La izquierda se piensa a sí misma otra vez

Rufián y Montero intentan ordenar un espacio fragmentado que lleva tiempo hablándose más de lo que se escucha

09 de Abril de 2026
Actualizado a las 9:20h
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La izquierda se piensa a sí misma otra vez

Hay momentos en los que la política deja de ser acción y se convierte en reflexión. No siempre por convicción. A veces por necesidad. La izquierda vuelve a mirarse, a preguntarse qué ha pasado y, sobre todo, qué hacer con lo que queda. El encuentro entre Gabriel Rufián e Irene Montero en Barcelona no es una sorpresa. Es casi una consecuencia. Cuando un espacio político se fragmenta, se detiene. Y cuando se detiene, empieza a preguntarse.

La pregunta, además, no es nueva. Qué hacer. Cómo reorganizarse. Cómo evitar que la suma de siglas siga restando. Cómo dejar de competir entre iguales mientras el bloque de enfrente avanza con más claridad de la que aparenta.

Rufián lo plantea con cierta crudeza. Demasiadas izquierdas defendiendo lo mismo. Demasiadas estructuras superpuestas. Demasiada dispersión para un momento que exige otra cosa. No es una idea sofisticada. Es una constatación.

El problema no es la falta de ideas

Porque la izquierda no tiene un problema de discurso. Tiene un problema de orden. De coordinación. De prioridades. Durante años ha sido capaz de instalar debates, de condicionar agendas, de empujar políticas concretas. Pero al mismo tiempo ha sido incapaz de sostener una estructura común sin que acaben imponiéndose las diferencias internas. Más energía en delimitar espacios que en ampliarlos.

El intento de Rufián y Montero va por ahí. Menos arquitectura partidista, más puntos en común. Menos identidad de sigla, más programa compartido. Suena razonable. También suena conocido. La política española está llena de intentos de recomposición de la izquierda que terminan chocando con lo mismo. Liderazgos cruzados, estrategias incompatibles, territorios que no quieren diluirse en proyectos más amplios.

La izquierda que duda

La ausencia de Oriol Junqueras marca un límite. Hay una izquierda que quiere reorganizarse y otra que no está dispuesta a hacerlo en esos términos. Eso introduce una tensión de fondo. La idea de un espacio común choca con realidades políticas muy distintas. No es lo mismo pensar en clave estatal que hacerlo desde proyectos con fuerte arraigo territorial.

Y ahí es donde muchas propuestas se quedan a medio camino. Porque lo que parece lógico en abstracto resulta mucho más complejo cuando hay que traducirlo en candidaturas, en listas, en liderazgo.

El contexto añade presión. El avance de la derecha, la consolidación de ciertos discursos, la sensación de que el ciclo político ha cambiado. Todo eso empuja a la izquierda a reaccionar.Pero reaccionar no siempre implica acertar. A veces implica repetir fórmulas con otros nombres. Volver a intentar lo que no terminó de funcionar, confiando en que esta vez sí. 

El problema es que el tiempo juega en contra. La izquierda lleva tiempo hablando de reorganizarse mientras otros espacios simplemente se consolidan. Y esa diferencia pesa.

El acto en Barcelona tiene valor. No es irrelevante que se abra este debate. Que se reconozca el problema. Que se intente ordenar lo que está disperso.  Pero también tiene un límite evidente. Hablar no es reorganizar. Plantear preguntas no equivale a resolverlas. La izquierda española se mueve en ese equilibrio incómodo. Sabe lo que le pasa. No termina de saber qué hacer con ello. Y cuando cree tener una respuesta, aparecen las mismas resistencias de siempre.

Rufián y Montero intentan empujar en una dirección. No es una mala dirección. Pero no depende solo de ellos. Depende de un espacio que lleva tiempo mirándose al espejo sin decidir si quiere cambiar de verdad o solo explicarse mejor.

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