Draghi reconfigura la supervivencia de la Unión Europea

El ex primer ministro italiano expuso una hoja de ruta disruptiva que exige la metamorfosis de la Unión de una confederación laxa a una federación pragmática capaz de operar con la velocidad y la escala de las superpotencias contemporáneas

04 de Febrero de 2026
Actualizado a las 11:50h
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Draghi Lovaina
Mario Draghi en un momento de su discurso en la Universidad de Lovaina

El pasado 2 de febrero, la Universidad Católica de Lovaina se convirtió en el epicentro del debate geopolítico global cuando Mario Draghi, ex presidente del Banco Central Europeo y ex primer ministro de Italia, pronunció un discurso que la posteridad probablemente clasificará como el manifiesto definitivo para la supervivencia de la Unión Europea en el siglo XXI.

En una atmósfera cargada de solemnidad académica pero imbuida de una urgencia existencial, Draghi presentó una tesis que trasciende la mera política económica para adentrarse en la filosofía del poder estatal y la soberanía continental. Su intervención no fue sólo un diagnóstico de las patologías actuales de Europa, sino una hoja de ruta disruptiva que exige la metamorfosis de la Unión de una confederación laxa a una federación pragmática, capaz de operar con la velocidad y la escala de las superpotencias contemporáneas.

Mario Draghi recibió un honoris causa y aprovechó el atril para decir en voz alta lo que en Europa se murmura desde hace años: el orden mundial que dio prosperidad y tregua estratégica está muerto. No fue una frase bonita para titulares; fue un parte médico. Si la geopolítica es de nuevo un deporte de contacto, la Unión (cuasi-confederada, lenta, deliciosa en procedimientos florentinos) es un blanco fácil. Draghi no pidió épica sino ingeniería institucional: menos vetos, más escala; defensa interoperable, energía realmente interconectada, un mercado de capitales que financie a los nuestros y no a los de fuera, deuda común para bienes públicos europeos y “coaliciones de voluntarios” por políticas, sin esperar a unanimidades que nunca llegan.

El marco es incómodo: Estados Unidos compite con la UE, que era su aliada potenciando descaradamente las ideas y partidos que promocionan la vuelta a los estados del siglo XIX. China domina eslabones críticos. El comercio se ha vuelto ganzúa y la tecnología disuasión. La receta Draghi es de fontanería, no de poesía: compras conjuntas en defensa, redes y almacenamiento eléctrico para abaratar la industria, supercomputación y fábricas de algoritmos que no dependan del visto bueno extracomunitario. No promete milagros, exige músculo.

Mientras que en Europa el discurso de Draghi abre los telediarios, aquí, en España, ha pasado desapercibido. Entre fichajes de invierno, refriegas parlamentarias donde aún se habla de ETA y el sudoku autonómico, la advertencia de Draghi ha sonado como ese pitido de electrocardiograma que nadie quiere oír.

Mientras el ex primer ministro italiano pide federar poder, España perfecciona el arte de federar excusas. Así, se habla de reindustrialización mientras se discute de peajes, licencias y titulares. Se presume de liderazgo verde y el país continúa sin red de cercanías ni almacenamiento eléctrico suficientes. España defiende “soberanía” con catálogos de compras que cambian al ritmo de los pliegos que imponen los amigos del desgobierno de turno. Se pretende ser campeones europeos, pero el ahorro sigue enamorado del ladrillo y demasiadas scale-ups hacen escala en Barajas… para volar a Delaware.

El contraste duele porque el plan existe, se aprobó por la UE y es verificable. Draghi no ofrece, en lo que es una verdadera conferencia de un Doctor, una homilía, sino una hoja de ruta: su famoso informe para la Comisión ya ordenó prioridades hasta final de década. Lo único que no puede prestar es la voluntad. 

En Lovaina, Draghi usó Groenlandia como espejo incómodo: cuando Washington amenazó con aranceles vinculados a su pulso sobre el Ártico, Europa “ganó claridad” sobre su (in)capacidad de actuar y confirmó que donde comercio y seguridad se cruzan, la fuerza del mercado se vuelve rehén si la defensa sigue fragmentada. De ahí su receta de federalismo pragmático: menos vetos y más capacidad ejecutiva para responder a coerciones en tiempo político, no geológico. El episodio groenlandés no fue anécdota, fue síntoma: Bruselas llegó a poner sobre la mesa el Instrumento Anticoerción ( y, por ahora, eligió la vía diplomática), mientras consolida presencia en el Ártico con oficina propia en Nuuk y una asociación estratégica de materias primas que traslada la geopolítica del mapa a la cadena de valor. La tesis Draghi, traducida al hielo: o se actúa como potencia, con energía interconectada, compras coordinadas y voz única, o Europa se queda como decorado de las rutas y minerales del Norte.

Es más cómodo reducir Lovaina a “otro discurso europeo” y seguir mirando el dedo; pero el dedo, esta vez, apunta a algo tan simple como inaplazable: si no se suma masa crítica, otros escribirán las reglas y los europeos pondrán las comas, si les dejan.

La ironía final es que Draghi no pidió sacrificios heroicos. Pidió trámites más cortos, decisiones en meses y no en años, y una mínima lealtad entre socios: el que quiera subirse a cada proyecto, que se suba; el que no, que al menos no lo bloquee. Parece razonable hasta que aterriza en el calendario político, donde cada 24 horas necesitan su trama.

Draghi no llegó para gustar sino para poner fecha de caducidad a la comodidad. La noticia no es que lo dijera; la noticia es que todavía se continúe fingiendo que no va con Europa. Si de verdad el mundo viejo ha muerto, lo siguiente no es un duelo de plañideras: es una obra nueva. Y, como siempre, eso no se levanta con tuits y apelando a ETA, sino con tornillos, huevos y hormigón.

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