La duda que sacude a la Casa Blanca: el problema que Trump ya no puede ocultar

Edad, poder y credibilidad global se cruzan en un momento crítico para Estados Unidos y el orden internacional. Trump proclama éxito histórico, pero las señales preocupan a Washington y al mundo

07 de Enero de 2026
Actualizado el 08 de enero
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Trump fuga capitales
Donald Trump, en la Casa Blanca | Foto: The White House

Donald Trump proclama que su segundo mandato ha sido el más transformador de la historia de Estados Unidos. En un discurso desde la Casa Blanca, en diciembre, afirmó que en apenas once meses su administración había logrado “más cambios positivos” que cualquier otra. La frase es característica: grandilocuente, confrontacional y diseñada para fijar un marco narrativo propio. Pero, como suele ocurrir con Trump, revela tanto su concepción del poder como las inquietudes que hoy rodean a su presidencia.

Este segundo mandato de Donald Trump no se parece a ninguno anterior, aunque no necesariamente por las razones que el presidente querría subrayar. A sus 79 años, gobierna bajo un creciente escrutinio sobre su estado mental y físico, alimentado no solo por adversarios políticos, sino por una sucesión de episodios públicos difíciles de ignorar. La Casa Blanca insiste en que se trata de exageraciones interesadas; sin embargo, la acumulación de señales ha convertido la cuestión en un problema político en sí mismo, con implicaciones tanto internas como internacionales.

Comportamiento presidencial

A lo largo de 2025, el comportamiento errático del presidente ha sido recurrente. En reuniones formales ha parecido quedarse dormido; en otras, ha divagado sobre asuntos marginales —desde decoración de interiores hasta ballenas o molinos de viento— mientras interlocutores extranjeros observaban con visible desconcierto. En discursos preparados, Trump ha improvisado relatos falsos o inverosímiles o ha lanzado ataques personales que diluyen el mensaje político central.

Estos episodios serían anecdóticos si se tratara de un cargo menor. Pero en la presidencia de Estados Unidos, la percepción de control, coherencia y previsibilidad constituye un activo estratégico. Aliados y adversarios interpretan cada gesto como una señal sobre la estabilidad del liderazgo estadounidense. Cuando el presidente parece perder el hilo ante altos mandos militares o líderes europeos, la imagen de autoridad se erosiona, incluso si las decisiones formales continúan pasando por los canales institucionales habituales.

Efecto boomerang

La reacción de la Casa Blanca ha sido una defensa cerrada, casi agresiva. Portavoces y aliados republicanos describen la “agudeza mental” de Trump como “insuperable” y su estado físico como excepcional. El propio presidente presume de haber superado pruebas cognitivas, aunque rara vez ofrece detalles verificables. La estrategia busca cerrar filas, pero también genera un efecto contraproducente: cuanto más enfática es la negación, más visible se vuelve la duda.

Edad, política y opinión pública

El contexto político amplifica el problema. Los demócratas han dejado claro que convertirán la edad y la capacidad de Trump en un eje central de la campaña hacia las elecciones de mitad de mandato. Las encuestas sugieren que el terreno es fértil. La aprobación presidencial cayó en noviembre al 36%, el nivel más bajo de este segundo mandato. La mitad de los estadounidenses considera que Trump es demasiado mayor para el cargo, una percepción difícil de revertir a medida que se acerca su 80 cumpleaños.

Paradójicamente, Trump gobierna hoy con una agenda más ligera que en su primer mandato. Sus jornadas comienzan a menudo al mediodía y concluyen a primera hora de la tarde. Las apariciones públicas han disminuido, y aunque la Casa Blanca insiste en que muchas reuniones no figuran en la agenda oficial, la imagen proyectada es la de un presidente menos omnipresente, más reactivo y ocasionalmente desconectado.

Implicaciones geopolíticas de un liderazgo cuestionado

Nada de esto ocurre en el vacío. En un mundo atravesado por guerras prolongadas, rivalidades entre grandes potencias y alianzas bajo presión, la estabilidad del liderazgo estadounidense es un bien público global. La imprevisibilidad siempre fue parte del estilo de Trump; ahora, sin embargo, se superpone con la cuestión de la edad y el desgaste. Para los aliados, la pregunta ya no es solo qué quiere hacer Estados Unidos, sino hasta qué punto su presidente puede sostener una estrategia coherente en el tiempo.

La historia estadounidense ha conocido presidentes ancianos o enfermos, pero rara vez en un entorno mediático tan polarizado e implacable. Cada lapsus, cada silencio prolongado, cada divagación se convierte en munición política inmediata. La Casa Blanca puede desestimar estas preocupaciones como campañas de descrédito, pero no puede eliminarlas del debate público.

Confianza, poder y credibilidad

Al final, el problema no es únicamente la salud de Donald Trump, sino la percepción de gobernabilidad. En política internacional, la confianza es tan importante como el poder material. Si esa confianza se debilita, las consecuencias trascienden a un solo presidente. Estados Unidos sigue siendo la principal potencia del sistema internacional, pero su credibilidad depende, en gran medida, de la claridad y estabilidad de quien ocupa el Despacho Oval.

En ese terreno, las dudas son difíciles de disipar. Y para una superpotencia cuya influencia se apoya tanto en la percepción como en la fuerza, esa incertidumbre puede resultar tan corrosiva como cualquier desafío externo.

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