El eco de Olof Palme en la política europea

La posición de Pedro Sánchez ante la ofensiva estadounidense contra Irán recupera una vieja tradición europea: la de una izquierda que respalda la alianza occidental sin renunciar a cierta autonomía política

05 de Marzo de 2026
Actualizado el 06 de marzo
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El eco de Olof Palme en la política europea
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una comparecencia en Moncloa.

Cada vez que Europa se enfrenta a una escalada militar impulsada desde Washington reaparece una cuestión incómoda: hasta qué punto los aliados deben acompañar automáticamente las decisiones de Estados Unidos. En la nueva crisis abierta tras los ataques contra Irán, el Gobierno de Pedro Sánchez ha optado por una posición que en la historia reciente de la política exterior europea tiene precedentes claros: sostener el vínculo atlántico sin renunciar a una voz propia.

La comparación histórica que ha reaparecido en algunos análisis parecía olvidada: la del primer ministro sueco Olof Palme. En los años setenta, Palme defendió una relación leal con el bloque occidental, pero no dudó en criticar operaciones militares que consideraba incompatibles con el derecho internacional. La analogía tiene límites evidentes. España no es la Suecia de entonces, ni el contexto internacional es comparable. Aun así, sirve para recordar algo que hoy escasea en la política europea: la disposición a introducir matices cuando el alineamiento automático parece la opción más cómoda.

Diplomacia frente a reflejos militares

La posición española ante la guerra en Irán responde a una lógica bastante reconocible ya que condena la escalada militar, defiende el derecho internacional y apuesta por una salida diplomática que evite que el conflicto se extienda por la región. No se trata de una postura simbólica. España forma parte de la OTAN, alberga infraestructuras militares relevantes para Estados Unidos y participa en el sistema de seguridad occidental. Precisamente por eso, el mensaje tiene peso político: no proviene de un actor neutral, sino de un aliado que pide prudencia desde dentro de la propia alianza.

En un momento en que buena parte del debate internacional vuelve a moverse hacia la lógica del enfrentamiento permanente, insistir en el derecho internacional y en el multilateralismo no es una excentricidad. Es, más bien, una manera de recordar cuáles son las reglas que Europa afirma querer defender.

Durante décadas, la socialdemocracia europea sostuvo una idea relativamente sencilla, la de que la cooperación atlántica no debía implicar subordinación política. Países como Suecia, Alemania o Francia combinaron durante largos periodos la colaboración con Estados Unidos con una política exterior propia.

Esa tradición se debilitó tras los atentados del 11 de septiembre y las guerras posteriores en Oriente Próximo. En aquel contexto, muchos gobiernos europeos optaron por acompañar la estrategia estadounidense sin demasiados matices. La experiencia posterior dejó un balance más complejo. Irak, Afganistán o Libia siguen apareciendo en el debate público como ejemplos de intervenciones cuyas consecuencias han sido, como mínimo, discutibles.

Desde esa perspectiva, la cautela española ante la escalada con Irán no parece una anomalía ideológica. Puede interpretarse también como una lectura de lo aprendido en las últimas décadas.

Entre la presión exterior y la política interna

La posición del Gobierno tiene también una dimensión doméstica evidente. En España, la guerra de Irak dejó una huella política profunda. Las intervenciones militares que carecen de respaldo internacional amplio suelen generar un rechazo social considerable. Sin embargo, reducir la postura española a un cálculo interno sería simplificar demasiado el problema. La crisis con Irán plantea una cuestión más amplia, la de la credibilidad de un sistema internacional que se presenta como basado en normas.

Cuando un aliado europeo recuerda que las operaciones militares deben ajustarse al derecho internacional, no necesariamente está debilitando la alianza occidental. Puede interpretarse, al contrario, como una defensa del marco jurídico que da legitimidad a esa alianza.

El episodio vuelve a plantear una discusión recurrente en la Unión Europea. Si Europa aspira a ser un actor global relevante, no basta con su peso económico. También necesita capacidad para formular posiciones políticas propias. La dependencia estratégica de Estados Unidos en materia de defensa sigue siendo una realidad evidente. Pero esa dependencia no obliga necesariamente a renunciar al análisis político autónomo.

En ese sentido, la actitud del Gobierno español apunta a una idea que lleva tiempo circulando en el debate europeo: la de una Europa capaz de ser aliada cuando corresponde, interlocutora cuando es necesario y crítica cuando las circunstancias lo exigen.

Una comparación inevitable

¿Es Pedro Sánchez el Olof Palme del siglo XXI? Probablemente la comparación resulte exagerada si se observa desde la escala histórica. Palme representó un momento muy particular de la política europea y actuó desde un país con una tradición de neutralidad muy distinta a la española. Pero la pregunta tampoco es del todo absurda. Lo que reaparece en esta crisis es la figura del dirigente europeo que recuerda que la política exterior no puede reducirse a reflejos automáticos.

En un mundo cada vez más dominado por la lógica de bloques, mantener una posición que combine lealtad atlántica y margen de autonomía implica asumir cierta incomodidad diplomática. No es la opción más sencilla. Y quizá por eso resulta significativa. En política internacional, a veces la responsabilidad consiste simplemente en recordar a los aliados que las decisiones también tienen consecuencias.

 

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