Hay días en los que a uno se le congela la sonrisa frente a la pantalla del ordenador. Pasa justo cuando ves que quienes tienen la llave de los calabozos, las patrullas y los servicios de inteligencia deciden encender la linterna. Pero no para buscar a los malos de verdad, qué va. Para espiar qué piensan los que tenemos por oficio contar las cosas.
Lo que ha saltado a la luz sobre el Ministerio del Interior, publicado por El Confidencial, da escalofríos. Un documento con un título frío, burocrático, casi inocente a primera vista: Tertulianos. Radio y Televisión. Pero al abrir la carpeta... la inocencia se evapora de golpe.
No era un simple resumen de lo que se dijo ayer por la mañana en la radio mientras la gente va al trabajo. Hablamos de fotocopias, fotos de carné pegadas al lado del nombre y sentencias ideológicas dictadas sin despeinarse. "Apoya al Gobierno", "crítico con la amnistía", "militante socialista", "antisanchista", "de extrema derecha". Una radiografía triste y peligrosa. Quienes deberían estar cazando delincuentes dedicando tiempo, dinero público y esfuerzo a ponerle una cruz en la frente a cada periodista.
La trastienda de este caso huele a café recocido de despacho a última hora. Todo empezó justo antes de unas Navidades, con la política hecha un polvorín por la ley de amnistía y con los tribunales empezando a acorralar al entorno del presidente del Gobierno. En una sala de prensa del ministerio, entre asesores trajeados y agentes de las fuerzas de seguridad destinados al gabinete, alguien levantó la voz y dio la orden. Hacía falta sintonizar las radios, mirar los platós y clasificar cada rostro.
Da igual que algunos trabajadores se plantasen. Porque sí, hubo quien dijo que aquello olía a inconstitucional a kilómetros y se negó. Pero la máquina no se para así como así. Siguieron adelante. El resultado fue una base de datos calibrando la lealtad a Pedro Sánchez y la simpatía por la Policía o la Guardia Civil.
Luego saldrán los portavoces a decir que si era para uso interno, que si Fernando Grande-Marlaska no sabía nada... Excusas. Cuando el Estado empieza a ponerle etiquetas a la opinión o a la ideología de un periodista, de un informador o de un analista, la libertad de prensa pasa a ser un adorno para los discursos oficiales. Y nada más.
Ahora bien, no nos engañemos. Caer en la tentación de pensar que esto solo pasa en Madrid, en el paseo de la Castellana y bajo el sello del Gobierno central es de una ingenuidad infantil. Lo de Interior es solo la punta del iceberg. El trozo de hielo grande, ese que no se ve, está hundido en la rutina diaria de nuestra política.
En los ayuntamientos, en las consejerías autonómicas, en las sedes de los partidos, da igual si son de izquierdas, de derechas o nacionalistas, hay carpetas exactamente iguales. Es la pura verdad.
Las listas de control son una costumbre tan vieja como el propio periodismo, solo que ahora se hacen en archivos de Excel bien guardados. Cambia la sigla del político de turno, pero la obsesión es idéntica. Se analiza qué escribe cada uno, a quién saluda en los pasillos, qué pone en X o con quién se toma el café a mediodía.
¿Para qué? Muy fácil. Para saber a quién le filtran la exclusiva que abrirá el periódico de mañana, a quién le conceden la entrevista amable antes de ir a votar y, sobre todo, a quién hay que castigar.
Porque ahí viene la segunda parte de la jugada: la pasta. Los presupuestos para publicidad institucional son millonarios. Y en los despachos regionales y locales, esa bolsa de dinero se reparte con el borrador de las listas en la mano. Si la ficha dice que eres "combativo" o "incómodo", prepárate para pasar frío. Si pone que eres "afín" o "sensato", lloverá el maná en forma de campañas institucionales. Es un chantaje silencioso. Una forma sutil de decirte: o te amoldas o te ahogamos.
Al final, este manoseo constante ha terminado por pudrir el oficio. El poder ya no ve a la prensa como ese contrapoder incómodo pero necesario para que una democracia no se eche a perder. Nos ven como a un jugador más sobre el tablero. Alguien a quien hay que comprar, asustar o arrinconar.
Y si cometes el "error" de no casarte con nadie, estás muerto. Si hoy te parece bien una medida social pero mañana criticas un chanchullo en un contrato público, los analistas de gabinete se vuelven locos. No entienden la independencia. Como no saben dónde colocarte en su esquema, te ponen el cartón de "sospechoso" y a otra cosa.
El expediente descubierto en Interior y la sombra de los miles idénticos que descansan en los cajones de media España nos deja una sensación amarga. Muestra a un oficio golpeado, cercado por la polarización y por la paranoia de las instituciones. Pero ojo, que cuando el poder fiscaliza lo que piensa un periodista, el golpe no se lo lleva el tipo del micrófono. Se lo lleva la gente. Se lo lleva el ciudadano de a pie, que se queda sin saber la verdad de lo que pasa al otro lado de la moqueta y deja el campo abierto a redes sociales, canales de streaming y aplicaciones de mensajería para abonar el campo de la desinformación y la manipulación. Y eso, de un modo u otro, favorece al poder.
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