Fuego amigo, el arte de erosionarse desde dentro

Cuando la discrepancia deja de ordenar y empieza a desgastar, los proyectos no se rompen, se vacían poco a poco

25 de Abril de 2026
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Fuego amigo, el arte de erosionarse desde dentro

En política, no todo deterioro viene de fuera. A veces el desgaste más profundo nace en el interior, en conflictos que no siempre buscan destruir, pero que acaban debilitando. No por su intensidad, sino por su acumulación.

Hay algo casi inevitable, y también un poco incómodo, en la manera en que algunos proyectos políticos terminan debilitándose desde dentro mientras insisten en proclamarse unidos. No es un fenómeno nuevo. Tampoco especialmente complejo. Y, aun así, se repite con una regularidad que hace pensar que forma parte de la propia dinámica de la política. O quizá de la naturaleza humana.

Porque lo que solemos llamar “fuego amigo” no es solo un error ni un accidente. Es, más bien, una forma de erosión entre quienes, en teoría, comparten un mismo objetivo. Personas que se sientan en la misma mesa, que utilizan las mismas palabras, que dicen defender lo mismo y que, sin embargo, acaban desgastándose entre sí con una eficacia que pocas veces alcanza el adversario.

No siempre responde a un cálculo frío. Pero tampoco es del todo inconsciente y ahí está, probablemente, lo más incómodo.

A veces comienza como una discrepancia legítima, incluso necesaria. Alguien señala una incoherencia, otro cuestiona una decisión, un tercero introduce un matiz que parecía faltar. Es el funcionamiento normal de cualquier organización viva. Sin ese tipo de tensiones, la política se convertiría en una coreografía vacía, en una repetición sin pensamiento. Pero hay un momento, difícil de precisar,  en el que esa discrepancia cambia de naturaleza.

Deja de ser una herramienta para mejorar y empieza a convertirse en otra cosa: una forma de afirmarse, de diferenciarse, de existir ante los demás. Y cuando eso ocurre, el debate ya no se orienta tanto hacia dentro como hacia fuera. Ya no busca corregir, sino mostrarse. Es entonces cuando empieza la erosión.

Las redes sociales han acelerado ese proceso hasta hacerlo casi imperceptible. Todo sucede a la vista de todos, en tiempo real, sin apenas margen para la duda o la conversación pausada. Lo que antes podía resolverse en privado ahora se convierte en un gesto público, en una frase que circula, se interpreta y se amplifica. Y, en ese tránsito, pierde parte de su sentido original.

Porque lo que llega al exterior ya no es tanto la discusión como su forma.  El tono, la insistencia, la reiteración. Y eso, inevitablemente, proyecta una imagen que poco tiene que ver con la idea de cohesión que todo proyecto necesita sostener. Desde fuera, lo que se percibe es otra cosa. Una cierta desorganización. Una falta de dirección. Una dificultad para sostener un relato común.

Quizá no sea del todo justo. Pero, visto desde fuera, es bastante difícil no entenderlo.

Porque la política no se mide solo por lo que hace, sino también por lo que parece, y eso, al final, pesa más de lo que muchos quieren admitir. Cuando la diferencia se convierte en espectáculo, lo que se erosiona no es solo una decisión concreta, sino la confianza en el conjunto.

Lo curioso, o lo inquietante, es que este tipo de desgaste no suele ser inmediato. No provoca rupturas bruscas ni crisis visibles. Es más bien un proceso lento, casi silencioso, en el que el proyecto se va fragmentando sin que nadie termine de asumir del todo lo que está ocurriendo. Cada gesto parece menor, cada discrepancia, razonable y, cada intervención también.

Y, sin embargo, el efecto acumulado acaba siendo significativo. No porque el desacuerdo sea en sí mismo problemático, sino porque deja de tener un cauce. Porque ya no se ordena. Porque se dispersa. Y entonces ocurre algo que la política conoce bien: lo que debía fortalecer termina debilitando. Lo que pretendía mejorar acaba erosionando. Lo que nacía de la cercanía se convierte, poco a poco, en una forma de distancia.

No es una escena nueva. Porque recuerda, una vez más, que los proyectos colectivos no se rompen solo por la presión externa. A veces se erosionan desde dentro, sin estridencias, sin grandes gestos, casi sin hacer ruido. Y cuando eso ocurre, el problema no es el adversario.Es la grieta. Y casi siempre se ve tarde.

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