Energía eléctrica, el arma definitiva de España para poner a Marruecos en su sitio

La interconexión submarina entre Tarifa y Fardioua es mucho más importante para Rabat que para Madrid

11 de Agosto de 2026
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Energía eléctrica Marruecos
Imagen creada con la herramienta Grok de IA

La crisis de Ceuta ha obligado a España a mirar bajo el agua. A 29 kilómetros de la costa, enterrados en el lecho del Estrecho de Gibraltar y a cientos de metros de profundidad, varios cables eléctricos conectan el sistema español con el marroquí. Son una infraestructura invisible para la mayoría de los ciudadanos, pero de enorme valor estratégico para Rabat. La electricidad que cruza desde Tarifa no solo ilumina hogares y fábricas. También estabiliza la red marroquí, reduce el riesgo de apagones, sostiene polos industriales y conecta técnicamente a Marruecos con el sistema eléctrico europeo.

Esa interdependencia tiene una característica que la convierte en una herramienta de presión extraordinariamente poderosa: es asimétrica. España puede funcionar sin esa conexión con Marruecos. Marruecos, en cambio, la necesita mucho más. La capacidad comercial actual es de aproximadamente 900 megavatios en dirección España-Marruecos y 600 megavatios en sentido contrario, según la Agencia Internacional de la Energía. Las dos conexiones submarinas tienen una capacidad térmica conjunta de 1.400 megavatios y fueron puestas en servicio en 1997 y 2006.

La cuestión política que plantea esta dependencia no es si España debe cortar mañana el cable eléctrico. No debería hacerlo de forma precipitada. La cuestión es por qué Madrid se niega incluso a reconocer que la interconexión puede formar parte de una estrategia de disuasión frente a Marruecos. Un Estado que permite que otro utilice la migración, la presión fronteriza y la ambigüedad territorial contra sus intereses no puede renunciar voluntariamente a todas sus palancas de respuesta. La energía no tiene por qué convertirse en un arma inmediata, pero sí debe formar parte del cálculo diplomático.

Infraestructura crítica para Rabat

El proyecto REMO nació con una lógica de cooperación. España y Marruecos construyeron una conexión eléctrica que pretendía mejorar la estabilidad del sistema marroquí, favorecer el desarrollo industrial y acercar el norte de África al mercado energético europeo. La primera línea comenzó a funcionar en 1997 con 700 megavatios de capacidad técnica. La segunda, finalizada en 2006, duplicó la capacidad hasta alcanzar los 1.400 megavatios.

La infraestructura cumple dos funciones diferentes. La primera es transportar energía. La segunda, mucho más importante, es proporcionar estabilidad de red. Una interconexión no actúa solamente cuando un país necesita importar electricidad. También permite compensar variaciones de frecuencia, responder a cambios bruscos de demanda y servir como respaldo ante el fallo de una central o de una línea. El investigador Ignacio Urbasos ha explicado que el enlace sostiene la frecuencia de la red marroquí y permite compensar alteraciones en milisegundos.

Eso convierte la conexión en un seguro frente a los apagones. Marruecos ha logrado mejorar la fiabilidad de su sistema eléctrico y atraer industrias que necesitan un suministro estable. El enlace ha ayudado a consolidar infraestructuras como Tánger Med y las zonas industriales del norte del país. En otras palabras, España no solo ha vendido electricidad a su vecino. También ha contribuido a construir las condiciones materiales del crecimiento económico marroquí.

No hay nada ilegítimo en esa cooperación. La estabilidad de Marruecos puede ser beneficiosa para España y para Europa. Un sistema energético más fiable reduce la pobreza, mejora la productividad y facilita la industrialización. El problema surge cuando esa relación no va acompañada de reciprocidad política. España ha aportado estabilidad energética, acceso comercial e integración europea, mientras Marruecos conserva la capacidad de utilizar las fronteras como instrumento de presión y mantiene reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla.

La cooperación sin límites puede terminar financiando la capacidad de presión del otro.

Dependencia asimétrica

El proyecto REMO fue concebido como una conexión bidireccional, pero el flujo ha sido mayoritariamente de España hacia Marruecos. La capacidad comercial de 900 megavatios hacia el sur frente a 600 hacia el norte refleja esa realidad. La interconexión puede ayudar a ambos países, pero no tiene el mismo valor estratégico para los dos. La Agencia Internacional de la Energía ha señalado que la capacidad de España para importar desde Marruecos es menor que la que tiene para exportar y que, desde el punto de vista de la seguridad de suministro, la dependencia marroquí es más acusada.

El carácter asimétrico no significa que España pueda actuar sin consecuencias. Un corte abrupto afectaría a empresas españolas que operan en Marruecos, dañaría la imagen de fiabilidad de España como socio energético y podría provocar una reacción diplomática inmediata. También pondría en riesgo la propia estrategia europea de integración eléctrica con el norte de África. La UE intenta aumentar las interconexiones, desarrollar energías renovables y vincular los sistemas del Mediterráneo a una red más flexible. Una ruptura unilateral enviaría el mensaje contrario.

Pero tampoco puede sostenerse que la interconexión sea políticamente neutral. Toda infraestructura crítica crea dependencia. Los gasoductos, los puertos, las redes de telecomunicaciones, los cables submarinos y las líneas eléctricas forman parte de la geopolítica contemporánea. Rusia utilizó durante años la dependencia energética europea para aumentar su capacidad de presión. Europa respondió, después de la invasión de Ucrania, reduciendo su exposición al gas ruso. La lección es evidente: la interdependencia solo es segura cuando existe confianza y cuando ambas partes pueden sobrevivir a una ruptura.

Con Marruecos, esa confianza se ha deteriorado. La crisis de Ceuta, el cambio español sobre el Sáhara Occidental, el espionaje con Pegasus, las tensiones sobre las aguas canarias y los episodios de presión migratoria han construido una relación en la que la cooperación convive con la sospecha. En ese contexto, España debe analizar la interconexión no solo como un proyecto técnico, sino como un activo estratégico.

¿Cortar o advertir?

La propuesta de desconectar el suministro eléctrico es una respuesta contundente a una agresión de guerra híbrida. Sin embargo, hay una diferencia esencial entre cortar el flujo y utilizar la posibilidad de hacerlo como elemento de disuasión. La primera medida sería un acto de escalada extrema. La segunda, una señal diplomática.

España debería comunicar a Marruecos, de forma privada pero inequívoca, que la cooperación energética no es incondicional. La continuidad del suministro depende de una relación basada en el respeto a la soberanía, la no instrumentalización de la migración y el cumplimiento de los compromisos bilaterales. Si Rabat vuelve a utilizar la frontera como mecanismo de coerción, algo que no es descartable en el corto plazo, Madrid debe activar una respuesta gradual que incluya la revisión de acuerdos energéticos y comerciales.

Esa respuesta debería empezar con mecanismos de consulta, advertencias formales, revisión de beneficios económicos y suspensión de nuevas inversiones estratégicas. Solo después, si existieran pruebas claras de una operación estatal y si se agotaran las vías diplomáticas, podría plantearse una reducción temporal y legalmente justificada del intercambio. La decisión tendría que coordinarse con la Comisión Europea y con los operadores del sistema para evitar consecuencias sobre la seguridad eléctrica y sobre terceros.

La idea de un castigo instantáneo puede ser popular, pero la disuasión eficaz no consiste en reaccionar con furia. Consiste en demostrar que existe un coste previsible para quien cruza una línea roja. Marruecos debe saber que no puede obtener beneficios económicos de la cooperación mientras utiliza la presión migratoria contra España. Pero también debe saber que las medidas españolas serán proporcionales, legales y sostenibles.

La tercera interconexión

España y Marruecos acordaron en 2019 estudiar una tercera interconexión eléctrica con capacidad técnica de 700 megavatios. Red Eléctrica calculó que el proyecto podría incrementar la capacidad comercial conjunta y generar ingresos adicionales para el sistema español. La inversión prevista rondaba los 150 millones de euros, con una participación española de aproximadamente 75 millones.

La ampliación tendría una lógica económica y energética. Permitiría integrar más renovables, mejorar el intercambio y aumentar la flexibilidad del sistema. Pero la crisis de Ceuta obliga a revisar el proyecto desde una perspectiva política. ¿Tiene sentido aumentar la dependencia energética marroquí sin resolver antes el problema de la confianza bilateral? ¿Debe España financiar una infraestructura que puede reforzar la capacidad económica de un país que utiliza la presión migratoria contra ella? ¿Qué cláusulas de seguridad y reciprocidad deberían incluirse?

No se trata de abandonar automáticamente la tercera conexión. Se trata de no actuar como si las infraestructuras existieran fuera de la política. Cualquier nuevo enlace debería incorporar cláusulas de continuidad, mecanismos de arbitraje, protocolos de crisis y condiciones relacionadas con la cooperación fronteriza. La UE debe participar en ese diseño y evitar que la interconexión se convierta en una transferencia de poder sin garantías.

La misma lógica debería aplicarse a la financiación europea. Si Bruselas considera que la cooperación energética con Marruecos es estratégica, debe exigir al país estándares claros de comportamiento. No tiene sentido que la UE financie infraestructuras, comercio y control migratorio sin disponer de mecanismos eficaces para responder cuando Rabat utiliza la interdependencia como presión.

El arma económica de Europa

La electricidad no es la única palanca. Europa tiene instrumentos económicos mucho más amplios: acceso al mercado único, política de visados, cooperación financiera, aranceles, inversiones, acuerdos agrícolas, pesca, transporte y financiación de proyectos. El comisario europeo de Migración, Magnus Brunner, ha afirmado que la UE debe utilizar todas las herramientas disponibles, incluida la política de visados y el comercio, para garantizar la cooperación marroquí en materia migratoria.

Ese planteamiento confirma que la respuesta no debe quedar reducida a un cable submarino. España no debe exponerse a una escalada energética sin haber construido antes una estrategia europea. Si Madrid corta unilateralmente el suministro, Marruecos puede presentarse como víctima de una agresión y buscar apoyo en Estados Unidos, China u otros actores. Si la UE actúa conjuntamente, el mensaje tendrá más fuerza y el coste de represalias marroquíes será menor.

La coordinación también protege a España frente a la acusación de utilizar la energía como arma política. Las sanciones económicas y las restricciones comerciales deben estar basadas en reglas, ser proporcionales y responder a conductas demostrables. El Estado de derecho no puede sustituirse por una reacción emocional.

España posee una enorme capacidad económica, pero a menudo no la utiliza. La dependencia marroquí del mercado europeo es mucho mayor que la dependencia española del mercado marroquí. La Unión Europea es el principal socio comercial de Rabat y absorbe una parte esencial de sus exportaciones. Esa relación permite condicionar el acceso, revisar ventajas y exigir cumplimiento. La energía es una palanca relevante, pero no necesariamente la más eficaz.

El riesgo de la escalada

Desconectar la interconexión podría producir una reacción marroquí en varios frentes. Rabat podría intensificar la presión migratoria, bloquear cooperación antiterrorista, endurecer la relación comercial, recurrir a campañas de desinformación o buscar apoyo internacional contra España. También podría acelerar proyectos alternativos de generación e interconexión para reducir su dependencia. La medida podría ser interpretada como una declaración de hostilidad y cerrar el espacio de negociación.

Existe además un riesgo de seguridad. Las infraestructuras submarinas son sensibles. Si la conexión se convierte públicamente en un objetivo estratégico, aumentará la presión sobre los cables, las estaciones terminales y las redes asociadas. España debe proteger esas infraestructuras, mejorar la vigilancia marítima y reforzar la cooperación europea en materia de cables submarinos. Pero no debe proporcionar instrucciones operativas sobre cómo sabotearlas ni convertir el debate energético en un manual de confrontación.

La verdadera disuasión debe ser visible sin ser destructiva. Marruecos debe saber que España dispone de opciones, pero no necesariamente cuáles activaría ni en qué momento. Una estrategia eficaz mantiene cierto grado de ambigüedad. El objetivo es convencer al adversario de que la escalada tendrá un precio, no anunciar con detalle cada paso que podría adoptar Madrid.

La respuesta definitiva

La respuesta española al ataque híbrido de Ceuta no puede limitarse a una desconexión eléctrica. Un “golpe definitivo” no consiste en apagar una línea y esperar que el problema desaparezca. Consiste en desmontar el modelo de dependencia que permite a Marruecos presionar a España mientras recibe beneficios de la cooperación.

Eso exige reforzar las capacidades de Ceuta y Melilla, pedir consultas en la OTAN, movilizar a la Unión Europea, condicionar fondos y acuerdos, revisar la política sobre el Sáhara Occidental, aumentar la vigilancia de fronteras, proteger las infraestructuras críticas y transparentar todos los compromisos con Rabat. La energía debe formar parte de ese paquete, pero como instrumento calibrado y no como reacción automática.

España también necesita diversificar sus conexiones europeas. La Península sigue teniendo una interconexión insuficiente con el continente, y aumentar su integración con Francia y Portugal reduciría la necesidad de utilizar el enlace marroquí como elemento de equilibrio. Una estrategia energética verdaderamente soberana no consiste en cortar a Marruecos, sino en evitar que cualquier país tenga capacidad de condicionarnos.

La mayor debilidad de Madrid no es que dependa de Marruecos. Es que Marruecos sabe que España no se atreve a recordarle cuánto depende él de España.

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