Groenlandia, los Sudetes del siglo XXI

Groenlandia, Trump y el precedente de los Sudetes: cómo la seguridad nacional se usa para redefinir fronteras en pleno siglo XXI

08 de Enero de 2026
Actualizado a las 20:02h
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Trump Groenlandia

La comparación puede parecer exagerada a primera vista, pero resulta intelectualmente reveladora: Groenlandia hoy recuerda inquietantemente a los Sudetes en la Europa de entreguerras. No por su contexto político inmediato, las diferencias son evidentes, sino por la lógica estratégica que se está normalizando.

En 1938, la Alemania nazi justificó su presión sobre Checoslovaquia alegando la necesidad de proteger a una población germanoparlante y garantizar su seguridad estratégica frente a supuestas amenazas externas. Los Sudetes eran presentados no como una anexión agresiva, sino como una corrección histórica, una medida defensiva y racional ante un entorno internacional hostil. La diplomacia fue invocada hasta el último momento. El resultado fue el Acuerdo de Múnich, la cesión del territorio y la confirmación de que el chantaje geopolítico, cuando funciona, tiende a repetirse.

Groenlandia no es los Sudetes. Estados Unidos no es la Alemania de 1938. Pero el marco discursivo que se está construyendo comparte elementos inquietantes: un territorio perteneciente a un Estado soberano; una gran potencia que lo define como crítico para su seguridad nacional; la insistencia en que “no es nada personal”, sino una cuestión de equilibrio estratégico frente a terceros; y, sobre todo, la normalización de la idea de que la soberanía es negociable cuando entra en conflicto con los intereses de una potencia mayor.

En ambos casos, el territorio en disputa es descrito como demasiado importante para dejarlo en manos ajenas. En los Sudetes, era la defensa del Reich frente a enemigos potenciales. En Groenlandia, es la disuasión frente a Rusia y China en el Ártico. En ambos relatos, el actor dominante se presenta no como agresor, sino como garante del orden.

La reacción internacional también guarda paralelismos. En 1938, las potencias europeas optaron por la contención, la moderación y el diálogo, convencidas de que satisfacer una demanda “razonable” evitaría males mayores. Hoy, la Unión Europea expresa su apoyo a Dinamarca, pero con un tono cuidadosamente calibrado, evitando cualquier confrontación directa con Washington. La palabra “disuasión” aparece, pero envuelta en ambigüedad.

La lección histórica de los Sudetes no es que toda reivindicación territorial conduzca inevitablemente a la guerra, sino que cuando se acepta que la fuerza o su amenaza redefine las fronteras, el sistema internacional entra en una pendiente peligrosa. Cada concesión crea un precedente; cada precedente amplía el margen de la siguiente exigencia.

Groenlandia, como los Sudetes entonces, es un territorio periférico en población pero central en estrategia. Su valor no reside en quienes lo habitan, sino en lo que representa para el equilibrio de poder. Y cuando las grandes potencias empiezan a hablar de estos espacios en términos de “necesidad”, “seguridad” y “opciones sobre la mesa”, la historia sugiere cautela.

Que la Casa Blanca no descarte una acción militar para tomar control de Groenlandia no debería sorprender. Lo verdaderamente revelador es que Washington lo diga en voz alta, lo normalice y lo envuelva en el lenguaje burocrático de siempre: “todas las opciones están sobre la mesa” y “la diplomacia es la primera opción”. En el vocabulario estratégico estadounidense, esa combinación suele significar que la diplomacia es preferible… siempre que produzca el resultado deseado.

La portavoz presidencial, Karoline Leavitt, insistió esta semana en que el presidente Donald Trump evalúa distintos escenarios respecto a Groenlandia, incluida una posible acción militar, aunque subrayó que su prioridad es diplomática. La afirmación, cuidadosamente formulada, no busca tranquilizar tanto como acostumbrar: preparar a aliados y adversarios para la idea de que un territorio europeo, autónomo y no en venta, pueda convertirse en objeto legítimo de presión estratégica estadounidense.

Obsesión antigua con contexto nuevo

Leavitt recordó que la idea de anexionar Groenlandia no es nueva y que desde el siglo XIX varios presidentes estadounidenses la han considerado “beneficiosa para la seguridad nacional”. Es cierto. También lo es que nunca antes Estados Unidos había planteado el asunto en un contexto de rivalidad sistémica con China, guerra abierta en Europa y militarización acelerada del Ártico.

Trump ha sido explícito: controlar Groenlandia serviría para disuadir la agresión rusa y china en el Ártico. La isla no es valiosa por su población (apenas 57.000 habitantes) ni por su economía actual, basada en la pesca y en las transferencias danesas, sino por su posición geoestratégica, sus rutas marítimas emergentes, sus bases militares y sus recursos minerales críticos, que el deshielo hace cada vez más accesibles.

En otras palabras, Groenlandia es menos un territorio que una plataforma de poder.

Diplomacia bajo presión

El anuncio de una reunión entre el secretario de Estado Marco Rubio y diplomáticos daneses busca rebajar la tensión, pero no elimina el fondo del conflicto. Dinamarca ha sido clara: Groenlandia no está en venta y cualquier intento de transferencia de soberanía es una “línea roja”. El ministro danés de Exteriores, Lars Løkke Rasmussen, ha pedido “respeto” y ha negado las acusaciones implícitas de Washington sobre un supuesto abandono defensivo o una presencia masiva de barcos chinos.

Desde Copenhague, la reunión se interpreta como un avance. Desde Washington, como una fase más de negociación asimétrica, en la que Estados Unidos habla desde la premisa de que su interés estratégico prevalece sobre cualquier consideración jurídica o histórica.

La participación de la consejera groenlandesa Vivian Motzfeldt añade una capa adicional de complejidad. Su mensaje es pragmático: “Groenlandia necesita a Estados Unidos y Estados Unidos necesita a Groenlandia” en materia de seguridad ártica. Es una afirmación cierta, pero incompleta. La cuestión no es la cooperación, sino quién fija los términos.

Europa descubre su vulnerabilidad

La reacción europea ha sido rápida y, para sus estándares, relativamente firme. Francia, Alemania y Polonia han reiterado su apoyo a Dinamarca. El mensaje del ministro francés Jean-Noël Barrot fue inequívoco: “Groenlandia no está en venta” y Dinamarca puede contar con la solidaridad de la Unión Europea. París incluso ha insinuado la necesidad de un dispositivo de disuasión para proteger los intereses europeos si se ven amenazados.

Es una declaración significativa, pero también revela una debilidad estructural: Europa carece de una estrategia autónoma para el Ártico capaz de equilibrar la presión de Estados Unidos, Rusia y China. La presencia simbólica de buques europeos en puertos groenlandeses no compensa décadas de dependencia estratégica de Washington.

Groenlandia como precedente

El caso groenlandés importa más por lo que anticipa que por lo que probablemente ocurrirá a corto plazo. Estados Unidos difícilmente recurrirá a la fuerza militar directa contra un territorio vinculado a un aliado de la OTAN. Pero el simple hecho de normalizar esa posibilidad erosiona principios básicos del orden internacional: la soberanía, la autodeterminación y la inviolabilidad territorial entre aliados.

Trump no necesita conquistar Groenlandia para ganar. Le basta con desplazar el marco del debate, convertir una idea impensable en negociable y forzar a Europa a reaccionar desde una posición defensiva. En ese sentido, la diplomacia estadounidense no es una alternativa al poder duro, sino su antesala.

La isla que no cabe en los mapas

Groenlandia es inmensa —2,1 millones de kilómetros cuadrados, el 80% cubierto de hielo— y políticamente pequeña. Esa desproporción la convierte en el escenario perfecto de la geopolítica contemporánea: territorios escasamente poblados, pero estratégicamente decisivos; disputas formuladas en nombre de la seguridad, pero impulsadas por recursos, rutas y rivalidades globales.

Para Dinamarca y Groenlandia, el desafío es preservar la autonomía sin quedar atrapadas entre gigantes. Para Europa, demostrar que la solidaridad no es solo retórica. Para Estados Unidos, imponer su lógica de poder sin pagar el coste político de una ruptura abierta.

Y para el resto del mundo, el mensaje es inquietante: si Groenlandia puede ponerse “sobre la mesa”, pocos territorios estratégicos pueden considerarse realmente a salvo.

La diferencia clave con los Sudetes es que hoy el conflicto no se decide en una mesa europea, sino en un mundo multipolar, erosionado y con normas debilitadas. Precisamente por eso, el paralelismo importa. Los Sudetes fueron una advertencia ignorada. Groenlandia aún puede serlo escuchada.

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