Europa no se extingue, se disputa

Kaja Kallas responde en Múnich al relato fatalista de Washington y señala el verdadero vacío: un orden internacional bloqueado por vetos y potencias sin rendición de cuentas

16 de Febrero de 2026
Actualizado a las 17:13h
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Europa no se extingue, se disputa

En la Conferencia de Seguridad de Múnich, la alta representante de la UE para Exteriores, Kaja Kallas, rechazó la tesis estadounidense de que Europa se encamina a la desaparición civilizatoria. Su intervención fue algo más que una réplica a Marco Rubio: fue una defensa del proyecto europeo frente al relato reaccionario sobre migración y decadencia, y una advertencia técnica sobre el colapso funcional del sistema multilateral. La discusión no es cultural, es institucional.

El choque de marcos: migración o modelo

El secretario de Estado de EE UU situó el debate en términos identitarios: fronteras, cohesión cultural, continuidad histórica. Es el guion habitual de la nueva derecha transatlántica. Kallas eligió otro ángulo: si Europa es un proyecto fallido, ¿por qué sigue ampliándose? ¿Por qué países candidatos —desde los Balcanes hasta Ucrania y Moldavia— mantienen su aspiración de adhesión pese a las exigencias democráticas y económicas?

La estonia respondió con datos políticos, no con consignas. La Unión Europea conserva capacidad de atracción normativa. El llamado “poder de ampliación” no es retórica: implica reformas judiciales, estándares ambientales, lucha contra la corrupción. La UE no exporta identidad; exporta reglas.

Reducir el debate a la migración masiva es funcional a quienes necesitan un antagonista cultural para cohesionar su electorado. Pero el problema estructural de Europa no es la diversidad demográfica, sino su dependencia estratégica —energética, tecnológica, militar— y la dificultad para traducir su peso económico en influencia geopolítica autónoma.

Un Consejo de Seguridad paralizado

Kallas fue más lejos al señalar que el Consejo de Seguridad de la ONU “no funciona”. La afirmación no es novedosa, pero adquiere relieve en un contexto de guerras abiertas y vetos cruzados. El diseño de 1945 otorga a cinco miembros permanentes poder de bloqueo. Cuando uno de ellos es parte directa en un conflicto, la arquitectura se vuelve disfuncional. No hay mecanismo efectivo de rendición de cuentas. El multilateralismo queda reducido a declaraciones.

La discusión en Múnich giró también en torno a la autonomía europea. Tras la invasión rusa de Ucrania y la guerra prolongada en Gaza, la UE ha incrementado su gasto en defensa y ha activado instrumentos financieros comunes. Sin embargo, sigue dependiendo del paraguas de la OTAN y, por extensión, de Washington.

El mensaje implícito de Rubio —Europa debilitada por su propio liberalismo— no es inocente. Encaja con una visión en la que Estados Unidos redefine prioridades y exige a sus aliados mayor carga financiera. Kallas, al defender que Europa “empuja a avanzar a la humanidad”, no apeló a superioridad moral, sino a un modelo basado en derechos, Estado de derecho y cooperación.

La cuestión es si ese modelo puede sostenerse en un entorno internacional donde potencias con veto incumplen normas sin consecuencias. Cuando Kallas habla de “países por encima de la ley”, alude a una fractura central: el orden basado en reglas solo funciona si las reglas vinculan también a los más fuertes.

Más que retórica “woke”

El término “Europa woke y decadente” circula como caricatura en determinados foros conservadores. Funciona como etiqueta deslegitimadora. Pero la disputa real no es cultural, sino distributiva y estratégica. ¿Quién define las normas del comercio, de la transición energética, de la inteligencia artificial? ¿Quién asume costes y quién obtiene beneficios?

Europa enfrenta tensiones internas —auge de la extrema derecha, desigualdades territoriales, fatiga institucional—, pero no está al borde de la desaparición. Está en una fase de redefinición. La ampliación hacia el Este, la transición verde y la reforma de la gobernanza económica son debates abiertos.

Kallas situó el foco donde duele: en la arquitectura global que permite que un Estado inicie una guerra sin consecuencias estructurales. Esa crítica no es antiestadounidense ni antirrusa; es sistémica. Si el Consejo de Seguridad no puede garantizar rendición de cuentas, el derecho internacional se convierte en declaración aspiracional.

En febrero de 2026, la pregunta no es si Europa sobrevive como civilización. La pregunta es si logra traducir su potencia normativa en capacidad política efectiva dentro de un orden internacional que ya no responde a las reglas que dice defender.

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