Europa también está secuestrada por Marruecos

Mientras la UE despliega un arsenal arancelario y sancionador sin precedentes contra Rusia, las instituciones comunitarias guardan un estrepitoso silencio ante las evidencias policiales que incriminan a Rabat en el ataque de guerra híbrida contra Ceuta

05 de Septiembre de 2026
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Ursula von der leyen bruselas
Ursula von der Leyen en el Europarlamento | Foto: Parlamento Europea

Bruselas es la casa de la hipocresía. Cada vez que la conversación gira hacia la frontera oriental del continente, el aparato institucional reacciona con la contundencia propia de una superpotencia normativa, activando paquetes de sanciones devastadores contra el régimen de Moscú. Sin embargo, cuando la mirada se desplaza hacia la frontera norteafricana, el lenguaje audaz se disuelve en una retórica de apaciguamiento y complicidad tácita. Esta asimetría moral y estratégica ha quedado al descubierto tras la publicación de los informes elaborados por la Policía Nacional para la Audiencia Nacional, cuyos análisis concluyen de forma inequívoca que el ataque contra Ceuta no fue una crisis migratoria espontánea, sino una operación coordinada de agresión ejecutada con la participación directa de las fuerzas de seguridad del Reino de Marruecos.

La contundencia de las pruebas documentales contrasta frontalmente con la parálisis política de la Comisión Europea. Las investigaciones judiciales demuestran cómo las fuerzas policiales y paramilitares del reino alauita encauzaron activamente a miles de personas hacia el territorio español. A pesar de que este episodio constituye un caso flagrante de guerra híbrida en la frontera sur, la diplomacia europea no ha emitido una sola condena formal ni ha planteado la posibilidad de imponer sanciones diplomáticas o económicas contra Rabat. Esta inacción institucional confirma hasta qué punto el Ejecutivo comunitario ha pasado a ser un rehén voluntario de la política del chantaje marroquí.

La disparidad en la respuesta de la Unión Europea ante ataques contra su integridad territorial resulta insostenible desde el punto de vista del derecho internacional. Frente al desafío militar y cibernético de la Federación de Rusia, Bruselas aprobó sucesivas rondas de sanciones destinadas a ahogar la economía del agresor, cerrando espacios aéreos, congelando activos financieros y persiguiendo las cadenas de suministro de insumos estratégicos. Por el contrario, cuando la amenaza proviene del flanco sur y adopta la forma de una manipulación instrumentalizada de personas vulnerables para desestabilizar a un Estado miembro, las autoridades europeas optan por regar con cientos de millones de euros en fondos de cooperación al mismo régimen que articula la presión en el perímetro exterior.

Esta política de apaciguamiento constante ha transformado la arquitectura de seguridad comunitaria en una estructura altamente vulnerable. Al renunciar al uso de sus instrumentos de defensa comercial y diplomática frente a las provocaciones marroquíes, Bruselas ha enviado una señal devastadora a la comunidad internacional: las fronteras soberanas de la Unión Europea son sagradas en el estuario del Báltico, pero resultan negociables en el Estrecho de Gibraltar. Esta doble vara de medir menoscaba la credibilidad del proyecto europeo en el plano global y expone a las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla a un estado de zozobra permanente, supeditando la seguridad de miles de ciudadanos europeos a los cambios de humor y exigencias del monarca Mohamed VI.

Para comprender los motivos de esta parálisis en la capital comunitaria, los analistas internacionales señalan una compleja trama de dependencias estratégicas de las que los Estados miembros no han logrado independizarse. La Unión Europea ha delegado de manera imprudente el control de sus flujos migratorios en la gendarmería marroquí, otorgando a Rabat la capacidad táctica de subir o bajar la presión social sobre las costas de Andalucía y Canarias a conveniencia política. A esta servidumbre de la contención poblacional se suma la estrecha colaboración en materia de inteligencia antiterrorista y control del crimen organizado en el Magreb, áreas en las que varios países del centro de Europa dependen casi de forma exclusiva de la información facilitada por las agencias del reino alauita.

A esta red de seguridad se añade el factor de los suministros estratégicos y el comercio transnacional. Países clave dentro del eje comunitario, respaldados por influyentes grupos de presión corporativos, mantienen importantes acuerdos agrícolas, pesqueros e industriales con el socio magrebí. El temor a que una respuesta firme ante el sabotaje fronterizo derive en la ruptura de los convenios energéticos de hidrógeno verde o en la interrupción de la cooperación antiterrorista ha paralizado cualquier intento de exigir responsabilidades a las autoridades marroquíes. De este modo, la cúpula europea ha terminado aceptando una dependencia diplomática con Marruecos que anula su capacidad de disuasión y convierte la defensa de la soberanía territorial en un bien supeditado al beneficio de ciertos sectores empresariales.

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