Guantánamo, el reflejo de una vieja tentación imperial

Las advertencias lanzadas desde Guantánamo provocan una reflexión sobre el papel de Estados Unidos en América Latina y los límites de la política de presión como instrumento diplomático

12 de Junio de 2026
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Guantánamo, el reflejo de una vieja tentación imperial

Hay declaraciones que explican una política exterior mejor que cualquier documento estratégico. Las pronunciadas esta semana por el secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, desde la base de Guantánamo pertenecen a esa categoría.

Advertir públicamente a Cuba de que no tome decisiones "equivocadas", recordar la superioridad militar estadounidense y subrayar que Washington está preparado para actuar ante cualquier contingencia constituye mucho más que una declaración de firmeza diplomática. Es la expresión de una determinada concepción del poder. Una visión según la cual la fuerza sigue siendo el principal argumento en las relaciones internacionales.

La elección del escenario tampoco resulta irrelevante. Guantánamo continúa siendo una de las grandes anomalías geopolíticas del siglo XXI. Una base militar estadounidense situada en territorio cubano cuya presencia lleva décadas siendo cuestionada por La Habana y convertida además en símbolo mundial de los excesos cometidos durante la llamada guerra contra el terrorismo.

Desde ese lugar cargado de significado histórico, el responsable de Defensa de la principal potencia mundial decidió recordar a Cuba quién posee la capacidad militar y quién debe asumir las consecuencias de cualquier desafío.

La escena resulta claarificadora porque permite observar hasta qué punto determinados sectores de la Administración Trump siguen interpretando América Latina como un espacio de influencia subordinada.

Durante décadas, Washington ha oscilado entre la cooperación y el intervencionismo. Entre la diplomacia y la presión económica. Entre el apoyo a la democracia y la tolerancia hacia gobiernos autoritarios cuando sus intereses estratégicos así lo aconsejaban.

La historia latinoamericana conserva abundantes ejemplos. Golpes de Estado respaldados directa o indirectamente. Bloqueos económicos. Operaciones encubiertas. Interferencias políticas. Presiones diplomáticas. Todo ello justificado habitualmente en nombre de la seguridad nacional estadounidense o de la defensa de determinados valores occidentales y las declaraciones de Hegseth parecen conectar con esa tradición.

Resulta difícil ignorar además el contexto en el que se producen. Cuba atraviesa una de las situaciones económicas más delicadas de las últimas décadas. La escasez energética, los problemas de abastecimiento y el endurecimiento de las sanciones están generando enormes dificultades para la población civil. Naciones Unidas ha alertado recientemente del deterioro de las condiciones humanitarias en la isla y del impacto acumulado de las restricciones económicas y la crisis energética sobre los servicios básicos.

Ante una realidad de semejante complejidad, la respuesta de Washington vuelve a situarse fundamentalmente en el terreno de la coerción y existe una contradicción evidente en esta estrategia.

Estados Unidos afirma defender la libertad, la democracia y los derechos humanos. Sin embargo, cuando aborda la cuestión cubana continúa recurriendo con frecuencia a herramientas que terminan agravando las condiciones de vida de la propia ciudadanía cubana. Las sanciones rara vez afectan exclusivamente a las élites políticas. Sus consecuencias suelen extenderse sobre el conjunto de la población. La experiencia acumulada durante décadas ofrece abundantes pruebas de ello.

Tampoco parece especialmente convincente la idea de que el futuro de Cuba dependa únicamente de las decisiones que adopten Donald Trump y los dirigentes cubanos, tal y como sugirió el secretario de Defensa. El futuro de Cuba pertenece, ante todo, a los cubanos, son ellos quienes deberán decidir el modelo político, económico y social que desean construir. Ninguna transformación sostenible puede imponerse desde una base militar situada a pocos kilómetros de sus costas.

El problema de las grandes potencias aparece precisamente cuando confunden capacidad con legitimidad. Pueden ejercer presión; pueden imponer sanciones; pueden exhibir fuerza militar e incluso pueden condicionar el desarrollo de determinados acontecimientos. Lo que no pueden hacer es sustituir la voluntad de los pueblos.

La visita de Hegseth a Guantánamo transmite una sensación inquietante. Mientras buena parte del mundo reclama cooperación, diálogo y soluciones multilaterales para afrontar los desafíos globales, sectores influyentes de la política estadounidense parecen seguir instalados en una lógica propia de otra época. Una lógica donde la seguridad se confunde con dominación, donde la influencia se ejerce mediante amenazas y donde la superioridad militar continúa utilizándose como argumento político.

Quizá esa sea precisamente la gran paradoja de nuestro tiempo. Estados Unidos sigue siendo una democracia poderosa, una referencia científica, tecnológica y cultural de primer orden. Sin embargo, algunos de sus dirigentes continúan actuando como si la autoridad internacional pudiera sostenerse únicamente sobre la fuerza. La historia demuestra que las potencias conservan su liderazgo durante más tiempo cuando inspiran admiración que cuando generan temor.

 

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