España ganó el Mundial y durante unas horas se suspendió esa guerra civil de baja intensidad en la que el país parece instalado desde hace demasiado tiempo. La selección derrotó a Argentina en la final disputada el 19 de julio en Nueva Jersey, conquistó su segunda Copa del Mundo y fue recibida al día siguiente en Madrid por una multitud que llenó el recorrido hasta Cibeles.
La gente salió a la calle con banderas que en cualquier otro contexto habría mirado con prevención. Cantó el nombre de España sin necesidad de justificarlo, sin preguntarse quién había utilizado antes aquellas palabras y sin comprobar si el vecino pertenecía al bloque ideológico adecuado.
El fútbol consiguió algo extraordinario en un país que ha convertido casi cualquier conversación en una frontera y, durante unas horas, España dejó de ser una discusión para volver a convertirse en una comunidad de ciudadanos.
No conviene idealizar demasiado el acontecimiento. Un campeonato no resuelve el problema de la vivienda, no reduce la desigualdad, no acorta las listas de espera ni mejora el funcionamiento de las instituciones. La euforia deportiva tiene una fecha de caducidad muy precisa. Llega, ilumina las plazas y desaparece. Sin embargo, sería un error reducir lo sucedido a una simple celebración deportiva.
La selección ofrece una idea de España que la política lleva demasiado tiempo sin saber construir. Es una identidad abierta, mestiza, democrática y compatible con la pluralidad. No exige compartir una determinada visión de la historia ni obliga a escoger entre dos maneras irreconciliables de entender el país. Basta con reconocer que existe un espacio común donde personas muy distintas pueden sentirse representadas. Ahí reside buena parte de su fuerza.
Muchos ciudadanos que desconfían de los discursos patrióticos celebraron la victoria sin ningún reparo. Personas que jamás acudirían a un acto organizado alrededor de una bandera aceptaron llevarla sobre los hombros. No cambiaron de ideas. Descubrieron, simplemente, que también tenían derecho a sentirse parte de ese nosotros.
La selección ha construido una idea de España mucho más inclusiva que la defendida durante años por quienes han pretendido monopolizar sus símbolos.
En ese equipo conviven apellidos, acentos, orígenes y trayectorias personales muy diferentes. La diversidad no aparece como un problema que haya que corregir, sino como una de las razones del éxito colectivo. El país se reconoce en futbolistas que representan una España infinitamente más parecida a la sociedad real que aquella visión uniforme con la que algunos continúan identificando el patriotismo.
La selección ha conseguido algo que la política española todavía no ha sido capaz de hacer. Ha demostrado que es posible sentirse orgulloso de España sin convertir ese orgullo en un arma arrojadiza.
Durante demasiado tiempo una parte de la derecha ha actuado como si la bandera, el himno o la propia idea de España le pertenecieran en exclusiva. Ha confundido patriotismo con propiedad y ha tratado cualquier forma distinta de entender el país como una expresión de tibieza o incluso de deslealtad. Esa apropiación de los símbolos ha empobrecido el debate público y ha terminado proyectando la falsa idea de que existen ciudadanos con un vínculo más legítimo que otros con su propio país. Ese ha sido uno de los grandes errores de nuestra democracia.
Porque un país nunca pertenece a quienes más veces pronuncian su nombre. Pertenece también a quienes lo defienden fortaleciendo la sanidad y la educación públicas, ampliando derechos, garantizando la igualdad entre hombres y mujeres, protegiendo las pensiones o construyendo instituciones más limpias y transparentes. También existe un patriotismo que consiste en mejorar la vida de la gente.
La izquierda tampoco ha sabido responder siempre a esa apropiación simbólica. En demasiadas ocasiones ha aceptado discutir en el terreno elegido por la derecha y ha terminado cediendo un espacio que jamás debió abandonar. Defender el Estado del bienestar, la cohesión territorial, la diversidad lingüística o una sociedad más abierta también es una forma de defender España. Quizá la mejor manera de disputar ese relato no consista en imitar el lenguaje del nacionalismo conservador, sino en demostrar que el orgullo de pertenecer a un país puede medirse por la calidad de su democracia y por la capacidad de no dejar a nadie atrás.
La memoria democrática no constituye el problema de España. Al contrario. Una democracia sólida necesita conocer su pasado, reconocer a las víctimas de la dictadura y preservar ese patrimonio cívico como una garantía para el futuro. Lo que fractura la convivencia no es recordar el franquismo. Lo que la deteriora es utilizar los símbolos nacionales para señalar quién pertenece plenamente al país y quién debe justificar constantemente su pertenencia.
La selección ofrece una enseñanza sencilla. Nadie pregunta a un futbolista qué vota antes de celebrar un gol. Nadie exige un certificado ideológico para abrazarse en una plaza. La pertenencia surge con naturalidad porque no depende de una identidad excluyente, sino de una emoción compartida.
Dentro de cuatro años, España organizará el Mundial de 2030 junto con Portugal y Marruecos. Será una oportunidad extraordinaria para mostrar al mundo un país moderno, plural y diverso. También para decidir qué relato quiere proyectar sobre sí mismo. Porque quizá el verdadero reto no consista en que la izquierda aprenda a hablar de España. Consiste en dejar de aceptar que otros decidan qué significa España. El país también pertenece a quienes defienden una sociedad más igualitaria, más abierta y más democrática. La selección lo recordó durante unas horas. La política sigue teniendo pendiente demostrar que también puede hacerlo.
Después llega el final, se apagan las luces y el país vuelve a discutir. Pero durante unas horas estuvo ahí. España no necesitó explicarse. Le bastó con celebrarse.
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