Las palabras no son inocentes, aunque tampoco tengan la culpa de lo que hacemos con ellas. Una invasión, una avalancha, una okupación, un genocidio o una guerra híbrida no significan cualquier cosa que queramos meter dentro. Tienen una historia, una definición y, en algunos casos, consecuencias jurídicas muy concretas. La política lo sabe desde hace mucho tiempo y ha aprendido además que cambiar la palabra con la que nombramos un fenómeno puede resultar bastante más eficaz que dedicar horas a intentar cambiar nuestra opinión sobre él.
El Instituto Cervantes ha puesto números a un fenómeno que cualquiera que frecuente las redes sociales lleva tiempo viendo. El lenguaje especializado se manipula deliberadamente para modificar la percepción de la realidad, y la inmigración ofrece probablemente uno de los ejemplos más claros. Si hablamos de miles de personas que llegan irregularmente a un país podemos discutir sobre fronteras, capacidad de acogida, expulsiones, asilo, integración o política migratoria. En cuanto sustituimos esa descripción por la palabra «invasión», la discusión se desplaza hacia otro terreno porque quien llega deja de ser percibido únicamente como un migrante irregular y empieza a ocupar en nuestro imaginario el lugar de alguien que penetra hostilmente en un territorio.
Esa transformación es una de las cuestiones que aborda La terminología y su uso en el entorno social y digital, una investigación presentada durante las jornadas La palabra precisa y desarrollada dentro de TeresIA, el proyecto sobre terminología e inteligencia artificial impulsado por el CSIC con participación del Cervantes y otras instituciones académicas y tecnológicas.
El estudio ha rastreado más de 30 millones de menciones entre mayo de 2025 y abril de 2026 y ha analizado 27 términos procedentes de ámbitos tan distintos como la medicina, la geopolítica, la tecnología o el derecho laboral. Su conclusión tiene bastante más alcance político que filológico, porque los investigadores consideran que el principal riesgo no reside en que los ciudadanos utilicen de manera imprecisa palabras que pertenecían originalmente a especialistas, algo perfectamente normal en cualquier lengua viva, sino en que determinados actores conozcan esa imprecisión y la exploten deliberadamente porque les permite introducir una interpretación política dentro del propio término.
Convertir la inmigración en una amenaza militar
«Invasión» registró cerca de cinco millones de menciones durante los doce meses analizados y el 94 % se produjo en X. El estudio identifica además un uso sistemático por parte de políticos de extrema derecha para presentar los movimientos migratorios mediante expresiones que convierten a quienes llegan en una fuerza hostil y trasladan al terreno migratorio un vocabulario propio de los conflictos entre Estados.
Conviene separar aquí dos debates que con demasiada frecuencia terminan mezclándose. España puede tener problemas serios para gestionar determinados flujos migratorios y reconocerlo no convierte a nadie en xenófobo. Tampoco existe ninguna obligación progresista de fingir que las fronteras han dejado de existir, que cualquier volumen de llegadas resulta fácilmente asumible o que la concentración de miles de personas en territorios con recursos limitados carece de consecuencias sociales, administrativas y humanitarias.
Precisamente porque esos problemas existen conviene describirlos con palabras que expliquen lo que está sucediendo en lugar de añadirles previamente la conclusión política que queremos obtener.
Una llegada masiva de migrantes puede desbordar temporalmente los recursos disponibles, exigir cooperación policial y diplomática, generar problemas humanitarios y provocar tensiones en las poblaciones receptoras. Incluso puede ocurrir que un Estado utilice los movimientos migratorios como instrumento de presión contra otro, algo que Europa ha conocido en distintas fronteras durante los últimos años. Ninguna de esas circunstancias convierte por sí misma a las personas que cruzan irregularmente una frontera en integrantes de una fuerza invasora.
La palabra pertenece a otro campo semántico y jurídico. Aplicarla de forma generalizada a quienes llegan en cayucos, saltan una valla o atraviesan una frontera sin autorización no añade información necesaria para comprender el fenómeno, pero sí modifica de manera muy poderosa la disposición emocional con la que el ciudadano lo recibe.
El estudio del Cervantes apunta precisamente hacia ese mecanismo. Presentar la inmigración como una invasión permite construir un marco de amenaza dentro del cual determinadas medidas excepcionales empiezan a resultar mucho más aceptables. La extrema derecha no necesita convencer desde cero al ciudadano de que debe endurecer radicalmente las políticas migratorias si previamente ha conseguido que interprete a quienes llegan como personas que están invadiendo su país. La palabra ha incorporado ya una parte sustancial del argumento político.
La estrategia no es nueva, aunque las redes sociales le proporcionan una capacidad de difusión extraordinaria. La política siempre ha competido por imponer las palabras con las que se interpreta la realidad. Donde unos hablan de derechos laborales otros encuentran rigidez del mercado de trabajo, una subida de impuestos puede convertirse en actualización fiscal y una reforma que para sus promotores representa modernización será presentada por sus adversarios como imposición.
Todo eso pertenece al combate retórico normal de una democracia. El salto que interesa al Cervantes se produce cuando un concepto con un significado especializado es deformado de manera consciente para introducir una interpretación política sin necesidad de argumentarla después.
Las plataformas digitales favorecen además ese tipo de lenguaje porque funcionan en un ecosistema donde la velocidad, la indignación y la capacidad de provocar una reacción inmediata tienen bastante más premio que el matiz. Una explicación sobre la llegada irregular de varios centenares de migrantes exige contexto, cifras y probablemente varios párrafos. La palabra «invasión» necesita muy poco espacio, provoca una emoción reconocible y proporciona inmediatamente una amenaza y un enemigo.
Que el 94 % de las menciones analizadas proceda de X no significa que todas ellas fueran xenófobas ni que cada usuario que escribió la palabra estuviera participando conscientemente en una operación de manipulación. Sería bastante contradictorio utilizar un estudio sobre la precisión del lenguaje para acabar haciendo nosotros exactamente lo contrario. Lo relevante es comprobar cómo determinadas expresiones consiguen extenderse hasta convertirse en el marco desde el que millones de personas empiezan a interpretar un acontecimiento.
Con «genocidio» la discusión exige bastante más cuidado
El informe analiza también el término «genocidio», que acumuló 22,3 millones de menciones y experimentó un crecimiento del 1.170 %, aunque aquí conviene evitar cualquier equivalencia automática con el uso de «invasión» aplicado a la inmigración.
Genocidio no significa simplemente una guerra especialmente sangrienta ni debería utilizarse como sinónimo de masacre. Es una categoría jurídica definida por la Convención de Naciones Unidas de 1948 que exige determinados actos cometidos con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso. Su enorme gravedad explica que utilizarla con ligereza pueda banalizar el concepto y convertir cualquier conflicto especialmente cruel en genocidio antes incluso de analizar si concurren los elementos que exige su definición.
Eso no significa, sin embargo, que aplicar el término a un conflicto concreto constituya necesariamente una manipulación. La exigencia de precisión debe funcionar en las dos direcciones, porque existen tribunales internacionales, organismos de Naciones Unidas, juristas, investigadores y organizaciones especializadas en derechos humanos que pueden discutir legítimamente si unos hechos determinados reúnen los elementos jurídicos necesarios para recibir esa calificación.
Meter automáticamente «genocidio» y «invasión migratoria» en el mismo cajón podría acabar debilitando una investigación que resulta mucho más interesante cuando obliga a examinar quién utiliza cada palabra, con qué significado, sobre qué hechos y con qué finalidad. La precisión lingüística no debería convertirse en una forma elegante de decidir que determinadas palabras dejan de ser utilizables cuando resultan políticamente incómodas.
La investigación del Cervantes adquiere así una utilidad que va bastante más allá de corregir el vocabulario de las redes sociales. Nos obliga a preguntarnos qué significa exactamente una palabra antes de asumir el marco político que alguien ha colocado dentro de ella.
La inteligencia artificial fabrica vocabulario a una velocidad extraordinaria
El mecanismo analizado tampoco pertenece exclusivamente a la inmigración o a la geopolítica. El informe encuentra otro ejemplo de «distorsión deliberada» en el uso de «encarnizamiento terapéutico» durante la pandemia, cuando la expresión fue empleada en redes para presentar determinados protocolos hospitalarios de triaje como decisiones destinadas a abandonar conscientemente a pacientes. Según los expertos recogidos en el estudio, aquella utilización generó alarma injustificada y contribuyó a deteriorar la confianza de una parte de la ciudadanía en los profesionales sanitarios.
En otros ámbitos está ocurriendo algo bastante diferente. El bloque tecnológico muestra la velocidad con la que la inteligencia artificial está produciendo un vocabulario especializado que prácticamente pasa al lenguaje cotidiano al mismo tiempo que nace. «Prompt» aumentó un 877 %, «transparencia algorítmica» un 546 % y «alucinación» aplicada a la IA un 491 %, mientras «algoritmo» acumuló 1,76 millones de menciones, de las cuales el 83,7 % procedieron de creadores de contenido de TikTok y YouTube.
La medicina ofrece incluso una evolución más tranquilizadora. Expresiones como «salud mental» y «neurodiversidad» se han popularizado manteniendo mayoritariamente un uso próximo a sus definiciones, según el estudio. Neurodiversidad aumentó un 492 % y es además el único término de los analizados en el que las mujeres superan a los hombres entre quienes lo emplean, con una presencia especialmente relevante de comunidades femeninas jóvenes en TikTok e Instagram que han contribuido a divulgar cuestiones relacionadas con el autismo y el TDAH.
Ese contraste ayuda a entender mejor la conclusión del informe porque demuestra que la popularización no constituye por sí misma el problema. Las lenguas llevan siglos apropiándose de palabras técnicas, cambiándolas y adaptándolas a nuevos usos, y pretender que un instituto o una academia puedan congelar ese proceso sería absurdo. La cuestión aparece cuando la alteración del significado deja de ser una evolución espontánea y se convierte en una herramienta deliberada para modificar la percepción de los hechos.
Buena parte de la desinformación contemporánea funciona precisamente así y ni siquiera necesita inventar una noticia completamente falsa. Puede tomar un hecho verdadero, seleccionar una palabra cargada de significado y conseguir que el receptor llegue a una conclusión determinada antes de disponer de toda la información. Una llegada irregular se transforma en invasión, una negociación puede presentarse como rendición, una protesta como golpe y una decisión administrativa como persecución, aunque los acontecimientos materiales sobre los que se construye el relato sigan siendo exactamente los mismos.
Por eso la discusión abierta por el Cervantes tiene bastante más importancia que una disputa académica sobre diccionarios. Las palabras forman parte de la arquitectura con la que organizamos políticamente la realidad, porque condicionan qué consideramos un problema, quién aparece como responsable y hasta dónde estamos dispuestos a llegar para solucionarlo.
La extrema derecha ha entendido particularmente bien la eficacia de ese mecanismo en materia migratoria. Frente a una realidad compleja, atravesada por guerras, pobreza, demografía, mercados laborales, mafias, políticas europeas, derecho de asilo y control fronterizo, ofrece una palabra capaz de comprimirlo todo en una imagen que cualquiera comprende inmediatamente. Si lo que ocurre es una invasión, quien llega deja de ser únicamente una persona cuya situación jurídica habrá que determinar y empieza a ser percibido como parte de una amenaza colectiva.
El Cervantes acierta al advertir de que esa operación va mucho más allá de la semántica, porque una democracia puede discutir prácticamente cualquier política migratoria, desde las más abiertas hasta las más restrictivas, pero debería hacerlo sabiendo primero sobre qué realidad está discutiendo.
El peligro aparece cuando las palabras dejan de ayudarnos a comprender esa realidad y empiezan a utilizarse para decidir de antemano cómo debemos sentirnos ante ella. En ese terreno, recuperar la precisión no es una exquisitez lingüística, sino una forma bastante elemental de higiene democrática.
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