Europa quiere ser adulta

La Unión Europea acelera el debate sobre autonomía estratégica, defensa y competitividad en un mundo menos previsible, mientras trata de sostener su modelo social sin quedar atrapada entre Washington y Pekín

15 de Febrero de 2026
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Europa quiere ser adulta
El fondo LIFE, que durante décadas ha permitido impulsar acciones pioneras de conservación de especies y hábitats en toda Europa, desaparece por completo.

Europa atraviesa una de esas edades incómodas en las que ya no puede permitirse la ingenuidad, pero tampoco ha terminado de asumir el coste de la madurez. Las tensiones geopolíticas, la incertidumbre sobre el compromiso estadounidense con la seguridad continental y la presión económica global han obligado a los Veintisiete a plantearse una pregunta que durante décadas parecía innecesaria: ¿puede Europa valerse por sí misma?

Durante años, la construcción europea se apoyó en una certeza silenciosa: el paraguas militar de Estados Unidos y un orden internacional relativamente estable permitían concentrarse en el mercado, la prosperidad y la ampliación del bienestar. Ese equilibrio se ha erosionado. La guerra en Ucrania primero, el regreso de Donald Trump después y la rivalidad tecnológica con China han convertido la autonomía estratégica en algo más que un concepto de laboratorio.

Hoy es, sencillamente, una cuestión de supervivencia política.

Europa quiere ser adulta porque ha comprendido que la dependencia también es una forma de fragilidad.

Competir sin dejar de ser Europa

La reciente reflexión de los líderes europeos sobre competitividad parte de un diagnóstico compartido: el continente se ha quedado rezagado en innovación, inversión y productividad frente a Estados Unidos y Asia. No se trata solo de crecer, sino de evitar una irrelevancia silenciosa.

El desafío es doble. Por un lado, reforzar el mercado interior, todavía fragmentado en sectores clave como la energía, las telecomunicaciones o los servicios financieros. Por otro, movilizar inversión pública y privada hacia tecnología, industria verde y defensa.

Pero hay una línea roja que Bruselas repite con insistencia: competir no puede significar desmontar el modelo social europeo. La protección laboral, los sistemas públicos y la cohesión territorial no son un lastre; forman parte de la identidad política del proyecto comunitario.

La paradoja es evidente: Europa quiere parecerse menos a otras potencias sin dejar de competir con ellas.

La autonomía no es solo militar

Reducir la conversación a tanques y presupuestos de defensa sería un error cómodo. La autonomía europea también se juega en los chips, las materias primas críticas, la energía y la capacidad industrial.

El problema no es únicamente cuánto gastar, sino quién decide y con qué herramientas.

Defensa: la asignatura que nadie quiso estudiar

Durante décadas, hablar de defensa europea era casi un ejercicio retórico. Existían proyectos, cooperaciones puntuales, incluso grupos de combate que rara vez se activaban. La OTAN resolvía la ecuación.

Ese tiempo se ha terminado.

La discusión actual ya no es si Europa debe reforzar su capacidad militar, sino cómo hacerlo sin romper su propio equilibrio político. Los países del Este reclaman rapidez ante la amenaza rusa; otros temen duplicar estructuras o abrir conflictos de soberanía.

Un ejército plenamente europeo sigue siendo una hipótesis remota. La realidad más probable pasa por una integración gradual: compras conjuntas, interoperabilidad, coordinación operativa. Menos épica, más ingeniería institucional.

La pregunta incómoda es quién estaría dispuesto a ceder poder real en materia de seguridad. Porque la defensa sigue siendo el último refugio de la soberanía nacional.

El dinero como prueba de realidad

La adultez, en política, suele medirse en presupuestos.

Europa habla cada vez más de instrumentos financieros comunes —desde eurobonos hasta fondos industriales— para sostener inversiones que ningún Estado puede afrontar en solitario. No es solo una cuestión económica; es una declaración de intenciones sobre el tipo de unión que se quiere construir.

Sin embargo, la resistencia de algunos socios a mutualizar riesgos demuestra que la integración europea avanza siempre con el freno ligeramente pisado.

Europa quiere actuar como un actor geopolítico, pero todavía negocia como un club de prudentes.

Energía, industria y transición

La apuesta por las renovables se ha convertido en un elemento estratégico, no solo ambiental. Reducir la dependencia energética externa es también reducir vulnerabilidades políticas.

Lo mismo ocurre con la industria verde y las redes eléctricas: no son únicamente políticas climáticas, sino infraestructura de poder en el siglo XXI.

El dilema aparece cuando esa transición exige inversiones masivas y decisiones rápidas en un sistema diseñado para el consenso lento.

Una madurez sin entusiasmo

Quizá el rasgo más europeo de este momento sea la ausencia de grandilocuencia. No hay discursos fundacionales ni gestos dramáticos. Más bien una sucesión de acuerdos técnicos, informes, reuniones discretas.

La historia de la Unión rara vez ha avanzado mediante saltos heroicos; lo ha hecho por acumulación.

Europa no se está reinventando. Está ajustando su postura en un mundo que se ha vuelto más áspero.

Entre la protección y la apertura

El continente también debate hasta qué punto debe proteger su economía frente a prácticas comerciales agresivas o subsidios externos. La palabra “proteccionismo” sigue incomodando, pero la idea de una defensa económica inteligente gana terreno.

Ser adulta implica aceptar que el libre mercado absoluto nunca existió del todo.

El riesgo de llegar tarde

El mayor temor no es equivocarse, sino reaccionar demasiado despacio. La toma de decisiones europea —deliberativa, compleja, a veces desesperantemente lenta— contrasta con la velocidad de las potencias con estructuras más centralizadas.

Pero esa lentitud también ha sido garantía de estabilidad.

Europa no quiere convertirse en otra cosa para sobrevivir; quiere sobrevivir siendo Europa. Esa tensión explica buena parte de sus vacilaciones.

No hay una declaración formal que marque el paso a la madurez del proyecto europeo. No habrá una fecha simbólica ni un tratado con nombre solemne. Será, en todo caso, un proceso discreto: más inversión conjunta, más coordinación, menos ingenuidad.

Europa quiere ser adulta porque el mundo ya no permite la comodidad de la adolescencia estratégica.

La cuestión pendiente no es si puede hacerlo, sino cuánto está dispuesta a pagar por esa mayoría de edad.

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