Nunca había sido tan fácil localizar a otra persona. Podemos saber si ha leído nuestro mensaje, contemplar qué está haciendo a miles de kilómetros, mantener conversaciones simultáneas con media docena de grupos y recuperar en segundos a alguien a quien no vemos desde hace veinte años. La distancia física, que durante siglos determinó buena parte de nuestras relaciones, se ha convertido en un obstáculo relativamente menor. Sin embargo, mientras acumulábamos herramientas destinadas a conectarnos, una parte de la generación que más intensamente las utiliza parece estar perdiendo algo bastante más difícil de medir que el número de contactos: la amistad íntima.
El Institute for Public Policy Research (IPPR) acaba de aportar un dato inquietante sobre Inglaterra. En 2014, aproximadamente uno de cada cien jóvenes de entre 16 y 21 años afirmaba no tener ningún amigo cercano. En 2026 lo dice uno de cada veinte, una proporción cinco veces superior. También ha descendido el porcentaje de jóvenes que cuenta con al menos tres amistades próximas y se ha deteriorado la satisfacción que adolescentes de 14 y 15 años expresan sobre sus relaciones. El estudio no describe a toda una generación ni puede trasladarse mecánicamente a otros países, pero sí registra una transformación demasiado intensa como para reducirla a una rareza estadística.
La soledad es mucho más que estar solo
El fenómeno tampoco es exclusivamente británico. La Organización Mundial de la Salud lleva tiempo advirtiendo de que el aislamiento y la soledad constituyen un problema de salud pública infravalorado y ha pedido que la conexión social reciba una atención comparable a otros determinantes de la salud. Su gran informe sobre la materia no limita las consecuencias al bienestar emocional: las extiende a la salud física, la educación, la productividad y la capacidad de las comunidades para resistir las crisis.
Conviene, sin embargo, distinguir conceptos. Estar solo puede ser voluntario, agradable e incluso necesario; sentirse solo describe la distancia entre las relaciones que una persona tiene y aquellas que necesitaría tener. También es posible experimentar soledad rodeado de gente, dentro de una familia o formando parte de veinte grupos de WhatsApp. La cantidad de interacciones nunca ha garantizado la calidad de los vínculos, aunque durante los primeros años de las redes sociales tendimos a confundir ambas cosas porque los nuevos indicadores digitales convertían en números algo que hasta entonces pertenecía a la intimidad.
La tentación inmediata consiste en responsabilizar al teléfono móvil. Hay razones para estudiar su influencia y para preocuparse por determinadas formas de uso, especialmente aquellas que sustituyen sueño, actividad física o relaciones presenciales. Pero convertir el móvil en explicación universal tiene la ventaja de ofrecernos un culpable manejable y el inconveniente de dejar intacto todo lo demás. El trabajo del IPPR, elaborado después de hablar con más de 150 jóvenes y analizar su situación económica y social, describe una desconexión bastante más amplia que atraviesa educación, empleo, vivienda, salud, comunidad y expectativas de futuro.
Una amistad necesita tiempo, pero también necesita un sitio
Hay una parte material de la amistad de la que hablamos poco. Para conocer gente hacen falta lugares en los que coincidir y, para convertir un conocimiento en una relación profunda, hace falta repetir ese encuentro muchas veces. Durante décadas, una parte importante de ese proceso sucedía sin planificación: en el barrio, la plaza, el parque, el centro juvenil, una asociación, una discoteca asequible, unas instalaciones deportivas o sencillamente en la calle.
La transformación urbana y comercial ha ido convirtiendo buena parte de la socialización en una actividad asociada al consumo. Quedar significa con frecuencia sentarse en un establecimiento, pagar una entrada, desplazarse o participar en una actividad organizada. Para un adulto con ingresos puede resultar banal; para una persona de diecisiete años con pocos recursos, no necesariamente. Una sociedad en la que cada vez quedan menos lugares donde permanecer sin tener que comprar algo introduce también una barrera económica en las relaciones sociales.
A esa transformación se añade el tiempo. La amistad necesita una forma de disponibilidad que encaja mal con vidas fragmentadas entre estudios, trabajos precarios, desplazamientos largos y horarios incompatibles. No basta con disponer de veinte segundos para responder a un mensaje; una relación profunda requiere horas improductivas, conversaciones que no conducen a ninguna parte y una continuidad que no puede comprimirse en una notificación.
Las plataformas solucionaron admirablemente una parte del problema: permiten conservar el contacto. Lo que no pueden garantizar es que ese contacto alcance la densidad necesaria para convertirse en vínculo. Internet ha sido, además, extraordinariamente valioso para personas que antes encontraban dificultades para localizar comunidades afines por razones geográficas, culturales o personales. Presentarlo simplemente como una máquina de aislamiento sería desconocer una parte importante de su historia.
Tener audiencia no equivale a tener intimidad
Las redes introdujeron, no obstante, una confusión nueva al utilizar el mismo espacio para relaciones que antes pertenecían a categorías muy diferentes. En una única pantalla conviven familiares, amistades íntimas, compañeros de trabajo, antiguos conocidos, personas famosas y completos desconocidos. Todos forman parte de una red, pero no todos forman parte de nuestra vida de la misma manera.
La lógica de las plataformas premia además aquello que puede mostrarse. Una amistad íntima se construye, en cambio, en buena medida con elementos poco exhibibles: confianza, repetición, silencios, cuidados, desacuerdos, secretos, obligaciones recíprocas y la certeza de que alguien permanecerá disponible también cuando nuestra compañía no resulte especialmente divertida. El número de seguidores mide alcance; difícilmente puede medir esa clase de intimidad.
Esto ayuda a entender por qué una persona puede mantener una actividad social digital intensa y sentirse, pese a ello, profundamente sola. No hay contradicción si aceptamos que comunicación y conexión emocional son fenómenos relacionados pero diferentes.
También permite escapar de cierta nostalgia engañosa. Las generaciones anteriores no vivían necesariamente rodeadas de amistades maravillosas ni todos los barrios eran comunidades solidarias. Había aislamiento, relaciones impuestas y una enorme soledad que apenas se nombraba. Lo novedoso es que una sociedad tecnológicamente diseñada alrededor de la conexión empiece a producir indicadores que obligan a preguntarse por la calidad de aquello que llama conexión.
La respuesta no cabe en una aplicación
La OMS plantea precisamente que las políticas contra la soledad no pueden limitarse a recomendar que las personas salgan más de casa. La arquitectura urbana, el transporte, la escuela, el trabajo, los espacios comunitarios y la posibilidad de participar en actividades colectivas forman parte del problema porque las relaciones personales también dependen de infraestructuras sociales.
Esa perspectiva resulta especialmente interesante en el caso de los jóvenes. Si queremos que se relacionen más presencialmente, no basta con pedirles que apaguen el teléfono mientras simultáneamente desaparecen espacios juveniles, se encarece el ocio y una parte creciente de la vida cotidiana se organiza precisamente a través de ese mismo dispositivo. La responsabilidad individual existe, pero opera dentro de un entorno que favorece unas conductas y dificulta otras.
El informe británico incorpora además una dimensión que suele quedar fuera de las conversaciones sobre soledad: la esperanza. Los jóvenes entrevistados describen dificultades para imaginar un futuro estable y perciben instituciones menos capaces de ofrecer seguridad y pertenencia. Esa incertidumbre económica no impide tener amigos, naturalmente, pero puede erosionar los lugares, tiempos y proyectos compartidos a partir de los cuales se construyen comunidades.
Durante los últimos veinte años hemos medido el progreso de la comunicación contando cobertura, velocidad, dispositivos y usuarios conectados. Quizá debamos empezar a incorporar indicadores bastante menos sofisticados: cuántas personas tienen alguien a quien contar un fracaso, quién puede pedir ayuda sin sentirse una carga o cuántos jóvenes saben que existe otra persona que aparecerá físicamente si la necesitan.
La gran paradoja de la generación hiperconectada no consiste en que internet haya destruido la amistad, una afirmación demasiado rotunda para la evidencia disponible. Consiste en que haber resuelto técnicamente la posibilidad de comunicarnos no ha resuelto la necesidad humana de sentirnos acompañados, y quizá durante demasiado tiempo dimos por supuesto que ambas cosas eran equivalentes.
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