La guerra híbrida ha dejado de ser una categoría académica para convertirse en una forma práctica de disputar territorios, identidades y lealtades políticas sin necesidad de desplegar divisiones blindadas. Marruecos en Ceuta y Melilla, y Rusia en el este de Ucrania, han perfeccionado dos variantes distintas de una misma gramática de presión: en un caso, la migración como arma política; en el otro, la nacionalización acelerada de población prorrusa como herramienta para reconfigurar la soberanía desde dentro. El resultado en ambos frentes es parecido: el Estado afectado queda obligado a defender su integridad territorial mientras el agresor se presenta como actor razonable, humanitario o meramente reactivo.
La similitud entre ambos casos no exige forzar analogías artificiales. Basta observar la estructura. En Ucrania, Rusia no se limitó a ocupar territorio: también distribuyó pasaportes, facilitó ciudadanía y convirtió a una parte de la población local en argumento político para reclamar protección, influencia y eventualmente intervención. En Ceuta y Melilla, Marruecos no necesita anexar físicamente la ciudad para tensionarla: le basta con modular los flujos migratorios, relajar el control fronterizo y convertir una crisis humanitaria en una señal de capacidad coercitiva. En los dos casos, el objetivo no es tanto conquistar por la fuerza como modificar el marco en el que el adversario toma decisiones.
El mecanismo ruso fue especialmente sofisticado. Moscú distribuyó cientos de miles de pasaportes en Donetsk y Lugansk, aceleró procedimientos de naturalización y generó una población “propia” dentro de un territorio que seguía siendo ucraniano. Esa estrategia, conocida como passportization, permitía al Kremlin afirmar que debía proteger a sus ciudadanos, diluir la autoridad de Kiev y crear un pretexto jurídico-político para intervenir o presionar. El pasaporte, un documento administrativo en apariencia anodino, se convirtió en un instrumento de guerra. No hacía falta declarar una invasión para ir desmantelando soberanía.
Marruecos opera con otra herramienta, pero con una lógica análoga. En vez de emitir ciudadanía, activa la frontera. En vez de crear “nuevos ciudadanos”, produce saturación, miedo e inestabilidad en las ciudades autónomas. La presión migratoria sobre Ceuta y Melilla no es simplemente el efecto de la pobreza o de una ruta irregular más; en los episodios más delicados, aparece asociada a tensiones bilaterales, a decisiones españolas que Rabat interpreta como afrentas y a una distribución del control fronterizo que depende demasiado del lado marroquí. El mensaje implícito es parecido al ruso: si no aceptas mis condiciones, te expondré a una crisis que te costará mucho gestionar.
La comparación resulta todavía más convincente cuando se observa el modo en que ambos Estados envuelven su estrategia en un discurso de legitimidad. Rusia presentó la passportización como una supuesta protección de población discriminada o “rusófona”. Marruecos suele presentar la presión sobre Ceuta y Melilla dentro de una narrativa de frontera fluida, vecindad histórica o cooperación migratoria. En ambos casos, el lenguaje humanitario o administrativo funciona como cortina de humo para una operación de poder. El adversario no aparece como agresor, sino como gestor de realidades supuestamente inevitables.
La dimensión híbrida es crucial porque evita la respuesta automática. Si Rusia hubiera cruzado la frontera con tanques en el Donbás desde el primer momento, la reacción internacional habría sido más clara. Pero la combinación de pasaportes, milicias locales, desinformación y ambigüedad jurídica dilató la respuesta y permitió consolidar hechos consumados. En Ceuta y Melilla pasa algo parecido: la entrada masiva de personas, el colapso de recursos de acogida, la saturación policial y la posterior pelea narrativa en redes y medios dificultan la atribución política directa. El agresor gana tiempo, y en guerra híbrida el tiempo es poder.
La OTAN y varios centros de análisis han descrito precisamente ese tipo de amenaza. La Alianza reconoce que las operaciones híbridas pueden combinar medios visibles y encubiertos, y que la instrumentalización de la migración forma parte del repertorio de actores hostiles. En el caso español, Ceuta y Melilla aparecen en estudios estratégicos como un punto de acceso donde la soberanía puede ser erosionada sin una agresión convencional. El parecido con la lógica rusa no es superficial: en ambos casos, el desafío consiste en testar la capacidad del Estado para responder a una presión que no se presenta como guerra, pero que busca producir efectos estratégicos equivalentes.
La gran diferencia entre los dos modelos está en el tipo de cuerpo que se manipula. Rusia manipuló el cuerpo político: la ciudadanía, la nacionalidad, la pertenencia. Marruecos manipula el cuerpo fronterizo: el flujo humano, la saturación, la imagen de control perdido. En Donbás, el pasaporte era el arma. En Ceuta, lo es la marea humana. En un caso, se intenta fabricar población leal dentro de la zona disputada; en el otro, se usa la presión sobre la línea de frontera para demostrar que el Estado afectado no domina completamente su perímetro.
Pero el efecto político es muy parecido. En ambos escenarios, el Estado atacado ve cómo su soberanía queda rebajada a una condición negociable. En Ucrania, la entrega masiva de pasaportes permitió a Moscú reclamar una responsabilidad de protección sobre personas que seguían viviendo en suelo internacionalmente ucraniano. En España, una presión migratoria intensificada y aparentemente dirigida desde el otro lado de la frontera permite a Rabat recordar que Ceuta y Melilla dependen de una cooperación que puede ser suspendida, relajada o instrumentalizada. Lo que está en juego no es la migración como fenómeno, sino la capacidad del Estado de decidir por sí mismo.
Esto explica por qué la comparación entre Marruecos y Rusia resulta tan útil para entender la nueva geopolítica del flanco sur europeo. No se trata de decir que ambos países sean idénticos, ni de sugerir que utilicen exactamente los mismos medios. Se trata de reconocer que comparten una intuición estratégica: las democracias liberales son especialmente vulnerables cuando la presión no adopta la forma clásica de guerra. Una crisis de fronteras, una ola migratoria, un documento de ciudadanía, una campaña de desinformación o un mensaje humanitario pueden tener más efecto que una amenaza militar explícita, precisamente porque tardan más en ser reconocidos como agresión.
En el caso ruso, la passportización fue complementada con desinformación y con la idea de que el Kremlin defendía a su propia población en el Donbás. En el caso marroquí, la presión migratoria sobre Ceuta y Melilla se ve acompañada por un relato de vecindad, cooperación y legitimidad histórica que busca ocultar la asimetría real de la relación. La técnica es distinta, pero la arquitectura del conflicto es la misma: crear una zona gris donde la víctima dude, el agresor niegue y la comunidad internacional tarde en reaccionar.
La lección más incómoda para España es que no basta con reforzar la Guardia Civil, ampliar el CETI o negociar discretamente con Rabat. Esas medidas son necesarias, pero no suficientes si el patrón de fondo es una operación híbrida. Del mismo modo que Ucrania no podía responder a la passportization solo con patrullas fronterizas, España no puede tratar a Ceuta y Melilla como si fueran simplemente puertos de entrada desbordados. Cuando la frontera se convierte en mensaje político, la respuesta debe ser también política, jurídica y estratégica.
Eso exige nombrar las cosas con precisión. Si hay una crisis migratoria espontánea, debe tratarse como tal. Si hay una manipulación estatal del flujo humano, entonces se entra en el terreno de la guerra híbrida. En ese segundo caso, la comparación con Rusia en el este de Ucrania deja de ser un mero ejercicio intelectual y se convierte en una advertencia práctica: la soberanía no solo se pierde cuando cae una ciudad; también se erosiona cuando el Estado adversario logra imponer el ritmo, el relato y las condiciones de la frontera.
El paralelismo final es el más inquietante. Rusia utilizó la ciudadanía para convertir una ocupación de facto en una pretensión de legitimidad política. Marruecos utiliza la migración para convertir la frontera española en una prueba de fragilidad permanente. En ambos casos, el poder no consiste en ocupar todo el territorio de inmediato, sino en demostrar que el adversario no controla completamente el suyo. Y ese es el verdadero corazón de la guerra híbrida: no conquistar con banderas, sino desgastar la soberanía hasta que parezca natural ceder.
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