Anoche se produjo un giro que expone la ingeniería del poder estadounidense en el hemisferio occidental. La administración de Donald Trump ha decidido permitir que México suministre petróleo a Cuba, pese a las amenazas públicas del propio presidente de dejar a la isla sin crudo alguno. Así lo confirmó el secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, en una entrevista con la cadena CBS News, señalando que la política oficial de la Casa Blanca es permitir los envíos petroleros mexicanos a La Habana.
La contradicción entre la retórica beligerante de Trump (“no habrá más petróleo ni dinero para Cuba: cero”) y la realidad política del Ejecutivo estadounidense es más que una cuestión de estilo; es un síntoma de la reconfiguración del poder estadounidense en su propia periferia. Washington quiere tener control sobre la configuración energética y diplomática de la región, pero no se atreve a provocar un colapso total en La Habana, posiblemente porque ello podría desestabilizar una región que Trump ya trata como su esfera de influencia exclusiva.
Este episodio se inserta en una serie de movimientos geopolíticos norteamericanos que, en conjunto, conforman un patrón estratégico de dominio hemisférico parecido al de un emperador absoluto. Desde la captura del presidente venezolano, Nicolás Maduro, por fuerzas vinculadas a Estados Unidos hasta el cerco económico y militar a Venezuela, pasando por el ultimátum directo a Cuba, la Casa Blanca está reescribiendo las reglas de la política exterior en la región.
Diplomacia “imperial”
La decisión de Washington de no interferir en los suministros petroleros mexicanos a Cuba pese a sus amenazas públicas puede entenderse como una estrategia calculada de presión política. Según un funcionario estadounidense citado por CBS News, la política de Estados Unidos no busca “provocar el colapso del gobierno cubano”, sino forzar una negociación que desmonte el sistema comunista de la isla.
Esta ambivalencia revela un patrón consistente: Trump utiliza retórica contundente en sus redes sociales y apariciones públicas para proyectar fuerza, mientras que la política real se modula en función de los intereses estratégicos de Washington. Esta disonancia no es improvisada, sino que forma parte de un modo de ejercer el poder que combina coerción abierta, amenazas simbólicas y control indirecto a través de terceros (en este caso, México).
Para entender la dimensión de este fenómeno es útil observar cómo se ha tratado el caso cubano. Cuba dependía históricamente del petróleo venezolano, que ha visto drásticamente reducidos sus suministros tras el desplome del régimen de Maduro. La ausencia de ese flujo de energía puso a La Habana en una situación de extrema vulnerabilidad. En ese contexto, México surgió como proveedor alternativo, y de hecho se ha convertido en una fuente crítica de crudo para el país caribeño, aunque el gobierno mexicano ha insistido en que los envíos no han aumentado respecto a niveles históricos.
México, el peón de una estrategia mayor
La decisión de permitir estos suministros no solo es una señal para Cuba, sino también una advertencia para otros actores regionales: Trump decide quién puede comerciar con quién en América Latina. La forma en que Washington ha gestionado el caso cubano (mix de amenazas públicas y flexibilidad táctica) refleja una política que se asemeja más a la de un emperador político que a la de un socio soberano.
México, por su parte, se encuentra en una posición incómoda. Su papel de proveedor de petróleo a Cuba ha generado tensiones con Washington y ha expuesto las limitaciones de su soberanía en política exterior. La presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, ha tratado de enmarcar los envíos como legales, históricos y humanitarios, y ha sugerido que México puede actuar como “vehículo de comunicación” entre Estados Unidos y Cuba.
Pero esta narrativa subestima la realidad geopolítica: la Casa Blanca retiene la capacidad de condicionar decisiones comerciales y políticas de México mediante amenazas implícitas como la revisión del tratado de libre comercio o sanciones económicas que operan como herramientas de presión. La permisividad hacia los envíos petroleros no es un gesto de respeto a la soberanía de México, sino una negociación de poder en la que Washington mantiene la iniciativa.
Hemisferio bajo el pulgar de Trump
Lo que ocurre con Cuba y México es parte de un cuadro más amplio de la política exterior de Trump en la región. La captura de Maduro y la ofensiva contra Venezuela han reconfigurado la posición estratégica de Estados Unidos en el Caribe y Sudamérica. Cuba, aislada y con escasez energética, se convierte en un tablero adicional donde Washington busca imponer sus términos sin asumir la responsabilidad del colapso político o económico de la isla.
Este tipo de estrategia recuerda la lógica de imperios hegemónicos del pasado: se imponen sanciones o amenazas para forzar cambios de régimen o políticas internas, mientras se deja que actores intermedios lleven a cabo partes de la política que el centro del poder no quiere ejecutar directamente.
Hegemonía regional
La autorización para que México suministre petróleo a Cuba, a pesar de las amenazas públicas del propio Trump, es más que una contradicción retórica: es una demostración de cómo Estados Unidos redefine su papel como actor dominante en Latinoamérica y el Caribe. Se trata de una política exterior que combina el uso del poder duro con ajustes tácticos calculados, en la que los países de la región no son socios iguales sino piezas en un tablero de ajedrez geopolítico diseñado en Washington.
Trump no solo produce declaraciones estridentes en redes sociales o ultimátums teatrales. Desde Venezuela hasta Cuba y México, construye una hegemonía que opera más por influencia y coerción indirecta que por cooperación genuina. Este estilo de liderazgo, cada vez más centralizado y unilateral, ha transformado la política estadounidense en Latinoamérica en algo que se parece más a un mandato imperial encubierto que a una alianza entre estados soberanos.