Hay una idea que durante mucho tiempo resultó cómoda, y quizá también tranquilizadora, la de que no tomar partido era una forma de independencia. Una manera de situarse por encima del ruido, de no dejarse arrastrar por la lógica de bandos, de preservar una cierta limpieza en medio de la confrontación.
No era una mala idea. O, al menos, no lo parecía. Durante años, esa posición tuvo algo de elegancia. Permitía observar sin implicarse demasiado, opinar sin comprometerse del todo, moverse en un espacio donde la prudencia se confundía fácilmente con la lucidez. Había en ello incluso una cierta sofisticación, como si la distancia otorgara una ventaja moral frente a quienes se alineaban sin matices.
Pero las ideas, como las circunstancias, cambian. Y hay momentos en los que esa misma actitud empieza a producir un efecto distinto. No sucede de forma brusca. No hay un instante claro en el que uno pueda decir: aquí terminó la prudencia y empezó otra cosa. Es más bien un deslizamiento. Un cambio casi imperceptible en el significado de los gestos. Lo que antes parecía equilibrio empieza a parecer otra cosa. Una forma de ausencia.
Porque cuando el contexto se altera, también lo hacen las posiciones que se adoptan en él. Y cuando determinados discursos, que hace no tanto quedaban fuera de los márgenes, empiezan a instalarse con naturalidad en el centro del debate, la decisión de no intervenir deja de ser neutra. Empieza a tener consecuencias.
No porque quien opta por esa posición quiera influir en un sentido u otro, sino precisamente porque renuncia a hacerlo. Y esa renuncia, en determinados momentos, no es inocua. La equidistancia tiene una peculiaridad, no detiene nada. Observa, acompaña, deja que las cosas ocurran.
Confía, quizá, en que el equilibrio se sostenga por sí mismo, como si la democracia fuera un mecanismo que funciona de manera automática, al margen de la voluntad de quienes la habitan. Pero la experiencia, esa palabra a la que siempre volvemos cuando las certezas fallan, sugiere otra cosa. Sugiere que ese equilibrio es frágil. Más de lo que nos gusta admitir.
Las palabras cambian de significado y los límites se desplazan, y cuando lo hacen sin que haya una respuesta proporcional, lo que se transforma no es solo el lenguaje, sino el marco en el que se toman decisiones que afectan a la vida común. En ese proceso, el silencio no actúa como freno. Más bien como un espacio donde casi todo puede crecer sin demasiada resistencia.
Hay quien prefiere no verlo así. Prefiere pensar que mantenerse en el centro es la mejor manera de evitar los excesos. Es una idea razonable. Incluso atractiva. Pero empieza a quedarse corta cuando lo que está en juego no es una diferencia de matices, sino la orientación general de un país.
Porque no todas las posiciones son equivalentes. Y no todas las decisiones admiten la misma distancia.
En determinados momentos, y quizá este sea uno de ellos, la historia no se escribe en los márgenes, sino en el centro del conflicto. Es ahí donde se define, aunque no siempre se perciba en el instante, el sentido de lo que vendrá después. Quedarse fuera puede parecer una forma de evitar el ruido, pero también es una forma de renunciar a intervenir en ese resultado.Y esa renuncia, con el tiempo, deja rastro.
Se percibe en la normalización de discursos que antes provocaban rechazo, en la facilidad con la que ciertas ideas encuentran hoy un espacio que antes no tenían, en la sensación, difusa pero persistente, de que los límites ya no son del todo claros. Nada de eso ocurre de golpe. Es una acumulación de pequeños gestos, de decisiones mínimas, de silencios.
Y en ese proceso, quienes avanzan con más determinación encuentran menos obstáculos. No necesariamente porque tengan más razón, sino porque ocupan un espacio que otros han decidido no disputar. Ahí es donde la equidistancia cambia de naturaleza y deja de ser una posición intermedia. Se convierte en una forma de inclinación.
Discreta, sí. Pero no por ello menos efectiva. Porque al no oponerse, permite que lo que ocurre continúe. Que las dinámicas se consoliden. Que lo excepcional se vuelva habitual. Y cuando uno mira atrás, descubre que aquello que parecía improbable ya forma parte de la normalidad. Sin grandes gestos, sin declaraciones rotundas, solo a través de una suma de ausencias.
Por eso, en momentos como el actual, la pregunta ya no es si uno quiere implicarse, sino si realmente puede permitirse no hacerlo. Porque hay situaciones en las que no elegir también es una forma de elegir. Y es ahí, precisamente ahí, donde se decide más de lo que parece.