Estados Unidos atacará China

Si Trump atacó a Venezuela por las drogas, el próximo objetivo lógico es China. El fentanilo mata a más estadounidenses que cualquier guerra. Si su origen justifica el uso de la fuerza, la lógica de Washington conduce a un lugar que nadie quiere nombrar

05 de Enero de 2026
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xi jinping Trump Estados Unidos

Washington celebró la captura de Nicolás Maduro como si se tratara de una victoria largamente postergada. El presidente Donald Trump apareció ante las cámaras con el tono de quien cree haber cerrado un capítulo incómodo de la historia. Venezuela había sido atacada en nombre de la seguridad nacional, la lucha contra el narcotráfico y la defensa de vidas estadounidenses. El mensaje era simple, casi brutal: los países desde donde salen drogas mortales hacia Estados Unidos ya no gozan de inmunidad política.

Pero esa lógica, repetida como un mantra desde la Casa Blanca, tiene una consecuencia incómoda que nadie en Washington parece dispuesto a formular en voz alta. Si el criterio para usar la fuerza es la procedencia de las drogas que matan estadounidenses, el siguiente objetivo no está en América Latina. Está al otro lado del Pacífico.

El fentanilo, la droga más letal en la historia de Estados Unidos, no proviene de Venezuela. No se produce en Colombia, ni en México (al menos no en su origen químico). Sus precursores químicos salen mayoritariamente de China, de fábricas legales que operan en un sistema industrial difícil de auditar y aún más difícil de controlar. Así lo reconocen informes de la DEA, del Congreso y de sucesivas administraciones estadounidenses, republicanas y demócratas.

Más de 100.000 estadounidenses mueren cada año por sobredosis, la mayoría vinculadas al fentanilo. Ninguna guerra exterior ha causado semejante número de víctimas. Ningún atentado terrorista se le aproxima. Si la “legítima defensa” se mide en cadáveres, China supera con creces a cualquier Estado latinoamericano. La contradicción no es accidental; es estructural.

Cuando Trump justificó la ofensiva contra Venezuela, sus funcionarios hablaron de “narcoterrorismo”, de rutas de drogas, de amenazas directas a la seguridad nacional. El concepto es lo suficientemente amplio como para abarcar casi cualquier cosa, y lo suficientemente vago como para no exigir pruebas concluyentes. Bajo ese paraguas, la captura de un jefe de Estado se volvió defendible. Bajo ese mismo paraguas, el mapa de enemigos potenciales se expande peligrosamente.

Pero China no es Venezuela. No es un Estado colapsado, ni una economía en ruinas, ni un régimen aislado. Es la segunda potencia mundial, el principal rival estratégico de Estados Unidos y el corazón de las cadenas globales de suministro. Aplicar a Pekín la misma lógica utilizada contra Caracas implicaría algo impensable: admitir que la guerra contra las drogas conduce inevitablemente a una confrontación entre grandes potencias. Y ahí la retórica se detiene.

En público, la administración Trump acusa a China de “no hacer lo suficiente” contra el fentanilo. En privado, sabe que el problema no se resuelve con portaaviones ni comandos especiales. Atacar a Venezuela era militarmente viable, políticamente manejable y simbólicamente útil. Atacar a China, incluso de forma indirecta, sería abrir una guerra que Estados Unidos no puede controlar.

La selectividad revela el verdadero criterio. No se trata solo de drogas, ni siquiera principalmente de drogas. Se trata de dónde puede usarse la fuerza sin consecuencias existenciales. Venezuela era un blanco posible. China no lo es.

Eso no impide que la narrativa funcione hacia adentro. Para el electorado trumpista, el vínculo entre drogas, fronteras y enemigos externos ofrece una explicación sencilla para una tragedia compleja. El fentanilo deja de ser un fracaso de salud pública y se convierte en un acto hostil extranjero. El problema es que, llevado hasta sus últimas consecuencias, ese marco conceptual no distingue entre Estados débiles y superpotencias nucleares.

Algunos diplomáticos europeos lo dicen en privado con ironía amarga: si Washington realmente cree que la procedencia de las drogas justifica el uso de la fuerza, el orden internacional ha entrado en una zona donde las reglas ya no importan, solo el tamaño del adversario.

Por ahora, China observa en silencio. Ha visto caer a Maduro esposado, ha escuchado a funcionarios estadounidenses hablar de “precedentes” y ha tomado nota. No porque tema una operación militar, sino porque entiende el mensaje más profundo: Estados Unidos está dispuesto a reinterpretar las normas cuando le conviene.

En ese sentido, Venezuela no fue el final de una historia, sino el primer capítulo de otra más peligrosa. Una en la que la guerra contra las drogas deja de ser una metáfora y se convierte en una coartada. Y una en la que la coherencia del argumento importa menos que la capacidad de imponerlo. Porque si el fentanilo es la guerra, China es el frente.Y nadie en Washington quiere admitir lo que eso realmente  significa.

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