La guerra de desinformación está destruyendo mucho más que la verdad

La desinformación ha dejado de ser un mero bulo digital para convertirse en una amenaza geopolítica de primer orden

25 de Septiembre de 2026
Guardar
Fake-News

El ambiente ha cambiado en los grandes centros de inteligencia de occidente. Ya no se habla de las mentiras en internet como una teoría de laboratorio. La alerta es máxima.

Durante años, la respuesta de las democracias occidentales contra los bulos digitales parecía el intento ridículo de tapar las vías de agua de un trasatlántico con un par de tiritas. Íbamos por ahí persiguiendo vídeos manipulados, desmintiendo montajes de la BBC o desenmascarando esos deepfakes cutres..., como aquel famoso montaje generado por ordenador en el que Tom Cruise criticaba con mala leche los Juegos Olímpicos de París.

Pero aquello era un juego de niños. La escala y la sofisticación del ataque actual han destrozado las defensas tradicionales.

El anuncio en la ONU sobre la creación del Centro Nacional para la Defensa de la Información en el Reino Unido no es un trámite más: es admitir, por fin, que nos están haciendo la guerra psicológica. Al asumir que la desinformación que llega desde Moscú es un ataque sistemático, Londres reconoce una verdad incómoda. A los servicios de inteligencia rusos no les importa convencerte de su ideología; les basta con sembrar la desesperación, encender al vecino contra el vecino y meternos entre ceja y ceja que el modelo occidental está podrido.

Y ojo, que la tecnología de esta maquinaria de intoxicación ha dado un salto de gigante. Lejos quedan los tiempos en que cuatro granjas de trolls creaban cuentas falsas para inventarse ataques en suelo ucraniano. Ahora van a la raíz del conocimiento digital.

Uno de los métodos más inquietantes que han detectado los analistas es el llamado "envenenamiento" de la inteligencia artificial. La jugada es diabólica pero sencilla: inundan la red con millones de historias falsas para que las grandes bases de datos y los chatbots absorban la mentira, la den por buena y se la repitan de forma automatizada a medio mundo.

A esto se le suman redes piratas como la célebre Doppelgänger, especializada en clonar milimétricamente la portada y la tipografía de periódicos intocables como The Guardian, Le Monde o Der Spiegel. A través de estas fachadas inyectan veneno puro: desde culpar a los refugiados ucranianos de plagas de chinches en las capitales hasta machacar con la idea de que Londres es una ciudad sin ley. Los datos académicos asustan: los mensajes sobre la violencia urbana descontrolada han pasado de unos cientos a cientos de miles en un abrir y cerrar de ojos. Cogen un temor real y lo inflan hasta deformar la conversación política.

Ahora bien, limitar esto a una agresión que viene solo de fuera sería de una ingenuidad pasmosa. La desinformación moderna es un negocio redondo donde se cruzan la geopolítica del Kremlin, la codicia de cuatro iluminados que buscan clics y la agitación de la extrema derecha local.

Miren si no lo que pasó con los trágicos altercados racistas en Southport o Belfast. Bastaron cinco minutos para que grupos extremistas y altavoces xenófobos se apropiaran de la tragedia, soltando contenido de odio sobre la inmigración para prenderle fuego a la calle. Un estudio del Social Market Foundation revelaba que más de una cuarta parte de las publicaciones analizadas en la red X contenían datos deliberadamente falsos. Moscú no enciende la hoguera, pero sopla las brasas sin descanso. Identifica el desánimo o el cabreo del ciudadano y le echa gasolina para que la herida no cierre nunca.

El gran dilema para la nueva agencia británica (a imagen de las unidades de ciberdefensa que ya tienen en Suecia o Francia) es cómo cortar esta sangría sin cargarse la libertad de expresión. Enfrentarse a la guerra informativa exige intervenir en las redes, pero sin caer en la tentación de la censura estatal. Es un terreno resbaladizo. Y las redes de propaganda lo saben: cada vez que les tapan un canal o les sancionan una empresa, salen corriendo a gritar que se está atacando la libertad de prensa.

El gobierno de Andy Burham parece haber dicho que basta de paños calientes. La policía rastrea las redes y ya se aplican sanciones a las agencias de comunicación vinculadas al espionaje ruso. Perseguir el bulo individual en TikTok es un juego de perdedores; la única vía seria es cortar el grifo financiero, informático y logístico que alimenta esta marea venenosa.

Al final del día, la batalla por la verdad en la era de los chatbots se ha convertido en una prueba de resistencia para las sociedades libres. Si el aire informativo que respiramos para votar o debatir está contaminado, el sistema democrático entra en la UCI.

El éxito de este nuevo Centro de Defensa no se medirá solo por los servers clandestinos que consiga tumbar. Su victoria real dependerá de si las instituciones son capaces de reconstruir la confianza perdida y ofrecer certezas a una ciudadanía desencantada. Porque contra la mentira más elaborada, la mejor trinchera sigue siendo una sociedad cohesionada, crítica y que no se deja tomar el pelo.

Añadir DiarioSabemos como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora
Lo + leído