En Galicia hay una palabra que se usa con más precisión de la que permite el castellano. Parvo. No es exactamente tonto. Tampoco ingenuo. Es otra cosa: alguien que, creyéndose listo, acaba haciendo lo contrario de lo que pretendía. Un tipo que tropieza con la misma piedra y luego explica que la piedra era parte del plan. No es un insulto especialmente feroz; en realidad tiene algo de diagnóstico doméstico. El problema es que cuando el diagnóstico se traslada a la política nacional, la cosa deja de tener gracia.
El líder popular llegó a la política estatal con una etiqueta muy clara: el dirigente que representaba el sentido común gallego, esa mezcla de prudencia, paciencia y cálculo que en Galicia se resume con un “non te metas onde non te chaman”. Venía, además, con la aureola del gestor que había gobernado durante años sin grandes estridencias. La promesa implícita era sencilla: poner orden en un Partido Popular que había pasado de mayoría absoluta a laboratorio permanente de hiperventilación política.
La realidad ha sido otra cosa.
Desde que aterrizó en Madrid, Feijóo ha conducido al PP por una sucesión de posiciones que, observadas con cierta distancia, tienen algo de acrobacia ideológica: pactar con Vox mientras se afirma que Vox es un problema; denunciar el ruido político mientras se participa en él; criticar el bloqueo institucional mientras se bloquean instituciones.
El líder popular llegó proclamando que venía a rebajar la temperatura política. Y ha terminado con un partido que vive permanentemente a la temperatura de un plató nocturno.
El extraño caso del moderado rodeado de radicales
La paradoja es bastante evidente. Feijóo quiso presentarse como el dirigente capaz de reconstruir el gran partido de la derecha moderada europea. Pero para mantener el control interno del PP ha aceptado una estrategia en la que la moderación queda subordinada a otra lógica: la de no parecer blando frente a Vox. Ese equilibrio imposible ha producido situaciones difíciles de explicar incluso para votantes tradicionales del partido.
El PP se declara europeísta mientras comparte agenda con una fuerza que cuestiona buena parte de la arquitectura europea. Se reivindica como garante institucional mientras bloquea órganos constitucionales. Se presenta como alternativa de gobierno mientras construye su discurso alrededor de la impugnación permanente del adversario.En términos gallegos, esa contradicción tiene un nombre sencillo: facer cousas que non teñen moito xeito.
La política del “ni sí ni no”
La estrategia de Feijóo ha consistido muchas veces en habitar el territorio del “ni sí ni no”. No romper con Vox, pero tampoco abrazarlo abiertamente. No aceptar los marcos más radicales, pero tampoco confrontarlos con claridad. El resultado es una posición que pretende ser táctica y acaba pareciendo indecisión.En Galicia, ese tipo de comportamiento político suele resolverse con una frase corta: “este vai de listo e queda de parvo”. No porque falte inteligencia, sino porque el cálculo termina produciendo el efecto contrario al buscado.
Feijóo probablemente pensó que podía trasladar a Madrid el estilo que le funcionó durante años en Santiago: prudencia, control del aparato, una cierta distancia con la bronca política. y, sobre todo, controlar la prensa. Pero la política estatal tiene otra lógica. Aquí la presión mediática es constante, las mayorías son frágiles y las contradicciones se multiplican en cuestión de horas.
Y en ese escenario el líder popular ha terminado atrapado entre dos expectativas incompatibles: la de quienes querían una derecha homologable a la europea y la de quienes prefieren una oposición de choque permanente.
A veces, cuando el debate político en Madrid se vuelve especialmente confuso, uno recuerda ciertas verdades sencillas que sobreviven en los pueblos. Cosas que se dicen sin grandilocuencia, como quien comenta el tiempo o el precio del marisco.