La memoria histórica no es un ejercicio de nostalgia, sino una trinchera contra la barbarie. Cada 11 de julio, el mundo vuelve la mirada hacia el este de Bosnia y Herzegovina para conmemorar el genocidio de Srebrenica, una herida abierta en el corazón de Europa que, treinta y un años después, se resiste a cicatrizar. Más de 8.300 hombres y niños musulmanes bosnios fueron sistemáticamente ejecutados en julio de 1995 por las fuerzas serbobosnias bajo el mando del general Ratko Mladić. Lo hicieron en una zona explícitamente declarada segura por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, ante los ojos atónitos y los brazos caídos de unos cascos azules incapaces de aplicar el mandato de protección internacional. Hoy, las voces de supervivientes como Almasa Salihovic, Azir Osmanovic y Amra Begic Fazlic resuenan desde el Centro Memorial de Srebrenica no solo como un lamento por el pasado, sino como una advertencia urgente sobre el presente.
La desgarradora lucidez de estos supervivientes radica en comprender que los procesos de exterminio no terminan cuando cesan los disparos. La destrucción de vidas humanas va precedida y sucedida por la destrucción de la verdad. La negación del horror es, por definición académica y sociológica, la última etapa de un genocidio. En el caso de Bosnia, esta fase ha evolucionado hacia un fenómeno aún más perverso: la glorificación de los criminales de guerra en los discursos políticos contemporáneos de la región, donde las nuevas generaciones son educadas bajo falsas narrativas que minimizan la matanza o transforman a los verdugos en héroes patrióticos. Este secuestro de la realidad histórica es el que permite establecer un paralelismo directo, incómodo y descarnado con el panorama actual de la geopolítica internacional.
El espejo en el que hoy se refleja la desidia de 1995 es la Franja de Gaza. El conflicto en Oriente Próximo y las operaciones militares masivas sobre la población civil palestina desvelan la misma arquitectura de impunidad que permitió la caída de Srebrenica. Al igual que entonces, la comunidad internacional asiste a la retransmisión en directo del sufrimiento humano entre declaraciones diplomáticas retóricas, resoluciones de alto el fuego bloqueadas en la ONU y el fracaso colectivo del multilateralismo. Los mismos eufemismos bélicos empleados en los años noventa para justificar la limpieza étnica en los Balcanes bajo el pretexto de la seguridad territorial se reeditan hoy para normalizar el desplazamiento forzado, el bloqueo de ayuda humanitaria y la devastación de infraestructuras vitales en el territorio palestino.
La historia no se repite por azar, sino por la sistemática impunidad que las grandes potencias conceden a los perpetradores cuando los intereses estratégicos pesan más que los derechos humanos.
La gran lección política del Centro Memorial de Srebrenica, edificado precisamente sobre las ruinas de la antigua base de la ONU donde miles buscaron refugio en vano, es que los espacios protegidos por el derecho internacional son de papel si no existe la voluntad política global de defenderlos. Cuando la Corte Internacional de Justicia y el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia calificaron legalmente los hechos de Srebrenica como un acto de genocidio, lo hicieron tras años de un farragoso proceso judicial que llegó demasiado tarde para las víctimas sepultadas en fosas comunes. El paralelismo institucional es total: los pronunciamientos actuales de los altos tribunales de La Haya respecto a las denuncias por la situación en Palestina son ignorados sistemáticamente por los actores sobre el terreno, protegidos por el veto o el silencio cómplice de las capitales occidentales.
Preservar los hechos históricamente comprobados mediante la educación y el testimonio directo, tal y como insta la resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas que proclamó el Día Internacional de Reflexión y Conmemoración del Genocidio de Srebrenica, es el único antídoto contra la repetición del horror. El trabajo diario de archivar documentos, recuperar objetos personales de las fosas y confrontar el negacionismo oficial busca evitar que el dolor de las víctimas sea borrado de los libros de texto. El hilo invisible que une los campos de refugiados de la Bosnia de 1995 con los escombros de la Gaza actual demuestra que, mientras la diplomacia mundial siga priorizando el cálculo electoral y las alianzas geoestratégicas sobre la vida humana, las zonas seguras seguirán siendo el preludio de una tragedia anunciada.
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