Bad Bunny, el rey de la música en nuestro tiempo, dio un baño de orgullo y dignidad a Donald Trump durante la Super Bowl. No entraremos aquí a valorar si su música es mejor o peor, más comercial o menos que la que se hacía cuando éramos jóvenes. Estamos en la época del sonido digital y los cantantes no necesitan alcanzar un do mayor en toda su pureza para triunfar y ser elevados al Olimpo del pop. Se premia la originalidad, la vanguardia, el rupturismo con los clásicos, algo que en arte está más que superado desde los primeros cuadros de Picasso.
Tampoco juzgaremos aquí si las letras de Bad Bunny normalizan conductas machistas, tal como denuncian sus detractores. Eso sería materia de análisis para otra columna. Pero solo un apunte: no hay más que escuchar algunas canciones de los grandes grupos de los 70 y los 80 para comprender que el perfil de roquero macho, malote y por encima del bien y del mal siempre ha jugado a sexualizar hasta límites más que cuestionables la imagen de la mujer. Sería injusto imputarle al bueno del Conejito Malo los crímenes cometidos por sus antecesores desde los tiempos de Elvis Presley.
Lo que toca hoy, lo que nos debe ocupar, es el análisis del fenómeno portorriqueño en su dimensión de icono resistente, transgresor, antifa. El antídoto perfecto contra Trump. Su actuación en el intermedio del partido, el famoso Halftime Show, fue memorable. Ver cómo capitaneaba a un alegre ejército de hermanos y hermanas perreando y moviendo carnes morenas al ritmo de una música con mensaje antirracista resultó sencillamente sublime. El dirty dancing al servicio del black power y en horario de máxima audiencia. Al emperador del mundo se le atragantaron las alitas de pollo en su casoplón de Mar-a-Lago, se le nubló tanto la vista y le subieron tanto las transaminasas del odio que ni siquiera acertaba a darle al botón del enter para tuitear alguno de sus estúpidos bulos. “Es terrible, una de las peores de la historia; nadie entiende una palabra de lo que dice este tipo, y el baile es repugnante”, dijo después cuando los periodistas le pidieron que comentara la gala. Extraña que al ver a tanto inmigrante bailarín correteando por el estadio convertido en una pradera tropical no le diera por telefonear a su zar de la frontera Gregory Bovino para que se los llevara a todos detenidos.
La actuación de Bad Bunny en la Super Bowl pasará a la historia no solo como un gesto simbólico o de hermandad solidaria con los miles de deportados por los “camisas pardas” del Cuarto Reich yanqui, o sea los esbirros del ICE. Fue mucho más que eso. Fue una declaración política, el programa de una plataforma cívica, un manifiesto por la democracia, el humanismo y los derechos humanos. Las partituras de las canciones de Bad Bunny ya circulan por las calles, tal como se repartían los pasquines revolucionarios en la Rusia de Lenin. No todo está perdido para la izquierda.
¿Qué fue lo que más disgustó a Trump? ¿Que Bad Bunny cantara en español, que fuese precisamente un latino quien oficiara la misa cantada del deporte supremacista, blanco y anglosajón por excelencia, que las portadas de los periódicos de todo el mundo mostraran la imagen de unos Estados Unidos mestizos, hispanos y zumbones? Probablemente todo ello al mismo tiempo. La aparición del ángel negro de un blanco inmaculado fue un mensaje de esperanza para las minorías raciales oprimidas por el Nerón de nuestro tiempo. Vino a decirles: no tengáis miedo, somos mejores, somos más (tantos como 70 millones de hispanohablantes en USA) y tenemos la razón y la justicia de nuestra parte. Bad Bunny for president. Si busca candidato el desnortado y denostado partido demócrata, hay uno más solvente que Obama.
Ese cuarto de hora de flow, de reguetón, salsa, bachata y ritmos caribeños ha hecho más por la liberación de latinos y negros que los discursos de Martin Luther King; que aquel histórico discurso de John F. Kennedy sobre derechos civiles de 1963; que aquel día en que Muhammad Ali arrojó su medalla de oro olímpica al río Ohio porque no le dejaron entrar en un restaurante para blancos. El Che Guevara cambió el mundo con su carabina Cristóbal; Bad Bunny va a poner patas arriba la Yanquilandia trumpista con su letal auto-tune. De hecho, el Instituto Cervantes ya ha detectado un aluvión de solicitudes para aprender español. El reemplazo ha comenzado y hoy el pequeño Liam Conejo, represaliado y deportado por el ICE, puede abrazarse a un superhéroe con su mismo apellido, más allá de su idolatrado Spiderman, en las frías noches de Minnesota.
Uno, que va ya para boomer y a veces le cuesta abrirse a la nueva cultura, tenía a su propio conejo subversivo y de la suerte en los altares: Bugs Bunny, aquel héroe de nuestra infancia que desafiaba a la policía, que se reía de la autoridad con su humor gamberro y sarcástico, que jugaba con la ambigüedad sexual, que rompía la cuarta pared para interpelar directamente al público, que ponía la pacata moral tradicional boca abajo y que triunfaba sobre un enemigo que ya entonces apuntaba a las maneras fascistas de hoy. Pero a partir de esta Super Bowl histórica, los demócratas de bien tendremos que hacerle un huequecito en nuestro corazón, junto a Neil Young, Springsteen y Lennon, y ya para siempre, a otro lepórido jipi, revolucionario y contracultural, a otra liebre libre, a otro activista de la canción protesta que por lo visto no solo vende letras pegadizas en spanglish, tórridos ritmos caribeños y sudoroso reguetón, sino un compromiso contra el nazismo claro y rotundo. Una América mestiza que canta contra el amo negrero, la injusticia y la opresión. Con Bad Bunny a muerte. Dale fuerte al gringo, hermano. Y viva Cuba libre.