Este martes, con Irán respondiendo con ataques sobre bases y aliados de Washington en la región y con el recuento civil creciendo, el presidente de Estados Unidos ha decidido explicar el mundo como mejor se le da: prometiendo “victorias” y anunciando reservas de armamento casi inagotables. La palabra “diplomacia” no aparece. El detalle de quién paga la factura, humana, energética y política, sí.
Trump ha escrito que las reservas estadounidenses, en rangos “medio y medio alto”, están en su mejor momento y que, en la práctica, el país dispone de un suministro “casi ilimitado” de ciertas armas. Lo presenta como garantía de éxito y duración: guerras que podrían “lucharse para siempre” con esos stocks. Hay que reconocerle coherencia: el mismo hombre que entiende la política como espectáculo entiende la guerra como logística de audiencia.
En ese marco, el insulto a Biden y el chiste privado sobre Zelenski no son un exabrupto colateral: son parte del mensaje. El presidente no está describiendo un estado de las fuerzas armadas; está vendiendo un relato de autosuficiencia muscular, una especie de “no necesitamos a nadie” que, traducido al lenguaje de los mercados, significa “prepárense para una fase larga y sucia”.
Mientras tanto, el Mando Central (CENTCOM) ha ido poniendo el pie de página operativo: instalaciones de mando y control de la Guardia Revolucionaria, defensas aéreas, emplazamientos de misiles y drones, aeródromos… y el aviso de que seguirá actuando contra lo que considera amenazas “inminentes”.
La guerra también es una cadena de suministro
Hay una forma poco épica, y muy real, de leer estas horas: como una pugna por rutas, nodos y capacidad de aguante. Irán ataca bases y objetivos en países del Golfo; EEUU golpea estructura militar; Israel amplía teatro; y la región se convierte en un tablero donde cada movimiento busca romper el eslabón del otro.
Los partes se acumulan y, con ellos, el riesgo de que el conflicto se convierta en una suma de “incidentes” que ya no controla nadie. Las autoridades estadounidenses han llegado a recomendar a sus ciudadanos abandonar de inmediato una larga lista de países y territorios de Oriente Medio por “graves riesgos” de seguridad.
En paralelo, el recuento de víctimas civiles que difunden organizaciones de derechos humanos empieza a fijar una cifra que no cabe en el discurso del “éxito”: HRANA habla de 742 civiles muertos desde el inicio de la ofensiva el 28 de febrero, incluyendo 176 menores, y 971 heridos (115 niños), además de cientos de fallecimientos aún pendientes de verificación y clasificación.
La promesa de “ganar” y la realidad de gobernar
Lo más inquietante no es que Trump hable como habla, lo hace desde hace años, sino el ecosistema institucional que lo acompaña, justificando una lógica de “acción preventiva” y empujando el conflicto hacia un terreno donde el control democrático queda para el final, si queda. En esa lógica, el Congreso es una molestia; la legalidad internacional, un decorado; y la opinión pública, un público objetivo.
A estas alturas, el problema de fondo ya no es solo Oriente Medio: es la normalización de una presidencia que convierte la guerra en una mezcla de branding industrial (“tenemos más y mejor que nadie”) y teología política (“civilización” contra “terroristas”), con un corolario práctico: si el arsenal es infinito, la tentación de usarlo también crece.
Y así, mientras la región se incendia por tramos, bases, puertos, aeropuertos, embajadas, refinerías, estrechos marítimos, el presidente de la mayor potencia militar del planeta presume de inventario como quien presume de stock en rebajas. Solo que aquí, cuando se agota la paciencia, no hay devolución.