. Nadie que conozca cómo funciona Marruecos puede creerse que semejante marea humana se mueve hacia un punto tan concreto a espaldas de sus servicios de inteligencia.

El grifo de la valla lo abren o lo cierran desde allí. Con una red policial como la marroquí, es imposible no enterarse de lo que ocurre en los aledaños de la frontera. Mirar para otro lado o retirar a las patrullas del perímetro no es un despiste; es convertir la desesperación de miles de familias en una palanca de negociación diplomática. Una estrategia de guerra híbrida y de diplomacia de hechos consumados.

Pues bien, el modelo de "pagar a terceros" para que hagan de guardianes de Europa ha saltado por los aires.

Durante años, Bruselas prefirió firmar cheques generosos y subcontratar el control de sus límites exteriores. Una solución cómoda... hasta que el socio decide apretar las tuercas. Darle la llave de tu puerta principal a un vecino significa exponerse a un chantaje perpetuo. Basta con que la policía del otro lado mire hacia la playa durante un par de noches para que una ciudad entera colapse bajo una crisis humanitaria insostenible.

Ante semejante vulnerabilidad, no valen las medias tintas ni las excusas contables.

Bruselas tiene que hacer pagar a Marruecos y dejar claro de una vez por todas a Mohamed VI que Ceuta y Melilla no son simples zonas fronterizas de España: son territorio de la Unión Europea en África. Punto. Proteger sus vallas, meter dinero en seguridad y dar respaldo a los servicios públicos saturados no es un favor que se le hace a Madrid. Es una obligación sagrada con el propio territorio comunitario.

Mirar hacia otro lado, como se hace en Bruselas y en Madrid cada vez que se habla de Marruecos, acusar de dramatizar a quienes exigen cuentas a Rabat o marear la perdiz con investigaciones interminables solo demuestra debilidad y debilidad se paga cara. Se puede mantener la buena vecindad, faltaría más, pero la verdadera diplomacia empieza cuando se marcan líneas rojas que nadie se atreve a cruzar.

El estropicio, además, no termina cuando las cámaras se apagan. Lo gordo llega después.

Los centros de acogida desbordados, los servicios sociales al límite y los recursos locales agotados para atender a miles de personas, incluidos muchísimos menores. Es una factura social que la ciudad no puede pagar sola.

La lección de esta crisis es tajante. Si las fronteras de Ceuta o Melilla ceden por la pasividad calculada de Marruecos, la credibilidad de toda Europa se va por el sumidero. La historia enseña que mostrar tibieza ante un pulso diplomático solo sirve para ponerle moqueta roja a la siguiente embestida. Europa tendrá que decidir pronto si quiere seguir siendo un rehén financiero en sus propios límites o si se decide a defender, con todas las de la ley, cada metro cuadrado de su suelo. Caiga quien caiga.

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