España acaba de dar un salto tecnológico extraordinario. Después de décadas de políticos mintiendo por su propia boca, hemos alcanzado un nivel superior de sofisticación: ahora pueden conseguir que las mentiras las pronuncie el adversario. Es el progreso. La inteligencia artificial, concebida para revolucionar la medicina, la ciencia, la industria y el conocimiento, ha encontrado finalmente su verdadera vocación nacional: fabricar gilipolleces electorales con apariencia humana. Y lo mejor es que no hace falta contratar a un humorista, tener talento ni siquiera pensar demasiado. Basta con una aplicación, una fotografía y la ausencia de escrúpulos que exige cualquier carrera política prometedora.
Génova descubre el Photoshop con cuerdas vocales
El Partido Popular ha publicado un vídeo elaborado con inteligencia artificial en el que Begoña Gómez, José Luis Rodríguez Zapatero, José Luis Ábalos y otros personajes vinculados al PSOE aparecen pronunciando frases que jamás han dicho. Una especie de teatrillo digital donde los protagonistas tienen la cara, la voz y los labios de personas reales, pero el guion lo escribe su adversario. Cincuenta y un segundos de creatividad política que, según las informaciones publicadas, acumularon cerca de dos millones de visualizaciones en sus primeras once horas. La democracia deliberativa puede dormir tranquila: el futuro consiste en acumular reproducciones antes de que alguien tenga tiempo de preguntarse qué demonios está viendo.
La portavoz popular Ester Muñoz defendió la ocurrencia asegurando que el vídeo era claramente artificial. También sostuvo que decía la verdad, lo cual constituye una aportación filosófica extraordinaria: las palabras son inventadas, las declaraciones nunca existieron, pero el contenido resulta verdadero porque así lo asegura quien lo ha fabricado. Aristóteles habría necesitado varias reencarnaciones para alcanzar semejante profundidad intelectual.
Feijóo tampoco entiende tanto escándalo. Desde su perspectiva, parece más preocupante la conducta de los socialistas que ponerles en la boca frases ficticias. Una defensa peculiar de la verdad: cuando el adversario merece una crítica, hasta sus declaraciones pueden confeccionarse a medida.
El PSOE se escandaliza y descubre la dignidad digital
En Ferraz, naturalmente, han reaccionado como si acabaran de descubrir la existencia del pecado. El Gobierno denuncia la manipulación y los socialistas estudian acciones legales. Conviene reconocerles el derecho a protestar, pero también recordar que llevamos demasiados años contemplando una política basada en eslóganes, dramatizaciones, insultos y campañas cuidadosamente diseñadas para evitar cualquier contacto peligroso con la inteligencia del votante. El PSOE había lanzado su campaña reivindicando ser zurdo, en respuesta a las provocaciones de Javier Milei. El PP contestó convirtiendo ese juego verbal en una colección de caricaturas sintéticas.
Entre unos reivindicando la zurdera y otros poniendo voces artificiales, el ciudadano que esperaba escuchar propuestas sobre vivienda, sanidad, salarios o pensiones debe sentirse profundamente agradecido.
Vox tampoco ha querido perderse la inauguración del circo tecnológico y ha comenzado a distribuir sus propias creaciones con inteligencia artificial. Era cuestión de tiempo. Si una herramienta permite multiplicar la bronca, reducir el pensamiento y producir propaganda sin descanso, nuestros partidos no iban a desaprovechar semejante oportunidad. Ya podemos imaginar los próximos debates electorales: Sánchez acusando a un Feijóo sintético, Feijóo respondiendo a un Sánchez artificial y Abascal denunciando una conspiración protagonizada por hologramas. Los ciudadanos, entretanto, intentando averiguar cuál de los tres personajes reales ha dicho algo útil durante los últimos seis meses.
Europa legisla contra los engaños y sus señorías buscan el botón de generar
Hay un pequeño inconveniente en tanta modernidad. Desde el 2 de agosto está vigente la aplicación de las obligaciones de transparencia del artículo 50 del Reglamento europeo de Inteligencia Artificial, cosa que, en este caso, nuestros protegonistas no han cumplido . La norma exige identificar determinadas falsificaciones audiovisuales generadas mediante IA. La sátira y la parodia tienen protección específica y obligaciones de identificación adaptadas, de modo que no todo vídeo grotesco constituye automáticamente una infracción. Pero la cuestión política es bastante más sencilla que la jurídica: ¿resulta aceptable que quienes aspiran a gobernarnos fabriquen declaraciones de personas reales para utilizarlas como munición electoral?
Porque aquí aparece la verdadera tomadura de pelo. Nuestros representantes llevan años pronunciando discursos solemnes sobre desinformación, injerencias extranjeras, manipulación electoral y protección de la democracia. Nos advierten de los peligros de Rusia, China y las grandes plataformas tecnológicas mientras algunos descubren, entusiasmados, que pueden hacer exactamente aquello que presentan como amenaza cuando viene de fuera. La diferencia, al parecer, está en quién pulsa el botón. Si lo hace un enemigo extranjero, hablamos de desestabilización democrática. Si lo hace un partido nacional, lo llamamos creatividad comunicativa y encargamos otra remesa de vídeos.
El ciudadano como último imbécil de la cadena
La sátira política merece protección, incluso cuando resulta desagradable, feroz o injusta. Pero existe una diferencia sustancial entre caricaturizar a un político y fabricar su imagen hablando con una voz que nunca utilizó. El problema no es que nuestros representantes se insulten; llevan décadas demostrando una habilidad casi artesanal para hacerlo. El problema es que empiezan a disponer de herramientas capaces de borrar la frontera entre lo sucedido y lo inventado, precisamente cuando deberían defenderla.
Quizá la próxima campaña nos permita contemplar a los candidatos prometiendo simultáneamente bajar impuestos, subir pensiones, resolver la vivienda y colonizar Marte. Todo generado por inteligencia artificial, naturalmente. Aunque tampoco sería una novedad absoluta: algunas promesas electorales llevan años pareciendo escritas por una máquina sin relación alguna con la realidad.
La única diferencia es que ahora, cuando un político diga una barbaridad, tendremos que comprobar si ha sido realmente él. Y cuando prometa algo razonable, probablemente también.
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