La frontera casi inexistente entre exagerar y desinformar

Una cifra cierta fuera de contexto, un caso excepcional presentado como norma o un problema real llevado hasta el límite pueden alterar la percepción de la realidad sin necesidad de inventar una sola palabra

29 de Agosto de 2026
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La frontera casi inexistente entre exagerar y desinformar

Una mentira tiene, al menos, una debilidad, puede comprobarse. Alguien afirma que ha ocurrido algo, los datos demuestran que no ocurrió y el desmentido dispone de un punto de partida relativamente sencillo. Otra cosa es que circula con la misma velocidad que la falsedad, pero existe una frontera reconocible entre lo cierto y lo inventado.

Más complicado resulta enfrentarse a una afirmación construida con hechos verdaderos que, colocados fuera de contexto, terminan contando una historia que esos mismos hechos no sostienen.

Ese territorio intermedio ocupa cada vez más espacio en la conversación política. Una cifra puede ser correcta y estar escogida precisamente porque es la más conveniente. Un problema puede existir y aparecer sobredimensionado hasta adquirir unas proporciones que los datos completos desmienten. Un caso excepcional, repetido suficientes veces, puede acabar instalado en la conversación como si describiera una experiencia cotidiana.

La exageración posee una ventaja extraordinaria frente al bulo, que conserva una coartada de facto. Quien la utiliza siempre puede regresar al dato original y demostrar que existe. Hubo casos de tuberculosis en Ceuta, han aumentado las bajas laborales, existen ocupaciones ilegales de viviendas y hay delitos cometidos por extranjeros. Ninguna de esas afirmaciones necesita ser falsa para que la utilización política que se haga de ellas termine ofreciendo una imagen distorsionada. Lo sucedido estos días en Ceuta permite verlo con bastante claridad.

Alberto Núñez Feijóo pidió estudiar un confinamiento ante la presencia de tuberculosis, sarna, varicela y gastroenteritis entre migrantes llegados a la ciudad. Las enfermedades no eran una invención y las condiciones de hacinamiento habían generado problemas sanitarios que requerían atención. La discrepancia comenzó al medir su alcance.

Sanidad situó en bajo el incremento del riesgo para el conjunto de los residentes en Ceuta y consideró que un confinamiento no estaba justificado con la evidencia epidemiológica disponible. Los problemas detectados exigían vigilancia, tratamiento, vacunación cuando procediera y, sobre todo, mejorar las condiciones de alojamiento, higiene y acceso al agua potable de quienes permanecían hacinados.

Entre constatar la existencia de enfermedades transmisibles y sugerir una situación epidemiológica capaz de justificar una medida tan excepcional existe un espacio enorme para construir percepciones. Y ahí resulta mucho más difícil colocar una etiqueta de verdadero o falso, porque los hechos originales siguen estando ahí.

Una cifra termina contando demasiado

El debate sobre las bajas laborales funciona de una manera parecida. El aumento de la incapacidad temporal es un problema real y merece una discusión seria sobre sus causas, su coste y las posibles respuestas. Feijóo lo llevó al primer plano este verano al hablar de alrededor de 1,2 millones de personas que no acuden diariamente a su puesto de trabajo y definir el incremento de las bajas como un «cáncer».

La elección de las palabras cambia bastante la fotografía. La incapacidad temporal incluye a trabajadores que no acuden a su empleo porque un médico ha acreditado que una enfermedad o una lesión les impide hacerlo. Cuando esa realidad entra en una conversación sobre «absentismo», el concepto adquiere para buena parte de la opinión pública un significado distinto y aparece con facilidad la sospecha de que detrás del incremento existe también una bolsa importante de abuso o fraude. Para sostener esta última conclusión hacen falta datos que no proporciona por sí solo el aumento de las bajas.

Con la ocupación ilegal de viviendas ocurre algo distinto, aunque el mecanismo se parece. Existen propietarios afectados y situaciones que pueden prolongarse demasiado por una respuesta judicial insuficientemente rápida. Negar ese problema sería tan absurdo como exagerarlo.

Los últimos datos completos del Ministerio del Interior contabilizaron 14.875 denuncias por allanamiento o usurpación de inmuebles durante 2025, un descenso cercano al 10 % respecto al año anterior. Son miles de casos y cada uno merece la respuesta que establece la ley. Pero las cifras permiten discutir con algo más de perspectiva una percepción social según la cual cualquier propietario se encuentra ante un riesgo frecuente de perder el control de su vivienda.

En esa percepción pesan también las historias concretas. Un caso particularmente grave ocupa portadas, pasa a las tertulias, se reproduce en vídeos y reaparece después en el discurso político. Quien lo ha visto varias veces puede acabar teniendo la impresión de haber visto varios casos diferentes. La estadística y la experiencia percibida empiezan entonces a separarse.

La inmigración proporciona un terreno todavía más delicado porque introduce elementos capaces de activar temores muy profundos. Las estadísticas sobre delincuencia permiten seleccionar nacionalidades, tipos de delitos, territorios y periodos determinados. Es posible que una cifra concreta sea cierta y que, aun así, diga bastante menos de lo que aparenta cuando se utiliza para explicar el comportamiento de toda una población. La edad, el sexo, la situación socioeconómica, el lugar de residencia y la propia composición demográfica influyen en las tasas delictivas y rara vez caben en el mensaje que termina circulando. Una estadística cierta no garantiza que la historia construida alrededor de ella también lo sea.

La impresión ha ganado terreno al contexto

Nada de esto es patrimonio exclusivo de una ideología. Los gobiernos seleccionan los indicadores que favorecen su gestión y las oposiciones buscan aquellos que permiten cuestionarla. La política siempre ha intentado colocar la realidad bajo la luz que más le conviene.

La economía española ofrece un buen ejemplo en sentido contrario. Los organismos internacionales confirman un crecimiento superior al de buena parte de la zona euro, un mercado laboral que ha mejorado y una economía que ha resistido mejor de lo previsto sucesivas perturbaciones internacionales. Los mismos análisis señalan problemas de productividad, dificultades de acceso a la vivienda, una tasa de paro todavía elevada en términos europeos y retos fiscales a medio plazo.

Con todos esos datos encima de la mesa es posible fabricar dos países casi irreconocibles entre sí. Basta con decidir cuáles se cuentan. La novedad está en el ecosistema en el que esa selección circula, las redes sociales han reducido extraordinariamente el espacio disponible para el contexto y han elevado el valor de aquello que provoca una reacción inmediata. Una cifra llamativa viaja mejor que la serie estadística de la que procede y una declaración contundente tiene muchas más posibilidades de abrir un informativo que los matices necesarios para interpretarla.

Los medios tampoco estamos fuera de esa dinámica. El caso extremo suele atraer más atención que la frecuencia real del fenómeno y la declaración excesiva proporciona titulares, respuestas y varios días de discusión. Cuando llega la comprobación detallada, el primer mensaje ya ha recorrido un camino difícil de desandar.

Durante años, buena parte del esfuerzo contra la desinformación se ha concentrado en verificar afirmaciones falsas. Ese trabajo continúa siendo imprescindible, pero cada vez resulta más frecuente que comprobar una cifra sea apenas el principio. Hace falta averiguar qué mide, de dónde procede, qué periodo abarca, cuál es su evolución y si realmente permite extraer la conclusión que se presenta junto a ella.

No siempre habrá una etiqueta cómoda para el resultado. Entre la mentira y una descripción escrupulosa de los hechos existe un territorio enorme donde caben la selección interesada, la omisión, la hipérbole y el contexto que desaparece por el camino.

Quizá por eso la frontera entre exagerar y desinformar se ha vuelto tan difícil de reconocer. La manipulación más eficaz puede permitirse incluso el lujo de utilizar datos verdaderos, porque lo decisivo no siempre está en la cifra que aparece en una pantalla, sino en todo aquello que ha sido necesario dejar fuera para conseguir que parezca contar una historia distinta.

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