Interinos: claves de la gran ofensiva política final

La solución definitiva depende del legislador. Y en el Parlamento las reglas del juego son distintas a las de los tribunales. Las grandes empresas lo saben bien y mantienen estructuras permanentes de lobby capaces de influir en la redacción de leyes

11 de Marzo de 2026
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Interinos: Lobistas
Foto: FreePik

El conflicto de los empleados públicos interinos en España lleva años librándose en el Congreso de los Diputados entre tecnicismos jurídicos, sentencias europeas y promesas políticas. Sin embargo, los interinos empiezan a comprender una realidad incómoda: tener razón jurídicamente no basta para ganar una batalla política.

El pasado 17 de febrero, representantes de la Plataforma INTERIN@S EN ACCIÓN de Valencia y de la PAFP de Murcia acudieron al Parlamento para reunirse con distintos grupos políticos. Sobre la mesa llevaron cinco propuestas legales destinadas a resolver el abuso de temporalidad que afecta a más de 800.000 empleados públicos interinos. El planteamiento no era improvisado. Las propuestas habían sido elaboradas con el respaldo de expertos en derecho constitucional y buscaban encajar dentro del marco jurídico europeo, especialmente el de la Directiva 1999/70/CE, que obliga a los Estados a sancionar el abuso de la temporalidad en el empleo público.

El mensaje que trasladaron a los diputados era claro: España tiene herramientas jurídicas para resolver el problema. Lo que falta es voluntad política.

Durante años, el conflicto ha girado alrededor de una cuestión central: cómo transformar en estabilidad laboral la situación de trabajadores que llevan más de tres años, y en muchos casos varias décadas, ocupando plazas estructurales en la administración sin obtener la condición de fijos. Las plataformas plantean distintas fórmulas jurídicas, desde concursos de méritos extraordinarios hasta la creación de figuras como el personal fijo a extinguir, pasando por procesos excepcionales de estabilización mediante real decreto-ley.

Todas las propuestas comparten una premisa: nadie en situación de abuso debería quedar fuera de la solución.

A diferencia de otros movimientos sociales, los interinos parten de una posición jurídica favorable. El Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha reiterado en varias sentencias que España debe establecer sanciones efectivas contra el abuso de la temporalidad. Y la Comisión Europea ha advertido en múltiples ocasiones que España no ha aplicado adecuadamente la directiva comunitaria. Pero en política, las victorias jurídicas no siempre se traducen automáticamente en reformas legislativas.

La experiencia europea muestra que las decisiones del TJUE suelen convertirse en cambios legales solo cuando existe presión política suficiente. En el caso español, esa presión sigue siendo dispersa. Ahí reside la contradicción del movimiento interino. Por un lado, se trata de uno de los conflictos laborales más grandes del país, con cerca de un millón de personas afectadas. Por otro, la representación del movimiento está fragmentada en decenas de plataformas, asociaciones sectoriales y colectivos territoriales.

El resultado es una fuerza social considerable, pero con una capacidad de influencia política limitada. En el Congreso, la impresión que obtuvieron los representantes de las plataformas fue en general positiva. Los grupos parlamentarios valoraron el trabajo técnico de las propuestas y mostraron interés en analizarlas, especialmente de cara a la futura Ley de Función Pública, actualmente abierta a enmiendas.

Pero el mensaje que transmitieron algunos diputados fue igualmente revelador: la clave no será solo la solidez jurídica de las propuestas, sino la capacidad del movimiento para convertirlas en una prioridad política. En otras palabras, el conflicto ha entrado en una nueva fase.

Durante años, las plataformas interinas han centrado su estrategia en los tribunales. Esa vía ha producido avances importantes: sentencias europeas favorables, reconocimiento del abuso estructural y creciente presión sobre el Estado español. Sin embargo, la solución definitiva depende del legislador. Y en el Parlamento las reglas del juego son distintas a las de los tribunales.

Las grandes empresas lo saben bien. En Bruselas y en Madrid mantienen estructuras permanentes de lobby capaces de influir en la redacción de leyes, enmiendas y reglamentos. Sus campañas combinan presión mediática, contactos parlamentarios y alianzas sectoriales. El movimiento interino, en cambio, ha operado hasta ahora con una lógica mucho más fragmentada y reactiva.

El ejemplo de la reciente ronda de reuniones en el Congreso ilustra tanto el potencial como las limitaciones del movimiento. Las plataformas presentaron propuestas detalladas y jurídicamente sólidas. Incluso contaron con el asesoramiento del catedrático de derecho constitucional Gerardo Pérez, que respalda las iniciativas. Pero el siguiente paso, el verdaderamente decisivo, no será técnico, sino político.

Si el objetivo es lograr una reforma legislativa que reconozca la estabilidad del personal en abuso de temporalidad, la presión debe convertirse en una campaña organizada y sostenida dentro del Parlamento. Eso implica algo que el movimiento todavía no ha conseguido plenamente: unidad estratégica.

La fragmentación actual tiene consecuencias claras. Cada colectivo defiende sus propuestas, organiza sus movilizaciones y mantiene sus contactos políticos. Pero el resultado es una influencia dispersa, difícil de traducir en una agenda legislativa coherente. En contraste, los actores que más influyen en la elaboración de leyes actúan con estructuras centralizadas y mensajes coordinados.

La política parlamentaria premia la claridad. Cuando un grupo de presión habla con una sola voz, los legisladores saben exactamente qué demanda y qué coste político tendría ignorarla. El movimiento interino, pese a su tamaño, todavía no ha alcanzado ese nivel de coordinación. Y sin él, el riesgo es evidente: que la cuestión de la temporalidad vuelva a diluirse en el complejo calendario legislativo español.

Paradójicamente, el contexto actual podría ser el más favorable en años. La reforma de la función pública está abierta, el debate jurídico europeo continúa y el tema de la temporalidad sigue siendo un problema estructural reconocido incluso por las instituciones comunitarias. Pero las ventanas políticas rara vez permanecen abiertas mucho tiempo. Por eso, para muchos observadores del proceso, el verdadero desafío del movimiento interino no es jurídico, sino organizativo. La pregunta ya no es si existen soluciones legales. Las propuestas presentadas en el Congreso demuestran que las hay.

La cuestión decisiva es otra: si las plataformas y asociaciones serán capaces de unirse para ejercer una presión política comparable a la de los grandes actores que tradicionalmente influyen en la legislación. Porque en la práctica parlamentaria, como saben bien los lobistas de Bruselas y Madrid, las leyes no solo se ganan con argumentos jurídicos, sino con poder político organizado. Y en el conflicto de los interinos, ese podría ser el último paso que aún falta para transformar una causa jurídicamente sólida en una reforma legislativa real.

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