Sin migración, España envejece, pierde músculo laboral y se queda sin relevo para sostener pensiones y servicios. Con migración, crecen el empleo y los nacimientos… pero también la ansiedad por salarios, vivienda, listas de espera y ahora un futuro dominado por la IA. En medio de esa paradoja florecen bulos, prejuicios y tentaciones autoritarias. Este análisis nace de las dudas y propone algo antipático pero imprescindible: datos, memoria y soluciones, sabiendo que la dificultad no está solo en los números o en las leyes, sino en nuestras ideas fijas, sesgos y miedos más domésticos. Sí: los de todos, pero los de, sobretodo, una izquierda que no ha sabido saltar de siglo.
La escena es conocida. En la cola del centro de salud alguien masculla que “la sanidad está llena de extranjeros” mientras mira el reloj: lleva tres meses esperando al traumatólogo, así que el culpable tiene que ser visible. En el metro, una conversación rápida: “En mi empresa van a meter IA; a ver si no me echan… aunque los que vienen de fuera aceptan sueldos más bajos”. En el grupo de WhatsApp familiar circula la joya dominical: un vídeo donde se asegura que “ellas vienen a parir para disolver nuestra cultura”. Si esto fuera una novela, bastaría con cerrar el libro. Pero es una democracia real y, por tanto, es mucho más incómoda: la realidad es tozuda, los bulos son baratos y nuestros prejuicios, resistentes como cucarachas. Y es, “nuestro” problema.
Empecemos por lo que se puede medir sin dramatismo. España necesita inmigración. No por cosmopolitismo vintage, sino por aritmética demográfica y por una economía con huecos muy concretos: sanidad y cuidados, construcción, agro, hostelería y, a la vez, perfiles técnicos que no conseguimos formar a tiempo. De licenciados sobrecualificados (por lo tanto descontentos) que hacen faena de administrativos o funcionarios de nivel básico, nos sobran.
En la última década, los cotizantes nacidos en el extranjero han sido una pieza significativa del crecimiento del empleo y de la estabilidad de la Seguridad Social. Mientras, la fecundidad se hunde en el sótano europeo: tenemos menos hijos, más tarde, solo las madres nacidas fuera sostienen una porción estabilizadora de los nacimientos. El relato del “gran reemplazo” no es un análisis demográfico; es una historia de miedo con presupuesto ilimitado promocionada por los dueños de las redes sociales.
Aquí asoma la primera incomodidad: nos gustan las cifras solo cuando confirman lo que ya pensábamos. Si escasea la vivienda en alquiler, si el salario no estira a fin de mes, si la lista de espera crece, reclamamos explicaciones rápidas. Y las explicaciones rápidas suelen buscar culpables con rostro: el recién llegado, la madre con acento, el joven que vende cervezas en la playa. Es más difícil exigir políticas serias y sostenidas: luchar seriamente contra la corrupción, movilizar suelo público, incentivar alquiler asequible, rehabilitar vivienda vacía, reforzar atención primaria y cirugía programada, coordinar agendas sanitarias y publicar datos transparentes. Todo eso lleva tiempo, dinero y acuerdos. Señalar a un vecino, en cambio, sale gratis y da likes. Los catalanes tenemos grandes experiencias por querer mantenerse diferentes.
Lo segundo que conviene aceptar, con menos épica y más calma, es que la tecnología nos descoloca y nos acerca al abismo. La inteligencia artificial no es una maldición bíblica ni una varita mágica: es una herramienta poderosa con efectos desiguales. Afectará a millones de empleos, sobre todo los rutinarios, pero también entre los cualificados. Generará productividad en algunos sectores y tensiones en otros, y ensanchará la brecha entre quienes pueden recualificarse y quienes no. Muchos de los empleos medianamente bien remunerados serán sustituidos por nadie. Y eso también afectará a la función pública.
La robótica empujará desde abajo: automatizará aceleradamente partes del trabajo doméstico y de cuidados, la logística, el mantenimiento. La pregunta no es si habrá cambio, sino quién lo pagará. Cuando esa incertidumbre se cruza con alquileres imposibles y colas en la sanidad, la mezcla es perfecta para que prosperen los relatos de agravio y los vendedores de certezas fáciles.
Por si hiciera falta más ruido, el ecosistema informativo no está diseñado para ayudarnos a pensar despacio. Plataformas con algoritmos opacos optimizan por atención e intereses de sus dueños, no por verdad. La desinformación cruza fronteras a velocidad de meme, y el negocio de la polarización es boyante. Mientras, los modelos tecnológicos y sus empresarios, se sienten más cómodos en ecosistemas autoritarios: menos exigencias regulatorias, más clientes con prisa por vigilar. Y en nuestras tierras florece la nostalgia del orden y el “cierra España”: mano dura, frontera dura, tuit duro. Con ese cóctel, un dato aburrido, pero cierto, tiene pocas posibilidades frente a un vídeo con un villano reconocible.
Hablemos de mujeres, porque aquí se acumula pólvora y simplificación. La misoginia encuentra una coartada perfecta en la xenofobia y viceversa. De un lado, el mantra de que “ellas vienen a parir para cambiarnos la cultura”; del otro, la reacción contra cualquier avance en igualdad, que reduce a la mujer a madre-sacrificio y pone un marcador invisible en su vientre. La realidad, otra vez, va por libre: España se asoma a un invierno demográfico y el relevo generacional, si lo hay, se jugará en una mezcla de políticas familiares decentes, vidas laborales menos precarias y la aportación de familias inmigrantes. Podemos seguir insultando a la estadística o podemos diseñar servicios de conciliación y escuelas infantiles donde, sorpresa, convivan niños de aquí y de allá sin que colapse la civilización.
El lector perspicaz preguntará: ¿y qué hay de la integración? ¿De los barrios donde llegan más personas de golpe? ¿De los sueldos que parecen competir hacia abajo? También ahí caben menos consignas y más gestión. La evidencia reciente es bastante nítida: cuando hay vías laborales legales, cupos plurianuales por sectores, reconocimiento ágil de títulos, formación lingüística y mediación en los primeros meses, la integración funciona mucho mejor y el vecindario lo percibe. Y sobretodo, no promocionar guetos, como se está haciendo en la conurbación madrileña, o en poblaciones como Vic o Ripoll.
Cuando la acogida se improvisa, se concentran las plazas en espacios sin recursos y se deja todo a la buena voluntad de ONGs desbordadas a la vez que menospreciadas, la convivencia paga el pato. En medio, por cierto, hay empresarios que aprovechan la confusión para apretar salarios, y especular con los bienes y servicios más escasos. Curiosamente, esas empresas no suelen aparecer en los vídeos sobre “la invasión”.
Así que aquí va una reflexión que no cabe en un eslogan. Un país que quiere seguir siendo democrático y social necesita un pacto de transición tecnológica que diga a cada trabajador: tendrás derecho real a recualificarte cada año, con tiempo protegido en convenio y financiación clara; si tu empresa automatiza, primero te formará y ofrecerá recolocación; los algoritmos que deciden sobre tu empleo o tus servicios serán auditables.
Necesita, en paralelo, una política migratoria adulta: abrir vías legales según necesidades reales (cuidados, sanidad, agro, construcción, perfiles STEM), con cupos plurianuales y evaluación pública; repartir la acogida entre territorios con financiación estable por persona; agilizar asilo con garantías y ampliar el reasentamiento para cortar negocio a las mafias y desactivar el mito del “descontrol”. Y todo esto no será barato. Y no lo será porque hay que sancionar económicamente a los estados que juegan con la emigración de los suyos, y también a las empresas que sacan tajada de la promoción de las guerras y los éxodos masivos.
Vivir a golpe de bulos, acaba resultando más caro. Y si no, recordemos todos la milonga del “emprendedor” que nos vendieron los medios allí por el 2008, para convertir trabajadores en autónomos, o mucho peor, en trades.
En el frente cotidiano, el que más irrita y menos sale en debates solemnes, se decide buena parte del resultado. Si en una ciudad mediana el alquiler devora media nómina, el agravio se pega a la piel; si la lista de espera de una operación crece, la paciencia encoge. Cuando lo básico cruje, la política se vuelve geología: todo se desliza hacia el valle más fácil, el del prejuicio. Corregirlo exige una política de vivienda que mueva suelo público, controle a los “grandes tenedores”, promueva alquiler asequible con incentivos bien diseñados, recupere vivienda vacía con objetivos por barrio y acelere la rehabilitación energética. Y una política sanitaria que refuerce la atención primaria, contrate de forma extraordinaria en quirúrgica para eliminación de colas, integre agendas para aprovechar cada hueco y publique datos mensuales por centro y comunidad. ¿Aburrido? Sí. ¿Eficaz para cortar gasolina al odio? También.
Esto no va de repartir carnés de bondad, como se acusa a los wokes. Va de asumir que llevamos prejuicios de serie y que éstos, en días malos, nos gobiernan.
El sesgo de confirmación disfruta en sobremesa; la aversión a la pérdida nos empuja a atrincherarnos; el miedo al cambio nos ofrece líderes que gritan y “dicen las verdades”. La tentación autoritaria se vende como eficacia exprés: una valla más alta, una norma más dura, un enemigo más claro. Pero funciona como el azúcar: subidón, bajón y caries.
La convivencia se construye con reglas y con mezclas: escuelas donde se habla de todo y se convive con todos; barrios donde el extra de población viene acompañado de más servicios; empresas que compiten por productividad y no por dumping salarial. No es épico. Es civil.
“Todo muy bonito, dirá alguien, pero yo necesito soluciones ya”. Bien. Algunas caben en un trimestre; otras necesitan una legislatura, otras, toda una vida. En lo inmediato, se puede apuntalar la acogida en municipios con más llegadas, reforzar plantillas y servicios de mediación, abrir aulas de español en red con asociaciones vecinales y entidades locales, y garantizar que cada persona que venga, de 3 a 90 años, tenga un itinerario formativo y de inserción claros. Se pueden lanzar bonos de recualificación ligados a sectores en tensión y obligar a las grandes plataformas y empresas públicas a evaluar el impacto de sus sistemas algorítmicos. Se pueden activar planes de choque de listas de espera con transparencia radical y un modelo de incentivos que premie la reducción real, no la estadística creativa.
Y, sí, se puede pedir a los partidos que no hagan campaña con gasolina.
Queda el capítulo sentimental, que solemos despachar con moralina: la memoria. No la épica de calendario, que tanto presumen los que pretenden manipularnos, sino la memoria cotidiana que recuerda emigraciones, guerras, exilios y hambrunas no como historia ajena, sino como posibilidad cercana. Esa memoria no se predica; se vive. En los institutos, en los medios locales, en los centros cívicos. Y se combina con alfabetización mediática de verdad: cómo identificar bulos, cómo funcionan los algoritmos, cómo desconfiar de lo que nos encanta. El objetivo no es desmontar al adversario, sino vacunarnos contra nuestra versión menos lúcida.
Si este análisis tuviera que encerrarse en una frase, sería esta: la inmigración no es el problema; es el espejo. En él vemos nuestras grietas: vivienda, salarios, servicios, transición tecnológica, y proyectamos nuestros fantasmas. La buena noticia es que los espejos no muerden: nos obligan a ordenar la casa. La mala es que no hay atajos. El camino democrático y social es más lento, menos espectacular y más exigente con todos. Incluye políticas públicas serias y, horror, autocrítica privada: revisar lo que compartimos, lo que reímos, lo que callamos. Si sirve, puede que dentro de unos años, en la cola del centro de salud, alguien mire el reloj y piense que un mese de espera no son culpa del acento de nadie, sino de una administración que por fin empezó a hacer su trabajo y de una sociedad que decidió hacer el suyo.