En el 250 aniversario de EEUU, los trapos sucios de los Padres Fundadores

El Semiquincentenario recupera la épica de 1776, pero también sus sombras: alcohol, deudas, esclavitud, vanidad, líos de cama y mucha menos solemnidad de la que admiten los manuales escolares

07 de Julio de 2026
Actualizado el 23 de julio
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250 Aniversario Firma Declaración Independencia Estados Unidos
Firma de la Declaración de Independencia, de John Trumbull

Este 2026, Estados Unidos cumple 250 años. La maquinaria conmemorativa hablará del Semiquincentenario con tono de mármol, banderas y banda sonora de destino manifiesto. Pero la independencia no nació como una escena limpia de museo. Fue un proceso caótico, carísimo, lleno de disputas, moscas, tabernas, egos inflamados, odios, envidias y contradicciones morales que todavía incomodan, pero se cuentan en los libros de historia, no en las pelis, claro.

La Declaración de Independencia no se firmó solemnemente el 4 de julio de 1776. Ese día se aprobó el texto definitivo. La ruptura política se había votado el 2 de julio y la firma del pergamino se produjo semanas después, principalmente el 2 de agosto. John Adams, convencido de que el 2 de julio debía ser la gran fecha nacional, pasó media vida irritado por el triunfo simbólico del día 4. Para añadir épica de andar por casa, Filadelfia soportaba aquel verano un calor pegajoso y una plaga de moscas procedentes de establos cercanos. Los próceres firmaban la libertad a toda leche, mientras los insectos les taladraban las piernas bajo las medias.

El combustible de la revolución tampoco fue precisamente ascético. En el City Tavern, punto de reunión informal del Congreso Continental, se bebía Madeira, ron, cerveza y flip, una mezcla caliente de cerveza, ron y azúcar agitada con un hierro al rojo vivo. La democracia moderna, vista de cerca, olía menos a pergamino sagrado que a taberna recalentada y prostituta en el desván.

Benjamin Franklin fue mucho más que el anciano simpático del pararrayos. Impresor, editor, científico, diplomático y maestro de la autopromoción, entendió antes que casi nadie que una revolución necesitaba dinero, propaganda y aliados. En Francia convirtió su aspecto de sabio rústico americano en una marca política irresistible. Su misión fue decisiva: sin apoyo francés, la independencia habría tenido muchas menos posibilidades de sobrevivir. También dejó una vida privada con cientos de amantes, cartas ambiguas en lo sexual y en lo político y una fama de viejo libertino que no dañó demasiado su utilidad pública.

George Washington, convertido después en estatua moral de la nación, fue también un hombre de negocios atento al rendimiento de sus tierras. Su grandeza política estuvo en renunciar al poder militar y aceptar límites institucionales, algo nada menor en una época de generales con tentaciones de César. Pero en Mount Vernon también explotó trabajo esclavo, exterminó indios y terminó levantando una de las mayores destilerías de whisky del país. El héroe republicano defendía el sacrificio, la autoridad y el mercado del alcohol con idéntica seriedad.

Thomas Jefferson escribió que todos los hombres nacen iguales mientras vivía rodeado de esclavos y esclavas en Monticello. Fue arquitecto, naturalista, lector voraz y redactor de una de las prosas políticas más influyentes de la historia moderna. También fue un aristócrata endeudado hasta el cuello, incapaz de moderar sus gastos en vinos, libros, muebles y reformas. Su legado sigue partido en dos: el ideólogo de la libertad y el propietario esclavista que nunca aplicó sus principios a su propia casa.

Alexander Hamilton llegó de las Antillas sin fortuna familiar y terminó diseñando buena parte del sistema financiero estadounidense: deuda pública, banco nacional, crédito federal y una visión comercial del nuevo país. Era brillante, agresivo y extraordinariamente vulnerable a su propio temperamento. El escándalo con Maria Reynolds lo obligó a publicar un folleto confesando su adulterio para defenderse de acusaciones de corrupción. Fue una jugada típicamente hamiltoniana: salvar la reputación pública incendiando la privada.

James Madison, menudo, enfermizo y cerebral, fue uno de los grandes arquitectos de la Constitución. Sus notas de la Convención de Filadelfia son esenciales para entender cómo se pensó el sistema de equilibrios, poderes y contrapesos. También impulsó la Carta de Derechos. En casa, sin embargo, vivió bajo la sombra social de Dolley Madison y bajo el desastre financiero de su hijastro, John Payne Todd, cuyas deudas de juego acabaron devorando el patrimonio familiar.

John Adams fue el revolucionario incómodo: brillante, trabajador, moralista y con una capacidad casi artística para sentirse menospreciado. Defendió la independencia con una claridad decisiva y luego fue el primer vicepresidente y el segundo presidente del país. Pero su carácter áspero, su desconfianza y su falta de carisma lo condenaron a vivir comparándose con Washington, Franklin y Jefferson. Para rematar la ironía histórica, murió el 4 de julio de 1826, el mismo día que Jefferson, justo cuando se cumplían 50 años de la Declaración.

John Jay no tuvo el brillo popular de otros fundadores, pero fue una pieza clave: diplomático, presidente del Congreso Continental, negociador del Tratado de París y primer presidente del Tribunal Supremo de Estados Unidos. Su papel en inteligencia y diplomacia fue menos vistoso que sus duelos, sus discursos y sus escándalos, pero ayudó a convertir una rebelión en un Estado reconocible. Era el tipo de prócer que no llenaba tabernas, pero sostenía expedientes.

Y luego está Gouverneur Morris, quizá el más cinematográfico de todos. Aristócrata neoyorquino, brillante, cínico, mujeriego y con una pierna de madera, fue uno de los grandes estilistas jurídicos de la Constitución. A él se atribuye la formulación final del célebre “We the People”, una entrada mucho más poderosa que una simple lista de estados. Su vida privada fue un carrusel de amantes, diarios indiscretos y episodios diplomáticos en la Francia revolucionaria. Su mérito no fue menor: ayudó a dar forma literaria a la arquitectura política de un país que aún presume de esas palabras.

La independencia estadounidense no fue obra de santos, sino de hombres capaces de pensar instituciones duraderas mientras arrastraban deudas, prejuicios, esclavos, amantes, rencores y resacas. Quizá ahí reside su interés real: no en la pureza de los fundadores, sino en la tensión entre sus ideas más altas y sus vidas bastante menos presentables.

La verdad, que se ha explicado siempre a los que querían saberla, se confronta con las “verdades” de nuestra piel de toro.

En España, por el contrario, vivimos instalados en una curiosa religión civil donde cualquier dirigente pasa automáticamente de mortal a héroe... mientras ocupa el cargo. Cuando lo abandona, dependiendo del resultado electoral, puede convertirse en traidor, corrupto, fascista, comunista, golpista o visionario. Todo ello en menos tiempo del que tarda el CIS en publicar una encuesta.

Nuestro verdadero deporte nacional no es el fútbol. Es la canonización exprés. Y la excomunión inmediata.

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